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La violencia que arrastró a Alessandra a la encrucijada del suicidio

Sumida en la tristeza, recordando la violencia que había visto y con pánico que su procreador llegara de nuevo al hogar y esta vez golpeara a sus hermanas o a ella, Alessandra cayó en depresión.

Francisco Colocho Golcher
Imagen de referencia
Imagen de referencia

A sus quince años de edad, la vida de Alessandra* no era color rosa. Su integridad psicológica estaba menoscabada. Desde que tenía recuerdos, su padre golpeaba brutalmente a su madre. Se refugió en una pandilla y en un grupo de emos. Luego intentó suicidarse cortándose le vena de la muñeca de la mano izquierda. Quería morir desangrada en el cuarto de su casa.

“No sé cómo es que estoy viva. Me libré de la muerte muchas veces, pues tuve ideas suicidas durante bastante tiempo. Al menos tuve un intento claro de suicidio”, expresa Alessandra, quien actualmente tiene 22 años de edad y estudia administración de empresa en una universidad capitalina. Dice que hace siete años “resucitó”.

La joven comenta que la violencia la acompañó desde su infancia. Uno de sus primeros recuerdos es muy doloroso. Tenía entre tres y cinco años de edad. Estaba acostada en su cama cuando la despertaron los gritos de su progenitora, Mariela.

“No me pegués, por favor”, gritaba la mujer de 19 años de edad que era golpeada por su marido, Erick, el padre de Alessandra. El enfurecido hombre, de 20 años de edad, había llegado borracho y estaba enojado porque su pareja no quería tener relaciones sexuales con él.

Alessandra se levantó de su cama, salió de su cuarto y encontró que en la entrada de la habitación de sus padres, su papá ultrajaba y golpeaba a su mamá. Lloró y gritó. Con inteligencia que cree que Dios le dio, salió de su casa ubicada en San Marcos, San Salvador. Un vecino llegó a la vivienda para ver a qué se debía el escándalo.

Erick dejó de golpear a Mariela, quien apenas tenía 3 meses de haber parido a su segunda hija. Huyó del lugar y los vecinos ayudaron a la mujer que había quedado con sangre en la nariz y con moretes en los brazos y glúteos.

Ese momento no se le olvida a Alessandra. Fue el primer episodio de violencia del que fue testigo. “Mi mamá se sorprende que yo le cuente todo con detalle. Pensó que al crecer se me olvidaría, pero no. Esas cosas no se olvidan. Ver como a tu mamá le están pegando jamás se borra de la memoria”.
El padre de Alessandra fue condenado en el 2001 a siete años de cárcel por estar involucrado en robo a mano armada de furgones y mercadería. La paz para ella vino, aunque no fue para siempre.

La Escuela

Era el 2009, los emos estaban de moda, jóvenes que visten de negro con colores pasteles, dejándose un fleco para ocultar uno o dos ojos. De inmediato llamaron la atención de la Policía Nacional Civil (PNC) y sectores religiosos salvadoreños que los consideraban peligrosos por tener tendencia a la depresión, suicidio y anarquía.

Alessandra empezó a estudiar séptimo grado en un colegio localizado en el Centro de San Salvador. Ahí conoció a tres compañeros que eran dos años mayores que ella y que se definían como emos.

Un año después, en octavo grado, se consideraba parte de la subcultura urbana a la que pertenecían sus tres amigos. Se vestía con colores oscuros, se hería las muñecas y en su interior repetía constantemente que quería morirse porque su papá acababa de salir de la cárcel y continuaba agrediendo a su madre.

“Él salió del penal, pero regresó a la casa más violento y machista. Mi mamá le dio una oportunidad porque pensó que los años de encarcelamiento lo habían cambiado, pero se equivocó”, relata la joven.

En su lugar de estudios, Alessandra se hizo amiga de algunos pandilleros o hermanos de estos. “Nunca pertenecí a una pandilla ya que sabía que no era correcto eso. Pero sí tuve curiosidad”, dice.

Cortarse las venas para desahogar el dolor

Cuando observaba a su madre ser golpeada, Alessandra corría a encerrar a sus hermanas Susy y Beatriz de nueve y siete años de edad, respectivamente.

“Yo estuve cada vez que él le pegó a mi mami y no poder hacer nada me hacía querer matarme. Cuando tenía 14 años, allá por octavo grado, sentía que cada vez que me hería los brazos desahogaba mi dolor”.

Las heridas en sus extremidades superiores, las ocultaba con camisas negras manga larga. “Mis amigos pandilleros me preguntaban por qué me hería, pero no les contaba porque sabía que ellos lo podían matar y pues tampoco quería eso. Ellos se volvieron mi apoyo en el momento que no le hallaba sentido a la vida”, expresa en voz baja, pues le da un poco de pena relatar esa parte de su vida.

Su calvario era regresar a casa y ver que casi siempre sus progenitores discutían. La rutina consistía en: oír gritos, salir a esconder a sus hermanas, cantar o jugar con ellas mientras la discusión se desarrollaban. Repetir lo mismo y sentirse impotente era el estrés de Alessandra.

Después de una fuerte pelea, los padres de Alessandra se separaron, significó el punto y final de la relación de ambos adultos.

“Hoy sí me mato. Ya mucho tiempo lo pensé”

Erick se fue de la casa y dejó a sus tres hijas y mujer a la deriva. Alessandra no sintió paz, ya que explica que “había quedado traumada”.

“Todas las madrugadas me levantaba asustada, a veces lloraba mucho. Tenía pesadillas en las que mi papá mataba a mi mamá. Llegaba desvelada al colegio. De las notas y conducta ni hablar”, detalla la joven.

Un martes, la directora del colegio mandó a llamar a Alessandra para regañarla porque había llegado a clases con la camisa por fuera. Ese día, la estudiante había olvidado cubrirse las muñecas para ocultar las heridas y la máxima autoridad del colegio las vio por lo que rápidamente solicitó a Mariela que se presentara a la institución.

La madre llegó al colegio y al darse cuenta del asunto lloró. Se llevó a Alessandra a la casa y ahí conversaron. La adolescente prometió no volverse a lastimar, lo cual no ocurrió.

Sumida en la tristeza, recordando la violencia que había visto y con pánico que su procreador llegara de nuevo al hogar y esta vez golpeara a sus hermanas o a ella, Alessandra cayó en depresión.

“Hoy sí me mato. Ya mucho tiempo lo pensé” se dijo a ella misma la mañana del último domingo de noviembre de 2012. No se levantó a desayunar. Se puso a escuchar música y comenzó a llorar.

Mariela había preparado almuerzo y al ver que su hija mayor no salía del cuarto le pidió a Beatriz que fuera a llamarla.

La niña de 12 años tocó la puerta de la habitación de su hermana, quien abrió y dijo que saldría solo a traer un cuchillo y un mango y que se lo comería en su cama.

Alessandra hizo lo que había dicho y al entrar de nuevo a su cuarto puso música con volumen elevado. Iba a cortarse las venas iba cuando su madre entró al cuarto. “¿Qué haces, Ale?” dijo muy seria y la respuesta que obtuvo fue “nada, solo rascándome con la punta del cuchillo”.

Mariela crédula cerró la puerta y Alessandra inmediatamente se cortó la muñeca izquierda. Un minuto después, su hermana entró al cuarto y la encontró con sangre en el brazo. “Mamá, la Ale se cortó el brazo” gritó Beatriz.

La familia entera se subió a un pick up y se dirigió a un hospital privado donde médicos atendieron a la chica. “Me prometiste que no lo ibas a volver a hacer. ¿Por qué me haces esto?”, expresó angustiada la madre antes de llegar al centro de salud.

El equipo de personal del hospital preguntó qué había pasado. Las integrantes de la familia se habían puesto de acuerdo en decir que fue un accidente que ocurrió al cortar durapax con una cuchilla. Los doctores, al parecer, creyeron la mentira.
“Cuando llegue al hospital estaba consciente. Creo que lo que pasó fue que Dios tapó la vena porque la profundidad de la herida era bastante. Yo habría perdido más sangre. Un milagro sucedió”, dice la ahora estudiante de tercer año administración de empresas.

Mariela habló con su primogénita y le dijo que ni ella que había sufrido más se había intentado matar. “He recibido maltrato de la persona que amé, pero aquí estoy. Entre nosotras vamos a superar lo que hemos sufrido”, afirmó.

Tanto Beatriz como Susy le aplicaron la “ley del silencio” a Alessandra durante 15 días, tiempo que tuvo que pasar para que esta última le pidiera perdón a las primeras por asustarlas con su intento de suicidio. Las tres lloraron. Beatriz declaró que los problemas y depresiones se deben compartir para poder superarlas.

“Me estaba encerrando por miedo a que me juzgaran. Tampoco quería afligirlos más. Yo no quería contarle a alguien mis sentimientos. Culpabilizaba a mi mamá de mi sufrir, pero ella también era una víctima”, dice Alessandra al secarse las lagrimas en sus mejillas.

La Familia hizo las paces y hasta la fecha no ha habido intento de quitarse la vida.

Alessandra cambió de amigos. Los que eran pandilleros están presos o están desaparecidos. Los emos siguen vivos, pero con las mismas tendencias depresivas, según su relato.

Ahora asiste a una iglesia y comparte tiempo con jóvenes que pasan por una etapa depresiva como la que ella vivió, les cuenta parte de su historia, pues al contarla toda se le salen las lágrimas y eso no le gusta.

“Le agradezco a la directora porque ella alertó a mi mamá. Lo importante es comentarle a alguien lo que sentimos. Desahogarte con tu mejor amigo, compañero o profesor, porque no vale la pena suicidarte. Hay razones para no irnos de esta tierra”, expresa Alessandra.

 

*Los nombres y lugares fueron modificados por protección de la adolescente y su familia.

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