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¿Dónde estoy? | CRóNICAS

Lo que no vio la ministra de Trabajo en una barra show en San Salvador

A raíz de varias denuncias de bailarinas de barra shows, la ministra de Trabajo, Sandra Guevara, decidió visitar uno ubicado en la colonia Escalón y no encontró nada. "Mangos" es la otra cara de la moneda.

Bryan Avelar
Foto: Salvador Sagastizado / Diario1
Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

Son las once de la noche y una mujer desnuda viene bajando de cabeza por un tubo niquelado a diez pasos de distancia de nosotros. Al fondo hay una pared de tablas y al techo se le miran las vigas podridas de las que se enrollan varios metros de guirnaldas con lucecitas de navidad. Es abril y hace calor.

Al centro de la mesa de madera hay un balde con dos cervezas adentro y tres afuera. Y un cigarro prendido. Las únicas luces aquí adentro son las que rodean la tarima y el enorme espejo detrás del tubo, las de la barra, donde están los tragos, y las que apuntan hacia el altar. Detrás de una cortina color dorada se esconde San Simón, el santo que tiene la culpa de que estemos aquí y no en otra barra show de mala muerte del centro de San Salvador.

Para entrar primero lo pensamos unos minutos. Si de día da miedo dejar el carro en plena calle, de noche, el centro de San Salvador no es más seguro que digamos. Pero luego de propinarle dos coras al vigilante de la entrada uno ya se siente con más confianza.

La fachada del “Mangos” es, de entrada, deplorable. Pero por dentro es peor. Luego de cruzar el umbral de la puerta principal hay una cortina de tela dura y áspera que conecta con el meollo del asunto: tres sillones al centro y dos más en un costado; al fondo, justo dos pasos detrás de los sillones, los baños hediondos con la puerta abierta, y, al frente, la tarima. Después hay una pista de baile, la barra y el altar de San Simón bien iluminadito.

Cristal, Alejandra y Daniela tienen media hora de estarnos acompañando y no han parado de platicar. A mí me tocó sentarme con Cristal y debo admitir que al principio me sentí con mala suerte. Tiene 39 años y aún en la oscuridad se le notan las arrugas. El pelo le huele mal y anda sudando a chorros.

Nos decimos los nombres y ella me reclama que todos los clientes nos ponemos Carlos. Yo le digo que todas ellas siempre se ponen Cristal, Josselin, Alejandra o Stefani. Nos carcajeamos y nos confesamos los nombres verdaderos: Lucas. Elizabeth. Nos volvemos a reír sabiendo que, en realidad, son falsos otra vez.

Los sillones en que estamos sentados tienen una capa gruesa y pegajosa de mugre. Apestan. Pero eso no impide que pasemos un rato ameno. Al fin y al cabo, dice Cristal, de eso se trata. Uno viene a estos lugares para relajarse, para sentirse cómodo y restarle importancia a esos detalles que durante el día nos preocupan más de la cuenta.

Al fondo suena la música electrónica y Cristal se emociona. Cuenta que es su música favorita y se para para bailar. Se pone de espaldas y comienza a subirse la minifalda. Levanta cada pierna dos veces y luego taconea duro con la derecha. Repite los pasos y taconea con la izquierda. Se gira y hace un gesto perverso que, para mi mala suerte, le acentúa más las arrugas de la cara.

Cristal ha trabajado toda su vida como bailarina en antros de mala muerte del centro de San Salvador. Aunque hubo un tiempo, cuenta, que fue mesera en el Insomnia – un barra show en el todavía un poco prestigioso Paseo General Escalón – y que ganaba bien porque atraía muchos clientes. “Yo sacaba, diarios, unos mis cien dólares”, recuerda.

Pero luego las cosas cambiaron. A diferencia del Insomnia, según dice, los barra shows del centro son al mismo tiempo prostíbulos. Aquí no solo se baila, también se hacen “salidas”. Las salidas, según me explica Cristal, son acordadas entre la bailarina y el cliente, sin intermediarios, para servicios sexuales. Un cliente viene, le bailan, invita a un par de cervezas y luego pide la salida.

Cristal dice que quien pide la salida tiene que andar su carro o pagar un taxi para ir a un motel cercano. Pero después de dos cervezas y una larga conversación termina aceptando que al fondo del Mango hay dos “cuartos” con camas y todo.

A medida se pone amena la conversación vamos empinando el codo más seguido. Las cervezas se van acabando y siempre es Cristal quien está pendiente de ir por otra. Para mí valen $1.50 pero para ella valen $3.50 y si no la invito se va de inmediato y me quedo solo. Ese es el negocio, reconoce. Por cada cerveza que se toma, los $2 que exceden el precio original son para ella.

De aquí saca diario unos $30 cuando el día va bien. Aunque ahora los días ya casi no van bien. Con el tiempo se ha ido poniendo un poco vieja y sus compañeras/competidoras son jovencitas de 19 a 28 años. Piernas torneadas, pechos firmes, cinturas delgadas. Lo que los clientes buscan. Por eso dice que se empeña en tratar de hacerlos sentir bien. Quizá es por eso que cada cinco minutos me pregunta “¿pero te caigo bien siquiera?”.

Cuando uno le pregunta a Cristal que si tiene seguro social no tarda en responder que sí. “Aquí nos vienen a ver los doctores y nos hacen el examen del Sida y nos ponen vacunas. También nos regalan preservativos y nos dan charlas”, dice. Al pedirle más explicaciones sobre quiénes son los que las visitan termina diciendo que son de la unidad de salud y que no entiende que qué quiero decir con seguro social.

Hace dos noches, en un aparente show mediático, la ministra de Trabajo salvadoreña, Sandra Guevara, llegó en una caravana de camionetas hasta Insomnia, el mismo lugar donde alguna vez trabajó Cristal. Un lugar donde también hay bailarinas, tubos, música electrónica y clientes buscando lo mismo que se viene a buscar aquí.

Lea también: El paseo de una ministra por un barra show de San Salvador

Pero las diferencias entre el Insomnia y el Mango son abismales. La prostitución en la zona metropolitana de San Salvador, al igual que los estratos sociales, está dividida entre lo que hay de la plaza del Salvador del Mundo para arriba y lo que hay del Salvador del Mundo para abajo. Para arriba, está la Zona Rosa y el Paseo General Escalón, donde también se da la prostitución pero, digamos, en un ambiente más “exclusivo”. Aquí, según han relatado las bailarinas a este medio, llegan desde diputados hasta pastores. Gente con dinero.

Del Salvador del Mundo para abajo la realidad es otra. La prostitución es vista como algo muy peligroso, arriesgado y con altas posibilidades de salir asaltado, apuñalado o muerto.

La ministra, luego de hacer un llamado a los medios de comunicación para que cubrieran su visita a la barra show, anunció que se trataba de un plan especial para garantizar que a las bailarinas y edecanes se les estuvieran respetando la totalidad de sus derechos laborales. Previo aviso al dueño del local y con permiso del vigilante de la entrada, la ministra y su séquito hizo su ingreso al lugar para entrevistar a las bailarinas.

A pesar de que la seguridad del lugar no dejó ingresar a la prensa, Salvador logró colarse y ver todo desde adentro para luego contar este relato.

Sandra Guevara, ministra de trabajo. Foto D1/Rodrigo Sura

Sandra Guevara, ministra de trabajo. Foto D1/Rodrigo Sura

Adentro había música y aire acondicionado, cómodos sillones y una barra espectacular con todos los tragos habidos y por haber. Luces impresionantes y un techo decorado para crear efectos insospechables entre tragos, música y luces. Al fondo dos salones VIP para bailes “privados”.

En el Insomnia hay edecanes y bailarinas. Al entrar, la ministra saludó primero a las bailarinas. Así lo vio Salvador. Con un gesto un tanto de sorpresa, la funcionaria estrechó las manos y preguntó las edades de las esculturales mujeres en tanga y luego pasó a las edecanes. Estas últimas vestían minifaldas y tacones altos. Todas con su pelo bien planchadito y un rico olor que se mezclaba en el ambiente.

Las edecanes y bailarinas no solo hablaron con la ministra. También platicaron con Salvador. Le dijeron que no estaba ahí obligadas y que de ellas ninguna se prostituía, y que si alguna lo hacía era por su propio gusto.

“Todas tenemos un salario base, pero aparte ganamos por las cervezas a las que nos invita el cliente. Aunque ahí ya depende de cómo se rebusque uno, verdad”, le dijo Joselin a Salvador.

Al salir del local, la ministra lo confirmó. La mayoría de papeles estaban en regla y lo único que le faltó corroborar fue algunos papeles como los contratos individuales y el acta de constitución de un Comité de Salud Empresarial que todo establecimiento con más de 20 empleados debe tener, según explicó Guevara. De no existir tales documentos, una multa de poco más de $50 le esperaba al dueño de Insomnia, el exclusivo barra show de la Escalón, donde bastaría con menos de lo que valen diez entradas para pagarla.

“Hemos comprobado que sí, este es un buen lugar para trabajar, en lo que respecta a las labores de las bailarinas y edecanes”, resumió la ministra. Al siguiente día salió en todos los medios de comunicación su visita y los resultados.

Sin embargo, según ella misma lo aceptó, este plan “especial” partió de una serie de denuncias hechas por bailarinas de ese y otros lugares de la zona que salieron a la luz pública en dos reportajes publicados por El Diario de Hoy, hace cerca de un mes.

Acoso, impago de horas extras, inseguridad laboral, amenazas y explotación fueron algunas de las quejas que las bailarinas consultadas por el rotativo expusieron, y que Guevara decidió salir a comprobar en su visita.

Pero para hacer la inspección de la situación de las bailarinas, la ministra decidió ir a un barra show de la Escalón, y no a los del bajomundo. Pero también aseguró que ahí las hacen. Al consultarle que cuáles fueron los criterios para ir a este y no a otro dijo tener una lista específica de lugares a los que le realizarían inspección, aunque también se apresuró a decir que “no necesariamente son de las que se haya recibido quejas”.

Y para conocer y contar la otra parte de la verdad (y también porque era viernes), cuatro periodistas nos dejamos venir a Mango, en el centro de San Salvador.

En el Mango las bailarinas no tienen ni la menor idea de quién es la ministra de Trabajo ni de qué es lo que hace. A Cristal, por ejemplo, le suena totalmente ajeno a su labor un “comité de salud empresarial” o algo parecido. Pero repite que la unidad de salud les hace el examen del VIH y les da condones. Gratis.

Cristal acepta que este trabajo es difícil en estas esferas. Los pandilleros son una de tantas cosas a las que le temen, pero de eso prefiere no hablar mucho. Dice que lo que más le preocupa es qué va a hacer cuando ya no logre “jalar” clientes. Cuenta que tiene tres hijos. Dos niñas y un niño, y que una está en Argentina. Lo repite a cada momento. “¿Sabés dónde está mi hija? En Argentina. Sacando una beca. Mi hija es muy inteligente. No como yo”.

Luego de tres cervezas le digo a Cristal que quiero hablar con alguien más. Se indigna y comienza a cantar en voz alta una canción que suena de fondo “Como fui a enamorarme de ti / Si yo sabía que no era bueno / Cuando en tus ojos me vi / Supe que ya no era yo / De mi alma el dueño…”, insiste en que la invite a una última cerveza y ante la negativa se va dejándome una mirada de a quien la han traicionado de la manera más vil.

Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

Interior de Insomnia – Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

En el sillón de al lado está otro periodista que en la entrada dijo llamarse Fernando. Encima de él está Alejandra. Piel trigueña, cuerpo de veintitantos, usa un brasier y un hilo dental negro y baila como bailar perreo cualquier género que le pongan. Con una mano sobre la mesa y la otra sobre mi pierna, sube las rodillas en el sofá y con las nalgas a la altura de la cara de Fernando baila diciéndome en voz alta “¡A este le tocó la más loca!”.

Alejandra es la hija de la dueña del local y dice que hace esto por placer. No necesita que la inviten, aunque confiesa que lo que le atrajo a este mundo es el dinero. Y ahora lo gana por montones. De hecho en lo que va de la noche-madrugada ha ido por varios cigarros y los ha compartido conmigo. Platica y se toma las cervezas despacio, no como las demás que hacen lo posible por acabársela rápido e ir por otra.  No como Denisse, la otra bailarina que ha venido a sentarse a mi lado luego que se fue Cristal.

Denisse dice que tiene 28 años y es muy tímida. Con una vocesita fingida de quinceañera relata lo poco que ha vivido aquí y dice que lo que gana no le alcanza para vivir. Que tiene un hijo de seis años y que todas las que están aquí los tienen. “Aunque algunas se enojan porque uno cuenta que ellas también tienen hijos. No les vaya a contar que yo le dije, ¿oye?”, me advierte de entrada.

Esta bailarina habla poco y bebe mucho. Dice que su trabajo le ha enseñado a mantenerse sobria aunque lleve doce cervezas adentro, que lo más que se ha tomado ha sido una caja y que después de eso ya no regresó a trabajar al siguiente día. Insiste en que vino hacia mí porque el cliente anterior quería “salir” y me deja claro que ella no sale a ninguna parte con nadie. Dos cervezas y un baile después y me dirá con un guiño que sale, pero solo con quien quiere y que una salida vale $25 con ella.

Aunque no se quejan sobre el trato de los dueños del local, resienten que no tienen un trabajo base. Las bailarinas de este lugar, dice Denisse, son insultadas a diario por sus clientes que, en su mayoría, son borrachos, ladrones o pandilleros. También los hay quienes trabajan y vienen a despabilar aquí, pero “siempre quieren de gratis” y a veces hasta se van sin pagar y a ellas les toca reponer los platos rotos.

Denisse habla un poco más de sufrimientos a pesar de lo poco que lleva en este mundo. Dice que comenzó a trabajar de bailarina desde hace ocho años y que lo hizo porque el papá de sus hijos la traicionó. “Entonces yo dije, va ver este maldito cómo me las paga”. Y se hizo bailarina de night club.

Cuando una bailarina de este barra show, como de mucho más en el centro, se enferma, no hay dinero, no hay doctor y no hay medicinas. El único que a veces las ayuda, dice Denisse, es el dueño del local. “Él a veces nos consigue alguna pastilla, digamos, para el dolor de cabeza o algo así”, me dice al oído con un acento en la voz que parece gemido.

Ninguna de las cuatro bailarinas quiere despedirse, pero es ya bien entrada la noche y somos los únicos clientes en el lugar. Algunas insisten en que cobrarán la cerveza a $1.50 pero que no nos vayamos. Necesitan terminar la jornada y más clientes. Siempre más clientes. Nos despedimos y, quizá por suerte, encontramos el carro en la entrada.

En un último brindis con Dennise, vuelve a repetir lo que ha dicho cada cinco minutos mientras levanta el envase y lo choca contra el mío: “por nuestra amistad”. Y nos sonreímos sabiendo que no somos ni amigos ni nada.

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