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¿Dónde estoy? | REPORTAJES

Ni fiscales ni policías, Danny el socorrista reapareció solo

De 2010 a 2017 la Policía Nacional Civil registró 12 mil 909 denuncias de desapariciones; resolvió 3 mil 166.

David Ernesto Pérez
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

— ¿Aló?

—Mejor ya no venga. Mi mamá se puso mal otra vez.

El miércoles en la tarde Comandos de Salvamentos reportó en sus cuentas de redes sociales a Daniel Armando Barrera Sorto, uno de sus socorristas, como desaparecido. Con su foto adjuntó un mensaje: “Según versiones de nuestros compañeros el día lunes, a eso de 8 A.M. salió de posturno de nuestra seccional desconociendo hacia dónde se dirigía”.

En los últimos ocho años La Policía Nacional Civil registró 15 mil 362 denuncias de desapariciones. ¿Suena lógico preocuparse porque durante cuatro días no supiste nada de uno de los tuyos?

Daniel vive en la colonia Las Brisas, en Quezaltepeque, La Libertad. Su madre había aceptado contar todo sobre su hijo, lo que fuera necesario para encontrarlo. Pero a última hora sus endebles emociones se desmoronaron. Prefirió el íntimo silencio de la familia a contar a periodistas lo que sabía de la desaparición.

 

Melvin Alberto Ortiz es mecánico automotriz. Trabaja en un taller ubicado en un predio empinado, que parece una montañita de juguete, en la que hasta hace algunos años eran instalados los juegos mecánicos en los que se encaramaban docenas de alegres que disfrutaban las fiestas patronales cada diciembre. El miércoles 3 de julio Daniel, mejor conocido como Danny, estuvo trabajando en el taller; había llegado a los 16 años de edad a aprender y en poco tiempo se posicionó como perito de la pintura y los martillos: se decantó por el enderezado y pintura. Ganaba, como el trabajo es poco y muchos los que necesitan un par de dólares para el día, por cada trabajo: que pintar una puerta, que enderezar un guardafango torcido.

—Danny: voy a ir a buscar trabajo a Santa Tecla. Quizá me voy a quedar unos quince días.

—Melvin: pero decile a tu mamá.

Terminaron de almorzar y Danny dijo que iría a dejar unos papeles a un amigo que lo esperaba en un lugar llamado San Judas, a 15 minutos a pie del centro de Quezaltepeque.

El domingo 7 tenía turno en la seccional de Comandos de Salvamentos, que está a una cuadra de la Plaza Schafick Hándal. Es una casa larga de tres ventanas, una puerta y una cochera en la que guardan las ambulancias. Adentro, en la estancia principal, el olor a polvo es penetrante. Su compañero fue Carlos Figueroa, un promotor de salud. Quedaron de encontrarse frente a un supermercado para comprar comida antes de entrar, pero al final Carlos se fue de una vez a la base porque un amigo le dio aventón. ¿Qué cómo estuvo la jornada? Sin sobresaltos: primero cubrieron un partido de básquetbol, llevaron del Hospital Rosales al centro de la ciudad a una anciana de 98 años de edad, atendieron a un paciente que se cortó la ceja, cenaron y nada más.

—Danny: necesito un cibercafé para imprimir un currículum.

—Carlos: ¿por qué no me lo mandaste? Yo te lo hubiera impreso.

—Danny: no sabía que tenes impresora.

—Carlos: ¿vas a ir a buscar trabajo?

—Danny: voy a ir a Santa Tecla.

—Carlos: ¿dónde?

—Danny: a un bar.

Carlos recuerda que ese es uno de los diálogos que tuvo con Danny la última noche que hicieron juntos el turno en Comandos.

(Danny estudió hasta cuarto grado y entró a Comandos hace más de un año. Como a todos los que tienen ganas, Douglas Alcántara, el encargado de la seccional, le preguntó: ¿por qué, para qué? Él respondió que le gusta ver lo que hacen los socorristas, que siempre los admiró, que tenía tiempo libre y simplemente quería probar.)

El lunes en la mañana un vehículo atropelló a un motociclista en la calle principal de la entrada a Quezaltepeque. Del Colegio Adventista alguien llamó a la seccional para pedir auxilio. La víctima, que sufrió lesiones leves, tenía más de diez minutos tirada sin que nadie, ni policías ni nada ni nadie, ni siquiera la mano de dios santo, le auxiliara.

Carlos ya se había ido a su casa a bañarse para después irse a la unidad de salud de la localidad a trabajar. Daniel salió con Daniel Soriano y otros comandos a auxiliar. Imagine lo que siempre hacen los socorristas: acercarse al herido, verificar estado de conciencia, identificar zonas lesionadas, inmovilizar y finalmente trasladar.

Lo llevaron a la unidad de salud. Ahí se encontraron a Carlos. Él los fotografió: tres jóvenes con mascarillas y vestidos con camisas manga larga de Comandos esperan, con el paciente en una camilla que yace en el suelo, la atención médica. Pero entonces se dieron cuenta que era asegurado del Instituto Salvadoreño del Seguro Social y lo trasladaron.

Entre ocho y media y nueve de la mañana regresaron a la base. Aproximadamente una hora después Danny se fue a la plaza Schafick Hándal a esperar un autobús ruta 168. Ahí lo vieron todos por última vez.

Al filo del mediodía el jefe de la seccional le llamó para saber si podía llevar a abastecer de gasolina una ambulancia. Pero su teléfono sonó apagado. Tampoco contestó los mensajes.

—Danny: tiene la costumbre de no contestar de inmediato.

Lunes en la tarde, martes en la mañana, martes en la tarde, martes en la noche. Carlos estaba de turno. El horario de entrada es las cinco de la tarde. Recuerda que se extrañó ver que las horas pasaban y su compañero no aparecía pero pensó que a lo mejor ya había conseguido trabajo después de dos semanas sin un peso en la bolsa. En la noche el teléfono sonó.

—Madre: ¿está Danny Barrera?

—Carlos: no ha venido al turno.

—Madre: ¿no ha llegado?

—Carlos: desde el lunes en la mañana no viene.

Carlos escuchó que la madre de Daniel lloró.

—Carlos: yo le llamé y al buzón me manda.

—Madre: también le he llamado. Mi hijo está desaparecido.

Después de cortar la llamada le mandó un mensaje a Danny: “Hey mahe dónde estás. Tu mamá está preocupada”.

(De enero a abril de 2019 la Policía Nacional Civil registró 869 denuncias de desapariciones en todo El Salvador.)

El miércoles la mamá de Daniel fue al taller a preguntar por su hijo y a la subdelegación de la PNC de Quezaltepeque a denunciar. En su perfil de Facebook escribió:

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

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Comandos hizo lo propio: movió cielo y tierra en sus cuentas de redes sociales buscándolo. La primera alerta la mandó Carlos en el WhatsApp de la seccional Quezaltepeque.

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

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El jueves en la mañana nadie sabe nada. En Comandos de Salvamentos se preguntan: ¿qué pasó con él? En la Policía pareciera que nadie se pregunta nada; tranquilidad total. Cada día, según Raúl Melara, fiscal general, en promedio cada día desaparecen ocho salvadoreños. ¿Cómo no hacerse conjeturas sobre su paradero? ¿Cómo no pensar lo peor?

—Melvin: estamos mandando mensajes en Facebook para que nos ayuden a encontrarlo.

—Carlos: quizá se fue a meter a una zona que no conocía. A lo mejor hay presencia delincuencial ahí y algo que tuvo que haber pasado. Yo escuché que Santa Tecla solo la conoce hasta la Despensa Holanda.

—Douglas: Comandos es una fraternidad. Como director de la seccional casi la hago de papá porque les doy indicaciones: aléjense de malas amistades, de los riesgos.

(De 2010 a 2017 la Policía Nacional Civil registró 12 mil 909 denuncias de desapariciones; resolvió 3 mil 166)

 

Jueves al mediodía. La lluvia del miércoles en la noche refrescó el habitual calor quezalteco. La plaza Schafick Hándal está vacía. El centro de Quezaltepeque es una hondonada de rótulos comerciales: ventas de zapatos, de ropa, ferreterías, bancos, farmacias. Pero también es un lugar donde la muerte ha florecido: en los años 80 existió un lugar conocido como la Esquina de la Muerte, donde solían ir a tirar cadáveres. La Fuerza Armada también solía abandonar cadáveres en algunas partes. A finales de los años 90 y principios de la década del 2000 se convirtió en uno de los escenarios más repetidos de la Guerra entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha; es que ahí llegaron algunos de los primeros pandilleros deportados de Estados Unidos que sembraron odio entre los jóvenes que crecieron en las escuelas públicas y privadas en los años de las manos dura y súper dura de los expresidentes Francisco Flores y Elías Antonio Saca.

En los últimos tres meses las cuentas de redes sociales de los lugareños difundieron información de gentes que buscan a sus desaparecidos. Los compañeros de Danny contaron ocho casos recientes. Un ejemplo: en mayo buscaban a Carlos Argüello Montes.

— ¿Aló?

—Douglas: ¡Ya apareció el muy cabrón! ¡En ocho minutos vamos para Comandos!

Danny, el desaparecido, corre a abrir los portones para guardar la ambulancia que traen remolcada. Parece cansado, hastiado, sorprendido, pero sano. Es largo, enjuto, moreno, huraño. Aparenta no tener ganas de hablar con nadie, menos con intrusos.

—Douglas: habíamos dejado la ambulancia en la gasolinera Alba y apareció detrás de mí y me preguntó: ¿qué le pasó a la ambulancia?

—Daniel, ¿qué te pasó?

—Danny: el lunes tenía una entrevista a las once de la mañana en Los Toros, de Santa Tecla. Fui a la entrevista y me quedé trabajando. No llevaba cargado el teléfono, no le sirve la entrada, cargo la batería con cargador universal pero lo olvidé en la casa.

—Pero ahora ya tienes trabajo.

—Danny: ya no. Anoche quitaron a todo el equipo. Llegó el gerente y dijo: ‘dice la jefa que hay muchos en la cocina, así que usted y usted, que éramos los nuevos, se van, se pueden ir ahorita’. Mi amigo, que era el chef, le dijo: ‘si me quita a mi equipo de trabajo me voy’.

—De poco sirvió entonces la preocupación de tus amigos y tu mamá.

—Danny: me iban a pagar el mínimo: unos 400 dólares mensuales.

(Daniel es padre de familia desde hace tres meses. Por primera vez en su vida iba a ganar hasta 15 dólares diarios)

(Los Toros es un bar ubicado en la segunda planta del Centro Comercial Santa Rosa, un lugar al que suele llegar la clase media que vive en Santa Tecla, Antiguo y Nuevo Cuscatlán)

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

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