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Rafael Lara-Martínez 777

Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez (transcriptor) ProfessorEmeritus, New MexicoTech rafael.laramartinez@nmt.edu
Rafael Lara-Martínez

Testimonio de hoja en otoño (S. da S.)

Los niños eran los mejores, o los peores, mirándome constantemente a los ojos antes de alejarse.

Rafael Lara-Martínez 777

La calle estaba llena de gente, padres e hijos, amigos. Algunos tenían paquetes de tiendas de moda, tiendas de lujo o estudiantes en fin de semana de integración. A veces también pasaban manifestantes.

Los vi pasar a todos, pero no me vieron. Estaba sentada frente a una tienda, pero era invisible, un fantasma. Varias personas se detuvieron para darme una moneda, otras caminaron sobre la basura esparcida en mi yogur, mientras unas cuantas se detenían y se disculpaban. Otras me miraban furiosas, llenas de disgusto o lástima como si yo fuera un desperdicio de la sociedad. Una hoja de otoño.

Los niños eran los mejores, o los peores, mirándome constantemente a los ojos antes de alejarse.

A veces se volvían hacia sus padres pidiéndoles que me miraran como una de esas bestias de los espectáculos de monstruos de años pasados. Como hoja marchita de otoño a barrer.

Los padres se ponían de color rojo rubí, llenos de vergüenza por la comprensión de sus hijos. Este paisaje estaba ahí y se repetía hora tras hora, día tras día.

Algunas personas romperían este “hábito” haciendo preguntas, regalándome algunas monedas, sentándose a mi lado y tratando de charlar, mientras esperaban algo más importante que hacer, o simplemente querían pasar el tiempo.

Pero siempre me encontraba en el mismo punto después de partida, es decir, ignorada, despreciada, por la vieja burguesía que se creía superior a mí, señalada por los chavales, etiquetada.

No me conocen a mí, ni saben de mi pasado. Sin embargo, se permiten hacer juicios sobre lo que ven, pegando fácilmente etiquetas como “vagabunda”, “pobre”, “basura”, o incluso “fastidiosa”. Así lo hacía la pequeña burguesía en busca de joyas de precio desorbitado, donde tendría que vender un riñón, o pedir un préstamo a quince años para pagar una de estas pequeñas joyas. Pensaban que pegarla a la ventana disuadiría a la gente de comprar sus productos…

Mientras a mí, me barrían como hoja de otoño que el tinte de mi cabello reflejaba. Rojizo y tan opaco como el excremento que hace florecer a quienes me rechazan.

Este breve texto transcribe y traduce la experiencia testimonial de una joven mendiga en las calles de la ciudad.

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