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¿Dónde estoy? | REPORTAJES

Sobreviviente cuenta cómo vio morir a Óscar y Valeria en México

Él, que cargaba en su espalda a Tania Vanessa, tampoco soportó los jalones de las aguas traicioneras y estuvo a punto de ahogarse.

David Ernesto Pérez
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

Todo pasó rápido. Demasiado rápido.

Unas horas antes habían llegado a Matamoros procedentes de Tapachula. Milton de Jesús Paredes Menjívar recuerda que vieron el Río Bravo tan mansito, tan dócil que decidieron probar suerte. No habían planeado una incursión en la frontera ni pasar arrastrándose entre nopales. Óscar Martínez Ramírez fue el primero: nadó solo a la orilla de Estados Unidos. Todo bien: cruzó. Cansado, sí, pero lo logró. Quizá pensó que era posible hacerlo cargando a alguien. Regresó a la orilla de México a traer a su hija Angie Valeria, de 23 meses de edad; la subió a su espalda y la enfundó dentro de su camisa.

— Óscar: cuidamé a Vanessa, no te separés de ella.

Fueron las últimas palabras que dijo a Milton de Jesús. Entonces se fue río adentro. Milton se subió a la espalda a Tania Vanessa y también se adentró. Unos tres metros antes de alcanzar la orilla de Estados Unidos, Milton dice que vio a Óscar perder fuerzas, desequilibrarse quizá por la fuerza de las corrientes del Bravo, quizá porque estaba cansado del primer intento, quizá porque era demasiado flanco y Angie Valeria era muy gordita. El Río comenzó a vencerlos, los arrastró consigo, los engulló. Él, que cargaba en su espalda a Tania Vanessa, tampoco soportó los jalones de las aguas traicioneras y estuvo a punto de ahogarse con la carga que llevaba. Pero con las fuerzas que le quedaban logró nadar a tierra firme.

La última imagen que de la niña tiene Milton es que su carita había enrojecido y era como si con la mirada los llamara, les pidiera auxilio. Pensó en tirarse al Bravo a salvarlos pero ya no tenía fuerzas. Tania Vanessa no podía nadar.

Milton no recuerda qué sintió en los infinitos segundos en que vio morir a Óscar y Angie Valeria. Tania Vanessa gritaba. Detrás de ellos una muchedumbre observaba a los que se ahogaban y a los que lloraban. Nadie ayudó a nadie.

Todo pasó rápido. Demasiado rápido.

 

Milton de Jesús tiene 19 años de edad, nació el 1 de marzo de 2000, mide aproximadamente un metro y sesenta centímetros, es moreno, cabello liso con pequeños remolinos, viste camisas de imitación ajustadas, de su silueta sobresalen michelines, su andar es ligeramente afeminado. Estudió hasta noveno grado. Vive en la colonia Santa María, de Olocuilta, a la par de la colonia Montelimar. Su viaje a Estados Unidos comenzó a sus doce años de edad cuando comenzó a trabajar, primero como hacelotodo de los vendedores del Mercado Central y después él mismo como vendedor de café con carretilla. Los sábados vende panes con pollo o carne asada a sus compañeros vendedores; en promedio vende hasta 30 dólares diarios. Su madre también es vendedora, como también lo son sus hermanas. En San Salvador el comercio informal suele ser un asunto familiar; los puestos son herencias que pasan de abuelas a padres y de madres a hijos. Desde los años 60 hasta la actualidad son más de cuatro generaciones las que han hecho del Centro ese laberinto humeante y soleado donde se vive y se muere.

Él es un punto más del hormiguero que hierve todos los días en el Centro Histórico: 158 rutas de buses y autobuses autorizadas para cruzar en él, 600 unidades cruzando cada hora, 1 millón de vehículos cruzando cada día, 8 mil 732 puntos de ventas ocupados, 40 mil metros cuadrados con ventas, miles y miles y miles de vendedores concentrados procedentes de Mejicanos, Soyapango, San Martín, Ilopango, Apopa, Lourdes, es decir, de la periferia más pobre de San Salvador, con algunos vendedores que tienen más de 40 años de vivir del comercio informal y que tienen el mismo puesto con idénticos productos desde que comenzaron, que llegan con las pálidas escarchas de la madrugada y se van con tibio azul de la noche de lunes a lunes a lunes a lunes, de domingo, a domingo a domingo. Todos los días, todo el día.

— Milton de Jesús: uno trabaja y trabaja y nunca sale adelante, nunca saca sus cosas.

El año pasado, al cumplir los 18 años de edad, dice que se largó con su hermano menor a Estados Unidos; su propósito es comprar una casa para su madre. Los migrantes salvadoreños tienen edades para comenzar proyectos. Cuando los padres mandan a traer a sus hijos suelen suceder que esperan que cumplan quince años de edad; cuando los migrantes deciden irse por su cuenta esperan cumplir los 18 años.

Llegó a México pero su hermano cayó en manos de la policía migratoria. Lo deportaron. Para no dejarlo regresar solo, volvió con él.

— Milton de Jesús: le voy a pedir a Dios y me voy a ir a Estados Unidos.

— Karla de Portillo: Si Dios te la oportunidad, Dios sabe lo que hace.

Antes de volver a irse, Milton le contó a Karla, su amiga y soporte en el Mercado Central, que pensaba volver a intentarlo.

— Karla de Portillo: lo vi con una gran seguridad, además él hace amistades en todos lados.

Milton dice que el 7 de abril volvió a México. Comenzó a trabajar en una taquería. Hizo los trámites migratorios. Obtuvo un carnet para transitar libremente durante un año; “razones humanitarias”, dice la parte frontal, bajo la fotografía de su rostro. Rentó una pieza. Ganaba 150 pesos mexicanos diarios; sus gastos, entre comida y pasaje, podían ser hasta de 200 pesos mexicanos diarios. Ahí, en Tapachula, conoció a la familia: Óscar, el padre de Angie Valeria; Tania Vanessa, la esposa de Óscar.

Óscar, Valeria y Tania vivían en el pasaje 44 de la colonia Altavista, en San Martín. Óscar comenzó el bachillerato a distancia pero no lo terminó; trabajó como operario en una maquila, vendedor de pan, cocinero de Papa Johns. Su salario siempre fue inferior a 400 dólares. Su hija nació el 18 de julio. En El Salvador una familia necesita, para lograr movilidad social, entre 900 a 1,000 dólares diarios. La estratificación nacional se basa en las clases sociales. Pero debido a los limitados espacios de movilidad ascendente, muchas veces parece de castas o estamental. Las únicas formas de lograrla suelen ser: obtener un empleo en el Estado a través de la militancia ciega en un partido político; la obediencia servil a las élites económicas y a los capitales medios para obtener y conservar un empleo relativamente digno; la migración legal o ilegal; y las alianzas matrimoniales con extranjeros que pueden devenir o no en migración legal.

— Milton de Jesús: te podes venir. Donde comemos dos, comemos varios.

Karla recuerda que Milton siempre le llamaba para contarle cómo marchaban las cosas en México. Más de una vez le ofreció ayudarle a migrar. Pero ella cuida a su nieta y no la quiere dejar sola.

Óscar trabajaba en una pupusería. Tania Vanessa cuidaba al bebé de ambos, de 23 meses de nacida. De lunes a sábado trabajando. Los domingos se reunían a pasar el rato. Los cuatro salvadoreños. Se  conocieron realizando trámites migratorios. Se volvieron más amigos gracias a la extroversión de Angie Valeria, que se amigaba con todo el mundo.

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

Milton asegura que estaban cansados de estar en México, de apenas sobrevivir. El 23 de junio, cuando llegaron a Matamoros, decidieron cruzar. No lo habían planeado con antelación. Pero decidieron hacerlo. Improvisaron la estrategia para lanzarse al río. Primero probar, después lanzarse agua adentro. Óscar podía nadar, él podía nadar. Tania no.

— Milton de Jesús: si queres me llevo yo a la niña.

— Óscar: no.

Luego pasó lo que pasó: el Bravo se tragó a padre e hija, se los llevó y no los vieron más hasta el día siguiente cuando los llamaron para reconocer los cadáveres. Después la fotografía le dio la vuelta a medio mundo: los cuerpos de ambos flotando juntos a una lata de Pepsi Cola y una lancha de motor fuera del agua amarrada al palmo de tierra que no alcanzaron a tocar con vida. Angie Valeria abarcándolo con su abrazo, enfundado su cuerpo dentro de la camisa estirada de Óscar como si en los segundos más intensos de la asfixia hubiera buscado en la piel paterna las últimas burbujas de oxígeno o la compasión amorosa del abrazo íntimo que antecede al sueño. Óscar descalzo con el pantalón enrollado y los brazos flexionados como si antes de aceptar que las traicioneras corrientes del Bravo lo habían vencido intentó engañar lo evidente para sacar a su hija a la luz, al cielo, la vida. Es la gran escena cargada de la calma sin respuestas que resume el fin de la vida, de todo.

Alguien publicó un video en el que se puede ver a Tania Vanessa corriendo detrás de los socorristas que recuperaron los cadáveres. Grita. Quiere saber dónde se llevan el cuerpo de su esposo y de su hija.

— Milton de Jesús: fue duro verlos morir. Es algo muy duro. Óscar quería crecer con su niña, comprar una casa y regresar a El Salvador.

Karla dice que en las noticias vio los cadáveres. Recordó que Milton le había contado que se había amigado con unos salvadoreños. Eran los amigos de su amigo. Lo llamó por Facebook.

— Karla de Portillo: ¿por qué no te llevaste vos a la niña?

Karla dice que tampoco sabía que su amigo iba a cruzar el Bravo. No sabía que se iba a lanzar al agua. Fue una sorpresa.

Karla de Portillo: imagine como quedaron de juntitos (los cuerpos de padre e hija).

Después que la fotografía subyugó emocionalmente a medio mundo, el Gobierno salvadoreño intervino para ayudar a los sobrevivientes. El 28 de junio Milton de Jesús y Tania Vanessa regresaron. Ese día hubo conferencia de prensa en el aeropuerto san Óscar Romero.

Desde que regresó el sobreviviente asegura que no puede dormir solo. Tiene miedo. Va al Mercado Central pero todavía no está trabajando. Para volver a vender café necesita unos 100 dólares para reiniciar de cero.

— Milton de Jesús: mí sueño siempre ha sido tener mi casa, salir adelante; aquí lastimosamente no se puede, las cosas, la vida está cara en este país. Es un sueño tener uno sus cosas.

Con Tania Vanessa solo se ha comunicado vía WhatsApp. No pasan de un hola, de un cómo está. Nada más. Quizá en estos días puedan reunirse. Pero mientras tanto Milton cree que es prudente que ella esté con su familia para recuperar fuerzas, para enfrentar el vacío con el que vivirá el resto de sus días.

Él no ha decidido qué será de su vida. Puede quedarse en el Mercado vendiendo café hasta encanecer. Puede no hacerlo.

— Periodista: ¿si tuviera la oportunidad se volvería a ir?

— Milton de Jesús: sí pero ya no cruzando el río. Pediría ayuda para anotarnos… no sé, tener no sé, aunque sea ilegal pero cumplir los sueños de uno.

— Karla de Portillo: yo le digo: si le dan la oportunidad, váyase, y no se olvide de nosotros, porque la gente aquí promete y ya estando allá no ayuda.

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

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