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¿Dónde estoy? | CRóNICAS

Santa Claus, ya no quiero vivir, me voy a suicidar

No siempre los que visitan a Santa Claus son niños; algunas veces también son adultos los que desahogan sus penas y tristezas con él.

Francisco Colocho Gölcher
Foto: Francisco Gölcher
Foto: Francisco Gölcher

Inmersa en una profunda depresión, Aída tenía una fatal decisión. Había decidido quitarse la vida. Meditabunda, sin rumbo hacia donde ir, comenzó a caminar y quizá el destino la llevó a un centro comercial de la colonia Escalón. Era diciembre y las luces navideñas adornaban el lugar. Había un bullicio. De pronto se sentó en el sillón rojo de Santa Claus y cuando este le preguntó qué quería de Navidad, la adolescente le respondió: Ya no quiero vivir, me voy a suicidar.

El personaje navideño se sorprendió y en un primer momento se quedó petrificado. No sabía qué responder. Pero de su interior salieron palabras de aliento, de fuerza y consuelo para Aída. Le hizo ver que cualquier problema en la vida, por difícil que sea, tiene solución. Y si no fuera así, se puede trabajar para aceptarlo y seguir adelante.

A Aída, de 17 años, se le pusieron llorosos los ojos y se levantó para dar un abrazo a su interlocutor. Fue uno de los abrazos más emotivos que este había recibido en toda su vida. Aparentemente la perspectiva de la joven sobre su existencia y los deseos de matarse habían cambiado.

Un año después, cuando ya había cumplido 18 años de edad, regresó a visitar a Santa Claus y le agradeció por las palabras que él le había dado ya que le devolvieron las ganas de vivir.

Esta es una de las miles de historias que puede contar Luis Peña, un salvadoreño de 47 años, que se disfraza de Santa Claus, personaje que lo ha llevado a diversas ciudades y centros comerciales de El Salvador donde ha alegrado la vida de muchas personas.

Nacido en Perú producto de la unión de una salvadoreña y un payaso peruano, Luis cuenta con cuatro décadas de vida artística, tres de ellas las ha dedicado para disfrazarse de Santa Claus durante la época navideña.

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Una fila de niños sonrientes acompañados de sus padres se forma en la tercera planta de un centro comercial de la colonia Escalón que ha sido decorada en forma de bosque navideño. Los infantes se muestran ansiosos por abrazar al regordete señor chapudo con barba y bigote blanco, vestido de rojo y verde.

Una sexagenaria ha traído a su nieto de 5 años de edad para que se tome una foto con Santa Claus. Este es el tercer año consecutivo que viene. Guarda las fotografías que ha sacado en las ocasiones anteriores.

Luego de unos minutos, el menor se encuentra a punto de pasar. La sonrisa y emoción se hace más grande hasta que al fin le corresponde su turno.

Santa Claus, interpretado por Luis, toma al niño y lo sienta en el sillón rojo para platicar cerca de dos minutos. Posa para la foto y se despide de él. Básicamente es la rutina de Papá Noel. Aunque Santa afirma que con él no solamente es eso o decir un “jojojojo”, sino que es trasladar al público a una fantasía de un personaje que existe.

Los 120 segundos que Santa tiene para platicar con cada menor son suficientes para que se entere de los tantos problemas o carencias que los niños tienen. Él comenta que los niños piden regalos como poder jugar en el parque de la colonia o en el pasaje, lo que le indica que muchos de ellos no pueden porque se mantienen encerrados debido a los altos índices de violencia que hay en el país.

Otro regalo que solicitan los pequeños es evitar que los padres se divorcien o que estos no los maltraten a ellos, un indicio más de que la violencia está en los hogares salvadoreños.

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A Luis no se le dificultad ser Papa Noel, afirma que desde antes de nacer estaba destinado a ello. Su voz ronca le ayuda a tener el timbre de voz perfecto para el personaje. Asimismo, ríe al mencionar que su sobrepeso también le beneficia con la interpretación.

La primera vez que se disfrazó de Santa fue en una fiesta en la que el sujeto que lo haría no llegó, por lo que él lo sustituyó. Su padre, quien era un payaso muy famoso en Perú y conocido con el nombre de “Cucharita”, lo vio esa noche y le felicitó por su actuación y caracterización. A partir de ahí surgió la pasión por meterse en el traje rojo.

Luis, que además tiene un personaje conocido como “Pildorín”, recuerda que el primer lugar donde comenzó a hacer de Santa Claus fue en Almacenes Bach en 1989. Pero desde hace ocho años se mantiene en todos los diciembres en un centro comercial de la Colonia Escalón junto a sus amigos Milena Pérez, Merlo Mondongo y Daniela Vila, quienes interpretan a una duenda, un policía de la villa navideña y a una osa, respectivamente.

Algo peculiar de Luis es que puede comunicarse con niños sordos a través del lenguaje de señas. El año pasado involucró a Milena, quien es psicóloga y profesora de lengua señas para que le sirviera como intérprete cuando llegaran infantes no oyentes.

Más de 15 fueron los que llegaron. “Es indescriptible la sonrisa que los niños ponían al ver que yo los saludaba en lengua de señas”, menciona Luis mientras con sus manos dice hola en dicho sistema de comunicación, pues desde este año lo está aprendiendo.

Luis tiene planeado ir este año a una fiesta en Sonsonate donde sacará sonrisas y entregará reglaos a niños sordos que probablemente nunca han visto a un san Nicolás que hable directamente con ellos

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No siempre los que visitan a Santa Claus son niños; algunas veces, también son adultos los que desahogan sus penas y tristezas con él.

En el año 2014, caminaba por los pasillos para que las personas se fotografiaran con él, cuando dos señoras que eran hermanas lo saludaron. Una de ellas le dijo “Santa Claus, yo quiero de regalo que mi hermana aquí presente pase la Navidad con nosotros”. Él le preguntó a la otra mujer que por qué no quería pasar esa festividad con su familiar, a lo que ella respondió que no quería pasar con nadie porque lo que deseaba era encerrarse en su casa.

“Pero él te quería mucho y no le gustaría verte triste. Lo mejor que puedes hacer es pasar la navidad con tu familia”, dijo Santa a la señora. Él supuso que la mujer había enviudado y efectivamente después comprobó que eso había ocurrido. Su intuición no le falló. La conversación se prolongó 10 minutos hasta que todos, incluyendo los duendes, terminaron llorando. La mujer se marchó pronunciando “gracias” por las palabras y consuelo que había recibido.

“Este Santa es el mensajero del niño Dios, yo entregó el regalo que el niño Dios manda; no dispongo yo de si va a llegar o no lo que la gente pide. Siempre hago una consulta con el ángel de la guarda porque es él el ‘pone dedo’, el que dice si la persona se ha portado bien o no” detalla Santa al explicar cómo funciona la repartición de los regalos.

Santa comenta que ahora la tecnología reina entre las peticiones de los infantes, un contraste con los juguetes que antes pedían.

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Para Luis la Navidad es una época que sin lugar a dudas disfruta demasiado porque es la época más linda del año y en la que tiene mucho trabajo al vestirse como la figura que es un modelo o un regulador del comportamiento de los niños.

Además, su hijo menor disfruta mucho de esta temporada del año puesto que le encanta ver a su papá llegar vestido de San Nicolás al colegio donde estudia y oír que lo saluda por su nombre. Los compañeros de él se sorprenden al ver tal escena.

“Te tengo guardado tu secreto, papá”, son las palabras que el hijo de Luis le dice a él. Así como su hijo, otros niños se quedan perplejos al oír que Santa les sabe su nombre. No es brujería ni nada parecido, simplemente es un sistema de comunicación inalámbrico que Luis tiene junto a sus ayudantes.

La duenda tiene un micrófono en su vestuario y llega a preguntarles el nombre a los niños que hacen cola para pasar a sentarse con santa, quien posee un audífono desde el cual escucha todo lo que los infantes dicen mientras esperan su turno.

En una ocasión, lo anterior le causó problemas. Una mujer llegó con su hijo y al escuchar que Santa Claus llamó por el nombre a su hijo, ella le gritó airadamente que lo que estaba haciendo era brujería, “cosas del diablo”. Luis tuvo que enseñarle el audífono y detallarle a la mujer como era que había conocido el nombre del menor.

Luis tiene su propia compañía artística en la que trabajan otros hombres que se disfrazan de Santa Claus. Explica que todos los que quieren trabajar de Santa Claus tienen que ser evaluados. “No es que yo voy poner en Facebook “necesito un gordito simpático” no es así. Para ser Santa tiene que gustarle no solo es ponerse el traje y ya”, dice Luis, quien añade que otro requisito que deben cumplir es tener un “espíritu puro”.

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Santa Claus no solo obsequia objetos, también brinda felicidad, paz, serenidad, aliento y motivación para vivir, así como lo hizo en las dos historias anteriores. “Lo principal es dar felicidad y el mensaje del niño Jesús”, exclama el Papa Noel salvadoreño.

A lo largo de estos años ha visto creer a muchos niños. Algunos llegaron de tres años de edad y ahora ya tienen once. Hay adultos que en los años noventa los vio pequeños y que en la actualidad le llevan a sus hijos para que se tomen fotos. Por eso cree que su trabajo es eterno

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Luis cree que llegará un día en el que va a tener que guardar a “Pildorin” y no a Santa Claus. De hecho idealiza a Santa con barba de verdad por lo que se la dejará crecer para ser fiel a su personaje, uno de los símbolos de la Navidad.

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