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¿Dónde estoy? | CRóNICAS

La muerte de Adonay, el adolescente que no quiso ser pandillero

-Yo pedí que me lo velaran dos días. Pues sí… estos son los últimos días que lo puedo tener, quiero que sea lo más que se pueda – dice la madre, entre lágrimas que se le escapan y le ruedan por las mejillas.

Bryan Avelar
Foto: Salvador Sagastizado / Diario1
Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

La última persona con la que Adonay habló fue su madre. “Péreme, voy a media vereda. Ya llego”, fueron sus últimas palabras antes de colgar el teléfono. Diez minutos después ya estaba muerto.

A las seis de la tarde, Adonay había pedido permiso para ir a visitar a su novia, a unas cuadras de su casa. Ahí permaneció durante casi tres horas hasta que se hizo tarde. Apresurado, se subió a su bicicleta e hizo camino de regreso a su casa cuando le cayó la llamada de su mamá, preguntándole a qué hora iba a llegar. Adonay le había prometido acompañarla a la unidad de salud a que le dieran un papel para pasar consulta en el hospital el siguiente día.

Desde la media vereda en la que el adolescente de 14 años dijo que iba hasta su casa, hay una distancia de unos quinientos metros. Lo más. Pero veinte minutos después de aquella última llamada, Adonay no llegó.

Doña Yolanda Beltrán, la madre de Adonay, pensó que, conociendo a su hijo, casi podría jurar que este se aprovechó de que ella iba a salir para regresarse adonde su novia y quedarse un rato más con ella. Entonces se subió al pick up que había contratado para que la llevara a la unidad de salud y se fue.

Una hora después, al regresar a su casa, doña Yolanda frunció el ceño con expresión de rareza al ver que la puerta estaba tal como la había dejado. Para entonces, pensó, Adonay ya debía haber regresado y al menos haberla movido un poco. Pero no.

Entonces comenzó a buscarlo por todas las partes a las que alcanzó a llegar en su silla de ruedas, pero no lo encontró. Tomó el teléfono y volvió a llamar insistentemente. Una, dos, tres… cinco… diez… quince… veinte veces, hasta que sonó apagado. Y ya no supo qué pensar.

Una madre, dice doña Yolanda, no puede dormir cuando un hijo desaparece. No hay explicación. Simplemente no puede. Por eso ella se quedó dando vueltas en su silla, sola por toda la casa, cuando ya no pudo hacer más para hablarle a su hijo.

De pronto, Doggy, el perro de la casa, comenzó a aullar.

-¿Usted sabe cómo aúllan los perros? Pues así le hacía el Doggy. Bien feo. Yo sentí miedo porque ahí andan diciendo que sale el diablo y tuve miedo que me llevara a mí – cuenta doña Yolanda.

La madre, angustiada, pasó toda la noche sentada en su silla de ruedas. Esperando. Hasta que amaneció.

A las cuatro y media de la madrugada, el mismo carro llegó de nuevo al cantón Primavera Abajo, del municipio de Quezaltepeque, para llevarse a doña Yolanda a su consulta en un hospital de San Salvador. Como queriendo aferrarse a una idea del tipo “todo va a estar bien”, la madre de Adonay pensó “quizá se aprovechó de que yo iba a salir y se quedó donde la novia. Ya va a venir”.

Estando en el hospital tampoco logró tranquilidad. La madre llamó a su otra hija y le preguntó que si ya había llegado Adonay. Luego dijo que cuando llegara se lo mandaran. “Él ya sabe en cuál hospital y ya sabe cuál doctor es el que me mira. Que se venga”, insistió.

Pero nunca llegó.

A las 7:30 de la mañana, doña Yolanda vio una llamada perdida en su teléfono y supo que algo andaba mal. Regresó la llamada y una voz al otro lado del teléfono le confirmó su presentimiento con una frase: Mataron a Adonay.

Después de eso todo es vértigo. Doña Yolanda recuerda pedazos de escenas, imágenes incompletas. Carros yendo y viniendo. Una bolsa blanca que levantan entre dos y la tiran encima de un pick up. Oscuridad.

A Adonay lo mataron, según suponen sus familiares, al menos tres sujetos. Lo bajaron de la bicicleta justo después de colgarle el teléfono a su madre y lo apedrearon en la cara.

-Ahí se ve en el monte las señas de que estuvieron luchando – dice su padre –. Él no se ha de haber dejado, pero seguro que no era solo uno. Son unos cobardes. Con un bloque le dieron en la cabeza. Cobardes. Cobardes. Cobardes.

Cuando llegamos hasta su casa encontramos a doña Yolanda toda mojada. Se acaba de tirar agua encima y dice que no soporta el calor. El techo de lámina nos hace un sauna aquí adentro y todos sudamos a chorros.

La madre comienza contando historias de su hijo. Cuenta que iba a sexto grado y que no se metía con nadie. Luego de un rato terminará confesando que tampoco se trataba de un santo. Su hijo de 14 años se fumaba hasta tres cigarrillos diarios sin su permiso. Después de decirlo recuerda que Adonay siempre le reclamó con tono de enojo que ella contara algunos de sus secretos. “Ay, mamá, usted todo cuenta. Mejor ya no le digo nada”, dice como recordando.

Adonay no era pandillero. Nunca lo fue. Pero lo habían amenazado meses antes, al menos tres sujetos le dijeron que no lo querían ver más. Le advirtieron y le avisaron que a la menor oportunidad le iban a hacer daño. Aunque no se sabe si eran de pandillas, la zona está asediada por pandilleros de la facción Revolucionarios del Barrio 18.

-A veces íbamos caminando, y de repente me decía “ay, mamá, si algo nos pasa primero que me maten a mí, pero a usted que no le pase nada”. Yo le decía que era loco y que dejara de hablar tonteras. Que mejor no anduviera saliendo – dice doña Yolanda.

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La noche del domingo 15 de mayo, cinco días después de haber recibido un regalo del día de la madre de parte de su hijo, se lo mataron. Ahora está sola y no entiende qué pasó.

-Yo pedí que me lo velaran dos días. Pues sí… estos son los últimos días que lo puedo tener, quiero que sea lo más que se pueda – dice la madre, entre lágrimas que se le escapan y le ruedan por las mejillas.

En el centro de la casa está un ataúd azul entre dos luces amarillas y un letrero al fondo que cita un versículo bíblico. Debajo del ataúd hay un plato desechable pequeño y un limón partido en cuatro pedazos. Adonay ya lleva más de 24 horas de muerto y su madre tuvo que pedir que lo vinieran a preparar otra vez para que el cuerpo se conservara un día más.

-Sí que lo voy a extrañar – insiste doña Yolanda con la voz quebrada. – Ahora me voy a quedar solita hasta a saber cuándo.

Luego de dar una vuelta más por los espacios de la casa y saludar a algunos vecinos que se han acercado a ver el cuerpo, la madre se pone la mano en la quijada y mira como ver el horizonte mientras busca algo en la memoria.

-¿Qué hace una madre después de algo como esto? – preguntó solo por romper el silencio.

-Resignarse – contesta, después de una breve pausa. – Resignarse.

Aunque su memoria ahora queda llena de recuerdos, la madre de Adonay dice que no quiere pensar tanto en él. Que lo va a extrañar con toda su alma, pero que cree que no va a poder soportar el daño que le deja su muerte.

-¿Qué va a hacer con las cosas de él? – le pregunto con un nudo en la garganta.

-… Quemarlas. La ropa, la cama, los zapatos… he pensado en quemarlos. Porque si los regalo, me va a doler en el corazón vérselos a otra gente. Tanto que me costó comprárselos a mi muchachito…

Doña Yolanda pasa la tarde contando recuerdos de su hijo. Recuerda cuando lo encontró bañándose adentro de la pila, cuando subía a Doggy a dormir en su cama, cuando ella se cayó de la silla de ruedas y él la cargó hasta la cama, cuando lo regañaba, cuando llegaba tarde a la caza y ponía su cabeza sobre su cama y comenzaba a contarle sus secretos con la luz apagada, cuando regresaba de ver a su novia y siempre, siempre, siempre le llevaba un churro.

Entonces se interrumpe ella sola, se queda nuevamente como pensando y continúa.

-¿Sabe qué fue lo que le encontraron en las bolsas?

-¿Qué cosa?

-Una caja de fósforos… y un churro. Ese churro me lo traía a mí.

Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

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