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¿Dónde estoy? | REPORTAJES

Los niños que pagan los pecados de sus madres

El punto es que, según ellas, los barrotes emponzoñan los ánimos infantiles.

David Ernesto Pérez
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

Gerson. Tres años de edad. Sentado en un cochecito rojo. Atado de los hombros a la cintura. Chilla expansivo. Sus gritos punzan en los oídos. Saliva burbujeante se desliza de la dona de plástico que nunca dejar de morder. Se estira tratando de escapar del cochecito. Las puntas de sus pies en tensión nerviosa. Las moscas aterrizan en sus cachetes lagrimeados. Gerson lleva tres años de estar encerrado en una cárcel. Nació en la granja penitenciaria de Izalco, en Sonsonate. Crece entre barrotes. Lleva el mismo apellido que su mamá Ana Ester R. Hace tres años fue condenada por extorsión. El niño, entonces un silencio abigarrado en su vientre, fue condenado por extensión. En estos casos las explicaciones suelen ser confusas. Ella niega ser extorsionista. Dice que un día una de sus amigas fue capturada. Fue a la delegación a buscarla. Dio su nombre. Transcurridos unos minutos un policía le dijo que desde hacía un año y medio ella misma era buscada por extorsión. Fue capturada en ese momento. Ella dice dice que no tenía ni idea que era prófuga de la justicia. Un juez suplente la condenó a siete años de cárcel. Extorsión agravada imperfecta porque ni los testigos ni las víctimas declararon en su contra.

El presente de Ester, como el de todas las personas, es la extensión de su pasado. El pasado, como dice el escritor Javier Cercas, es una dimensión del presente.

Creció en el mercado Colón, en Santa Ana, viendo canastos, verduras, respirando el irrespirable humo del transporte colectivo, soportando todos los días ese sol que tuesta la piel hasta ennegrecerla. Su mamá era vendedora y sostén de dos niñas. Ella era una de esas niñas. En la memoria de Ester —en su memoria— la mujer era fuerte, agresiva, de patadas y trompones, de puteadas espontáneas y ofensas sin remordimientos.

Ester dice que cuando tenía ocho años de edad fue a dejar unas verduras a la casa de un hombre. Entró. Sintió la punta de un machete sostenido por un brazo que le rodeaba el cuello. La iba a violar. En esos momentos el tiempo se estira. Recuerda que pensó: “Dios, si existís como dice mi mamá, me vas a sacar viva de aquí”. El hombre la soltó y le dijo, según ella: “Tenes cinco segundos para irte a la mierda”.

Después de esto, en sus recuerdos, ella se volvió rebelde. Ya no le hacía caso a mi mamá, le respondía mal. La mamá reaccionó peor. Le pegó con la parte sin filo del machete. La golpiza la motivó a largarse de la casa. Para entonces tenía doce años de edad. Comenzó a trabajar por su cuenta en el mercado. Alquiló un cuarto. No tenía cama ni mesa ni silla. Dormía en el suelo. Creció sola. Se sentía sola. Sus compañeros se convirtieron en sus amigos. Se apegó a ellos. En la adversidad la gente suele reforzar el sentido de pertenencia. Uno de sus amigos le aconsejó, al verla tan sola, que fuera madre. A sus 18 años de edad nació su primer hijo. Siguió en el mercado. A sus 30 años de edad nació Gerson.

Ester huyendo de la casa de su madre se extiende hasta este momento en el que siente culpa porque su hijo crece encerrado. Ester siente culpa y miedo a que su hijo un día la odie.

Las custodias de la granja penitenciaria de Izalco coinciden en que los niños entre rejas son inquietos, chillones, ansiosos, indóciles, enérgicos. O a veces, dicen, son solo el reflejo de las madres tensas por el encierro. El punto es que, según ellas, los barrotes emponzoñan los ánimos infantiles. Gerson es el retrato de uno de ellos: logró zafarse del cochecito y las lágrimas que le colgaban del mentón ahora es una sonrisa linda como la sombra de un mango frondoso. Hunde la cara en las nalgas de Ester. Salta. La rodea. Apenas llega hasta su cintura. Balbucea. Zumba de un lado a otro con las moscas. Parece que volará y se elevará sobre el alambre electrificado y se perderá entre las nubes agoreras que amenazan tormenta.

Pero no. Sigue aquí.

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

Al anochecer Gerson duerme en el Dormitorio Dos de la granja penitenciaria. Aquí las camas de las madres están ordenadas en filas que llegan hasta la pared y cubiertas con mosquiteros. Las sabanas están limpias y sin arrugas sobre el colchón. Todo recién trapeado. Entra el vapor húmedo que sube de la tierra mojada. En esta sección del penal de Izalco hay 40 madres de una población total de 120 mujeres condenadas por extorsión, robo, amenazas, agrupaciones ilícitas, asesinato. Las visitas inusuales las agitan. Corren en grupo a saludar, a observar curiosas como quien ve un marciano comprando carne salada en el mercado. Rezuman libido contenido. Algunas cargan a sus bebés en brazos.

Idalia J. está afuera con su hija Sofía de dos años de edad. Ayer la niña correteaba y se cayó dando de cara al suelo. Tiene raspadas la quijada y la nariz. Sonríe pura y extiende la mano para saludar. Aprieta suave el dedo. Observa a los ojos como diciendo “hola, quiero ser tu amiga”. Luego rápidamente su atención en concentra en otra cosa: el suelo, las moscas, la gente que va y viene, los sonidos, cualquier cosa.

Idalia tiene 21 años de edad. Fue condenada a 20 años de cárcel por extorsión, como parte de un grupo de extorsionistas del Barrio 18 Revolucionarios. Ha pagado tres años de cárcel. Vivía cerca del Desvío de Amayo, en Tejutla, Chalatenango. A los 14 años de edad quedó embarazada de Isaías, su primer hijo. Por temor a su madre se largó a vivir a la casa de sus abuelos. La abuela de Sofía también vendía dulces en el transporte colectivo. Era, según los recuerdos de Idalia, una mala madre que la golpeaba y que en las noches, al regresar a casa cansada, le decía: no soy tu mamá, no te quiero. Creció sin su padre. Él vive en Estados Unidos. Nunca quiso mandarle dinero.

Al quedar embarazada comenzó a vender dulces en el transporte colectivo. Nuevamente: sus explicaciones sobre la causa en la que terminó condenada son confusas, tienen lagunas. Dice que simplemente la acusaron por vender dulces. Que la involucraron. Dice que no le gusta recordar esos malos momentos. Piensa en su hijo que vive con su padre adoptivo y suspira y llora. Enrojece. Se calla. Voltea hacia otro lado. Deja de hablar. Teme que el niño le reclame el tiempo que lo ha dejado solo. Tiene temor que la odie cuando crezca, que la señale con el dedo acusador por su ausencia. Cuando aún no estaba detenida insultaba a Isaías. Lo golpeaba. Pero se arrepintió y ya no lo hizo más. Rompió el círculo. Él ahora es tranquilo. Nada que ver con Sofía que pelea con los otros niños, aunque ahora mismo esté herida: además de las heridas en el rostro lleva en la espalda la marca de una mordida que Danilo F. le propinó un día de estos cuando peleaban. Una pequeña mordida con dientes de leche que en su piel morena se ha tornado violácea.

En las noches dice que se desespera. Una de las cosas en las que pasa el tiempo es escribir su historia. Es un proyecto que dirige una oenegé llamada Contextos.

Sofía se llama Sofía porque a Idalia le gusta La Princesa Sofía, la caricatura de Disney.

Idalia supo que estaba embarazada de Sofía dos días antes de ser capturada.

Sofía no conoce la libertad. Nació y crece entre barrotes. Sofía es la extensión del pasado de su madre.

FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

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