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San Uraco descolonizador, paradoja política y de género

Ni siquiera en el ámbito académico más radical, existen publicaciones en apertura a sus enemigos, en materia de interpretación teórica y política.

Resumen : La falta de debate no es la única propuesta de la nueva izquierda académica, que basa su legado histórico en archivos negados de la dictadura. Además, la ausencia de referencias a la disparidad de género parece complementar su agenda descolonizadora. San Uraco sigue vivo como el chivo expiatorio a ser expulsado por una sólida renovación social.

Como obra hoy condecorada por su carácter descolonizador – “El Cristo Negro” (1927) de Salarrué— plantea una doble paradoja. No sólo su segunda edición de 1936 la realiza la libertad editorial de la censura de prensa del martinato. También su temática por la igualdad étnica deja pendiente la cuestión de género. Si el pensamiento descolonizador depende de la publicidad dictatorial que promueve a sus presuntos enemigos, también, a la hora de comentar el texto se anula casi toda referencia a la jerarquía entre el hombre y la mujer.

La primera contradicción asienta la necesidad de tachar toda referencia a las fuentes primarias del oponente, ya que la bibliografía de la izquierda académica actual la fundamenta la dictadura. A los padres fundadores los difunden las ediciones estatales del martinato, las cuales hacia la época publican la “Revista El Salvador” de la Junta Nacional de Turismo, en edición bilingüe inglés-castellano (véanse las ilustraciones). Sería difícil encontrar un ejemplo semejante en la democracia vigente. Ni siquiera en el ámbito académico más radical, existen publicaciones en apertura a sus enemigos, en materia de interpretación teórica y política. Por esta omisión, no extraña que asentar el trasfondo mítico indígena – “Quetzalcoatl” mexica y “Cuculcán” yucateco, sin fundamento étnico en Esquipulas— cuestione la exclusión de todo debate actual. Las elucubraciones literarias de Salarrué invalidan toda documentación primaria sobre el origen étnico, específico de esa región. El idioma materno del colonizado carece de expresión en su proceso de descolonización.

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En cuanto a la cuestión de género, la obra ofrece dos claras alusiones de cómo la jerarquía asienta las bases de la reproducción social. El protagonista, “San Uraco de la Selva”, nace de Argo de la Selva – “ruina noble de Badajoz” – y de “la india Txinke”. Aunque esta señora sea “nieta de reyes”, la novela abre la escena con una clara disparidad. Al género se agrega la jerarquía étnica y social, ya que el padre posee el título de “lugarteniente” del gobernador guatemalteco, y de la madre se acalla toda la mención de su categoría. En cambio, califica como “algo bruja, algo loca” que la posición por debajo del señor, con quien no se sabe si contrajo matrimonio legal. La triple jerarquía es simple: hombre-noble español-lugarteniente vs. mujer-india-bruja / loca.

A esta primera jerarquía le prosigue el pecado original de San Uraco. Casi todo comentario se concentra en analizar las obvias oposiciones cruzadas de ese Cristo Negro. Él ofrece “pecar para que otro no pecara”, esto es, absorbe el mal del mundo entero para salvarlo de cometer una infracción en su ruina moral. Si este juicio parece pertinente, no se puede omitir que la primera transgresión salvadora involucra la sexualidad. Se trata de la relación jerárquica que él —como fraile confesor— mantiene con una “mestiza” de “cárdenos labios sensuales”, “joven … y bella”. Aun si el mestizaje los equipara en su pertenencia étnica, Fray Uraco se halla investido de un cargo eclesiástico que le otorga la autoridad conventual de perdonar los pecados. Gracias a este rango canónico masculino, él se apodera de la “

No sólo la izquierda académica depende de la bibliografía de la derecha —que prohíbe citar— también ella misma ejerce la censura de prensa contra toda posición disidente al evadir el debate con la diferencia de opinión. De lo contrario, la existencia “de un libro sin un contralibro” no sería una simple ficción borgeana, sino una exigencia democrática actual. A esta primera paradoja, le prosigue la prohibición por revelar la jerarquía de género como fundadora de su proyecto liberador. A la distinción administrativa paterna —la de Argo— San Uraco agrega la eclesiástica como punto de apoyo de su género masculino y el desdén por su hijo. En fin, si por democracia se entiende una interpretación —totalizadora y única— en paradoja conclusiva, parecería que sólo la dictadura le abre las puertas editoriales al debate descolonizador. Difunde a sus oponentes —en un contralibro de apertura artística que inaugura la izquierda académica en el poder. Aquella que inicia el debate excluyendo toda oposición y casi toda mención de género.

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