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¿Dónde estoy? | CRóNICAS

La dramática historia de una joven violada más de 10 veces a los 12 años

Ana creció en un hogar disfuncional. Vivía con su madre en Santa Tecla, La Libertad. Estudiaba en un colegio bilingüe. Fue violada por un hombre de 36 años cuando ella tenía 12.

María José Infantozzi
Ilustración D1. Manuel Jacinto.
Ilustración D1. Manuel Jacinto.

Ana Cárcamo* tenía 12 años cuando fue violada por un hombre 24 años mayor. Abusó sexualmente de ella en más de diez ocasiones. Primero, se ganó su confianza. Fingió enamorarse de ella. La involucró en un juego que terminó costándole su virginidad y la estabilidad mental.

Ani, como le decían sus amigas, creció en un hogar disfuncional. Su padre la abandonó cuando tenía menos de dos años. Margarita, su madre, salía todas las noches y regresaba ebria en la madrugada.

La necesidad de tener la atención que no recibió en casa llevó a Ani a iniciar una relación con un hombre mayor que ella, en el año 2010.

Ana acababa de cumplir 12 años. Era maliciosa. Se arreglaba el cabello y se maquillaba con polvos suaves todos los días. También utilizaba brillo labial. No le gustaba ponerse sus lentes que desde pequeña le prescribieron. Ya había desarrollado. Su cuerpo empezaba a tornearse. El busto y sus glúteos estaban apareciendo.

Estudiaba en un colegio bilingüe. Cursaba quinto grado. Todos los días se despertaba sola para ir a clases. Su madre llegaba a casa en la madrugada, luego de salir con sus amigas a beber y bailar, así que se levantaba tarde. Pocas veces se daban los buenos días o un beso por las noches.

Su rutina iniciaba cerca de las 5:15 de la mañana con un baño. Luego se ponía el uniforme, una camisa blanca de botones y una falda azul oscuro que luchaba por hacer ver corta. Magdalena, la empleada doméstica que laboraba en su casa, le preparaba el desayuno y su refrigerio. La despedida en la puerta cuando llegaba el microbús.

Ana viajaba en trasporte escolar desde muy corta edad. Su madre contrataba el servicio a principio del año y si no recibía quejas, no lo cambiaba. Para ese momento, tenía un acuerdo con Raúl Cruz, de 36 años. Él era hijo de un empresario de unidades escolares.
Raúl era un hombre robusto, fuerte, alto y de piel oscura. Parecía alguien muy serio y responsable. Estaba casado y tenía dos hijos.

Todos los días, Ana era la primera alumna que Raúl recogía por las mañanas y la última que dejaba en las tardes. No estaba relacionado con la distancia o algún orden, sino más parecía que quería pasar la mayor parte del tiempo con ella.

***

La conquista

Pasó un mes desde que inició el año. Ana empezó a notar algunas conductas inusuales en Raúl. Le pedía que se fuera en la parte delantera del microbús, junto a él. A veces le compraba comida rápida, sorbete o dulces. Ella no entendía bien que pasaba, pero como toda niña, no le desagradaban los regalos.

Ana estaba feliz de tener la atención que en casa no le daban. Raúl le preguntaba a diario como estuvo su día. Le daba abrazos. Incluso, le compró un teléfono móvil para que pudieran hablar por las tardes.

Hablaban todas las tardes de cualquier cosa. Hablaban por horas. En casa de Ana, ni si quiera se habían dado cuenta que tenía un teléfono nuevo, menos que conversaba con “el señor del micro”, como ella le decía.

“Él era muy detallista en un inicio. Yo me sentía bien con él. Era como tener el cariño de un papá que nunca estuvo conmigo. Así lo veía yo. Lo que después vino, realmente no era lo que yo tenía en mente.”, asegura Ana, con voz entrecortada.

Los regalos pasaron de ser comida a flores, cartitas y collarcitos. Eran más delicados y costosos. A veces, cuando Raúl ya había dejado a todas las alumnas en sus casas, iban a algún parque. Comenzaron a pasar mucho más tiempo juntos.

Era Julio. Como a diario, Ana subió al microbús por la mañana. Iban solos. Raúl la recibió en la parte delantera del vehículo con un beso en la boca. Ella se asustó. No recuerda haber sentido otra cosa que no fuese miedo o incomodidad. Él se disculpó inmediatamente, alegando que no pudo resistirse. Tomó la mano de Ana y le dijo que todo iba a estar bien. Ella estaba confundida.

Cuando llegó al colegio, Ana no dejó de pensar en lo ocurrido. Sabía que Raúl tenía otras intenciones, no precisamente la de ser un papá sustituto. Hasta hoy, a sus 20 años, sigue sin entender las razones que las llevaron a aceptar iniciar una relación con él.

A la salida, Raúl pasó por todas las alumnas y las llevó a sus casas. Volvieron a estar solos. Hablaron por horas. No salieron del microbús, que habían estacionado en una calle poco transitada. Solían hacer eso.

Terminaron de hablar. Llegaron a un supuesto acuerdo. Iniciarían una relación. Ana no sabía que él estaba casado. Tampoco que tenía dos hijos. Mucho menos, que iba a violarla.

Pasó una semana y media desde entonces. La estrategia era la misma: regalar comida y flores, hablar por teléfono en las tardes y noches, básicamente darle atención a Ana. Raúl se fue ganando su confianza. Era lo que necesitaba para ejecutar su plan.

“La atención que él me daba, no la recibía de nadie más. La verdad, a quien no le gusta que le hagan cariñitos y le compren cosas. A eso súmale que yo era una niña y que nunca había tenido novio. No medí las consecuencias. Nos besábamos. Yo le creía cada vez que me decía que me quería.”, cuenta Ana, mientras se truena los dedos y los ojos se le llenan de lágrimas.

***

El delito

Era martes por la tarde. Como de rutina, Raúl dejó a todas las alumnas en sus viviendas y se quedó solo con Ana. No la llevó a casa, tampoco al parque, ni le compró algo. Ese día condujo varios minutos el microbús sin decir dónde la llevaría. Después de más o menos media hora, se estacionó. Era una calle sola. Ella comenzó a asustarse.

Raúl se bajó. Cerró todas las ventanas de vehículo. Le pidió a Ana que descansaran en la parte trasera del microbús. Se acostaron a la par. Él comenzó a besarla, en la frente, la boca, el cuello, los senos y un poco más abajo. Ella, inmóvil. Aterrorizada.

– ¿Qué haces, Raúl? – le dijo Ana en voz baja.

– Amor, lo que todas las parejas hacen. – respondió Raúl, como si se tratase de algo lógico.

– No. Yo no quiero. No estoy lista.

– Déjate llevar. No me hagas creer que estás muy niña.

Los besos se intensificaron. Raúl se acostó sobre ella. Él se bajó el pantalón, pero Ana seguía con ropa. Comenzó un roce que terminó con una eyaculación de Raúl. Ana seguía inmóvil.

“En ese momento no me pareció tan enfermizo como ahora. Él eyaculó sin si quiera verme desnuda. No puedo ni pensar en toda la suciedad y morbo que pasaba por su cabeza.”, asegura Ana, con un semblante de rechazo.

Ana se levantó. Le pidió a Raúl que la llevara a casa. Recuerda que lloró como hace tiempo no lo hacía. Él se puso los pantalones como pudo. Estaba sudando. Salió del microbús y se subió en la parte delantera para manejar. Arrancó. Condujo hacia la casa de Ana. No hablaron en todo el camino. Al llegar, ella se bajó y no se despidió como solía hacerlo.

Después de un poco menos de dos horas cuando Raúl rompió el silencio provocado por el primer roce. Le llamó por teléfono. Ana respondió. Él le dijo que quizá debían alejarse, que tenían intereses diferentes. Para ese momento, Ana ya estaba en el juego. Se había enamorado. No aceptó terminar la relación.

Al siguiente día, un miércoles, Ana actuaba como si no hubiese pasado nada. No quería perder la atención que le daba Raúl. Lo saludó. Hablaron. Incluso acordaron ir, después del colegio, a casa de Zuleyma, la hermana de él.

Ana estaba extrañamente emocionada. Recuerda bien cómo pasó todo. Él hizo el recorrido diario y al finalizar, se dirigió a la vivienda de su hermana. Una casa de esquina con paredes color blanco hueso y un portón café. Era de dos plantas. Raúl se estacionó justo enfrente. Se bajaron.

Él tenía las llaves para entrar. Ana estaba extrañada. Ingresaron. La casa completamente amueblada estaba vacía. Ella rápido preguntó por Zuleyma. Raúl la tomó por la cintura y le dijo que no llegaría. A la fuerza, la recostó sobre un sillón. Ana ni se movía.

“Veníamos de un primer acercamiento sexual. Era obvio que él quería más. Claro que eso lo pude entender hasta ahora […] Recuerdo que me dijo que me quitara el uniforme y que íbamos a jugar un rato. Yo le dije, todavía entre risas, que estaba loco. De la nada, explotó y él me quitó absolutamente todo. Yo estaba completamente desnuda.”, cuenta Ana, mientras limpia con sus lentes empañados con su blusa.

Era tarde. Ella estaba acostada en el sillón. Raúl sobre ella, también desnudo. Le tapó la boca y comenzó. Los siguientes minutos para Ana fueron puro forcejeo y dolor. Le mordió la mano varias veces. No funcionó. Él siguió una y otra vez.

Ana pateaba, golpeaba, mordía, pero no pudo frenar a Raúl. Esa fue la primera vez que la violó. Lo hizo por casi una hora. Ella sintió como si hubiesen sido seis. Sus piernas le temblaban. Los brazos, marcados por la fuerza de Raúl, los tenía semi dormidos. Tenía un dolor en el abdomen bajo que la dejó inmóvil por varios minutos.

La pequeña no paraba de llorar. Recuerda que le Raúl se reía. Estaba satisfecho. Su mirada era otra, intensa y alerta como si alguien los estuviese persiguiendo o vigilando.

Lo que vino después, fue toda una carrera. Él se cambió en segundos. Le pasó el uniforme a Ana y le gritó que se lo pusiera y que lo hiciera rápido. Antes de salir de la casa, Raúl la tomó por el cuello e hizo presión. La amenazó. Al oído le dijo que no le contara a nadie lo ocurrido, porque le podía costar caro.

Salieron de la casa. Raúl condujo hasta la vivienda de Ana. Ella no habló en todo el camino. Seguía llorando. Cuando por fin llegó, se bajó. No se despidieron. Lo único que él dijo fue: “cuidado con lo que hablas”.

Ana entró directo al baño. Tomó una ducha larga. Salió y se puso el pijama. Le dolía todo el cuerpo. No se sentía cómoda ni sentada ni acostada. Esa noche intentó dormir el suelo, su cama le recordaba a la textura del sillón donde fue abusada.

Margarita, su madre, ni si quiera se dio cuenta que su hija se encerró en el cuarto. Tampoco que lloró toda la noche. Mucho menos que fue violada por el señor del microbús al que le paga cada mes por un supuesto buen servicio.

Era jueves por la mañana. Ana no quería ir al colegio. En realidad, lo que menos deseaba era tener que ver a Raúl. Si no lo hacía, su mamá podía sospechar, así que se cambió y fue.

Ese momento marcó el inicio de un largo mes en el que Ana fue violada por Raúl en más de 10 ocasiones. Siempre en las tardes, al salir del colegio. En la misma casa. A veces en el sofá, otras en la cama y hasta en el suelo.

***

Proceder legal

Ana calló. No le contó nunca a nadie lo ocurrido. Se atormentaba pensando en la posibilidad de un embarazo. Estaba incluso más delgada, como enferma, consumida.

Un día por la mañana, Margarita entró a la habitación de su hija. Probablemente porque la directora del colegio le habló para informarle que Ana tuvo una decaída académica y conductual. Empezó a revisar el armario, la mesa de noche y hasta el baño. Encontró una caja, donde su hija había guardado las cartitas, los collares y el teléfono que Raúl le dio, con el que hablaban a diario.

Margarita no entendía lo que pasaba. Ese día no salió con sus amigas ni a beber, ni a bailar. Esperó a Ana a que llegara de estudiar. Cuando por fin apareció, le pidió que se sentara en la sala. Comenzó el interrogatorio.

Ana no quería decir nada. Esa tarde hablaron por horas. Pregunta tras pregunta. Se escuchaban gritos y llanto. Toda una mezcla de sentimientos. Entre reclamo y reclamo, ella confesó todo. Le dijo a su mamá que empezó a salir con Raúl, el señor del microbús. También que se enamoró. Por supuesto, que la engañó y que estaba harta que la violara por las tardes.

Lo ocurrido dejó perpleja a Margarita. Ana recuerda la mirada de su madre y el abrazo que vino después. Pero sobre todo, lo que dijo: “no te volverá a molestar, te lo prometo”.

Al siguiente día Ana no fue al colegio. Su madre la llevó a interponer la denuncia formal por violación a menor, en la Policía Nacional Civil (PNC). Tenían pruebas suficientes como el teléfono, mensajes, las cartas y por supuesto, la declaración.

Fue en la Fiscalía General de la República (FGR) donde le ordenaron a Ana que se realizara los exámenes correspondientes para las víctimas de violación. Uno sicológico y otro físico, sobre lesiones y sangrados genitales.

Luego de la confirmación de Medicina Legal sobre la violación, las autoridades iniciaron el proceso de investigación. Estudiaron las pruebas. El teléfono que ella tenía estaba a nombre de Raúl Cruz. Eso fue suficiente para detenerlo. Llegaron a su casa, donde estaba su esposa y sus dos hijos.

Inició el juicio. Ana declaró. Su madre también. Raúl llevó a su hermana como testigo y quisieron inclinar el caso a su favor, alegando que Ana era quien lo buscaba insistentemente.

Fue un proceso largo. Al final, el juez sentenció a Raúl Cruz a 20 años de prisión por cometer el delito de violación en menor incapaz. Lo enviaron al Centro Penal de Izalco, donde aún cumple su condena. Lleva ocho años tras las rejas.

***

Al terminar de relatar como la violaron, seca sus las lágrimas con la camisa. Se levanta de la esquina de la cama en la que estaba sentada y le llama la atención a una pequeña niña de dos años de edad, que mordía su celular. Es su hija. La tuvo a los 17 años con un hombre mayor, con el que sostuvo una relación de casi tres años. Luego del nacimiento de la niña, él decidió abandonarlas. Ahora se dedica a criarla sola, como lo hizo su madre con ella.

*Los nombres y lugares utilizados fueron modificados por protección a la identidad de la víctima y su familia.

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