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¿Dónde estoy? | CRóNICAS

La comunidad del Mágico González

Un grupo de indigentes se ha quedado a vivir durante varios años frente a la fachada del estadio Jorge "Mágico" González. Desde ahí, ellos comparten una serie de reglas, miedos, envidias y hasta sueños.

Bryan Avelar
Foto: Diario1 / Marco Paiz
Foto: Diario1 / Marco Paiz

Una mujer de unos 60 años asoma la cabeza entre dos carpas negras que hacen las veces de casa frente a la fachada del estadio Jorge “Mágico” González, y muestra una sonrisa a todo el que pasa por la acera. Con una pañoleta negra se ha domado la melena y, arreglándose la blusa tipo tubo que lleva puesta sale de su vivienda improvisada para darnos la mano.

Paula Carranza Martínez es una mujer de 65 años que se ha venido a vivir debajo de unos plásticos negros, frente al “mítico” estadio desde hace dos años.  Pero ella no es la única. En cada uno de los huecos que el diseño arquitectónico del estadio tiene del lado de la 49 Avenida Sur se han instalado cerca de nueve indigentes que han hecho de este espacio su nuevo hogar.

Empezaron por solo llegar a dormir en las noches, luego se fueron quedando todo el día sentados en una colchoneta, pidiendo limosnas, después algunos amarraron una carpeta negra y un par de cartones para protegerse de la lluvia, hasta que terminaron quedándose a vivir definitivamente.

Así es la historia de los habitantes de esta nueva “comunidad” que se ha apoderado de la fachada del estadio desde hace algunos años, mismos que comparten una serie de reglas, miedos, envidias y hasta sueños.

Doña Paula es muy amigable y le gusta platicar. Apenas la hemos saludado y sale sonriendo de entre las dos carpas y comienza a contar todos sus sufrimientos y aventuras y modus vivendi como si tuviéramos ya bastante de conocernos. Cuenta que nació en el municipio de Nejapa, en San Salvador, y que su madre murió de cáncer por lo que quedó, junto a sus ocho hermanos, a cargo de su padre, quien más tarde la regaló a una pareja de esposos que desde entonces recuerda como sus padrinos. En esa casa le dieron techo, abrigo, educación y golpes.

-Quizá uno ya trae lo de rebelde, ¿verdad?, porque yo recuerdo que era bien viva. ¡Ja! Yo no me dejaba de nada ni de nadie, ni mucho menos de mi madrina. Esa vieja no me quería – recuerda doña Paula, mientras saca a cada rato un teléfono celular al que le dice “el fenómeno” porque tiene un lado de la pantalla más ancho que el otro.

Foto: Diario1 / Marco Paiz

Foto: Diario1 / Marco Paiz

Así fue como terminó en una internada Hogar del Niño San Vicente de Paul, ubicado en el barrio San Jacinto, de San Salvador. Ahí estudió hasta séptimo grado de educación básica y luego empezó a ir a otra escuela en el centro de la capital.

Pero a los 14 años de edad, Paula se enamoró de un vecino de 16 y se fueron a vivir juntos a una casa sobre el kilómetro 9 de la carretera Troncal del Norte. Ahí tuvo dos hijos en menos de dos años: Wendy y Ricardo.

Cuando apenas había cumplido 17 años, Paula consideró que era hora de salir del martirio en que se había convertido vivir con el padre de sus hijos y le pidió a su suegra que los cuidara con el pretexto de que ella iría a buscar trabajo para mantenerlos sola.

-Entonces yo me venía con unas bichas locas a trabajar de noche. Ahí sí ganábamos bien. Hasta 500 colones por noche. Los extranjeros eran los que pagaban mejor… hasta 125 cada uno – recuerda Paula, mientras continúa sacando y metiendo el teléfono de su bolsa cada diez segundos como si esperara alguna llamada o un mensaje.

Desde entonces se dedicó a la prostitución en la zona del paso desnivel entre la Avenida Roosevelt y la 49 con lo que, cuenta, logró ganar suficiente dinero para mantener los vicios que aprendió en poco tiempo.

-Yo he probado de todas las drogas: piedra, coca, marihuana, hasta cristal (metanfetamina). Pero ahora ya me alejé de eso. Hoy estoy más cerca de Dios, quiero estar con él. Todos los días le pido fuerzas – dice con un tono reflexivo y hasta convincente.

Ahora, mucho tiempo después de que los vicios desgastaron su belleza física y la dejaron con más deudas que ganancias, doña Paula se vino a formar parte de la comunidad frente al estadio Mágico González. Aquí, dice, ella fue la primera mujer en llegar y la primera en evitar que los corrieran cada semana por la suciedad que se generaba en la acera.

-Yo les dije que no es posible que amaneciera, pues sí, toda la suciedad de las necesidades de uno. Porque uno sí tiene necesidad de hacer sus heces y todo, ¿verdad?, pero no es para que se dejen aquí enfrente. Mire ahora, todo está bien limpio, por allá lejos vamos a hacer – dice, señalando con el dedo en dirección a la cuenca del río La Mascota, que atraviesa la 49 avenida.

De los nueve que viven aquí, doña Paula sabe sus historias, dice. Aunque algunos tienen más tiempo que ella, aquí todos se conocen e incluso no dejan entrar a nadie más que no sea conocido o traído por un habitante de la comunidad. De hecho, cuenta que hace unos meses, un hombre intentó colocar una colchoneta y unas carpetas cerca de la suya y todos los “vecinos” se unieron para correrlo de inmediato.

Esta versión es secundada por “El Chele”, un hombre alto de piel blanca que se acerca con una botella plástica llena de pega de zapatos que se lleva a la nariz a cada rato. El Chele dice que tiene años de vivir aquí, que anda “vacilando” por esta zona desde que tenía 8 años y que ahora ya no recuerda cuántos tiene.

El Chele vive, según doña Paula, “acompañado” con otro hombre. Viven debajo de la misma cobija que les sirve de pared y techo. “Son pareja”, dice doña Paula con tono burlón, mientras se tapa la boca como para que no la escuchen.

-Allá al fondo vive La China, y más acá otro señor. Somos cuatro mujeres las que vivimos ya aquí. Yo, mi hija, La China y otra señora. Así me da menos miedo. Porque, mire, ¡aquí quién no me ha querido coger! Pero yo no me he dejado. Aunque sea con una piedra pero siempre los he puesto quietos – enfatiza la mujer, nuevamente con el teléfono rojo en la mano.

Foto: Diario1 / Bryan Avelar

Foto: Diario1 / Bryan Avelar

Doña Paula dice que ha tenido varios novios, y que el último se es un deportado alto y blanco apodado como El Hommie, quien ahora trabaja en un Call Center en las cercanías del Salvador del Mundo.

El Hommie no se ha venido deportado por bueno, dice doña Paula. “Ese tipo es malacate. Él es cierto que fue traficante y todo eso, pero es un caballero. No me maltrata como el otro”, dice, mientras acepta que en este mundo que le ha tocado vivir no siempre está triste.

-Cuando estoy en el cuarto de El Hommie, allá por Simán Centro, yo soy la mujer más feliz del mundo… A veces nos acostamos y vemos películas de esas, usted sabe (pornográficas) y nos dormimos. Aunque a él le cuesta dejar esa babosada del teléfono y dice que solo soy su amiga con derecho, yo estoy bien enamorada.

A mediados del año pasado, cuando El Hommie se había ido para Guatemala a hacer unos “negocios”, y ella se cansó de esperar, recuerda que había llevado a su ex novio a dormir con ella debajo de su carpa negra frente al estadio y cuando El Hommie regresó de sorpresa le tuvo que inventar un pretexto para no dejarlo “entrar”.

-¡Ay, no! Tengo un gran desorden y ni he doblado la ropa, mejor vamos a otro lado – dice en tono como quien habla de una casa grande.

En los dos años que Paula lleva de vivir en la comunidad del Mágico, no todos los días han sido malos. Incluso ha tenido golpes de suerte que ya muchos quisiéramos tener. Cuenta que un día, a principios del año pasado, buscando algo rescatable entre la basura, se encontró una bolsa negra con nada menos que $800. Ochocientos dólares que gastó en droga, el alquiler de un hotel y en comer e invitar a comer tortas mejicanas a sus amigas y amigos. “¡Pedí lo que querás!”, recuerda que les decía.

-Eso sí, fue poquita la droga que compre. Solo tres bolsitas de a $10 y ni me la eché toda yo. Andaba con un mi amigo maricón que se la dio toda. Bien rápido. Yo le decía que no se la echara tan rápido, pero hasta con la boca panda quedó. A mí porque me da miedo una pálida (sobredosis), no porque me hubiera comprado más.

Ahora le toca ganarse la vida como puede. Desde esperar a que las iglesias u organizaciones de beneficencia les lleven un plato de comida hasta ir a comprar “coca” por encargos para quedarse con algo de dinero o algo de droga.

-Aquí viene la gente y nos dice que le vayamos a comprar bolsitas de a $5 o de a $10 y nos dejan un par de dólares para nosotros o alguna piedrita de regalo.

Foto: Diario1 / Marco Paiz

Foto: Diario1 / Marco Paiz

Paula dice que ya se retiró de la prostitución y de las drogas. Lo dice con firmeza desde un principio y no cambia de opinión por más que uno le pregunte y le repregunte. Pero suelta la verdad casi al final de la conversación cuando, hablando de su acercamiento con Dios, cuenta que hace apenas dos días fue a la iglesia aún afectada por tres “porciones” de “cristal” que le dejaron como regalo.

-Yo siempre le pido a Dios que me saque de aquí. Ya estoy harta. Yo sufro mucho cuando no estoy con mi Hommie, hoy ya llevo tres días sin verlo y siento que no aguanto más. Ojalá un día esto cambie para nosotros y podamos tener una casita, juntitos.

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