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¿Dónde estoy? | REPORTAJES

Aquí se acabó el odio entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18

A este refugio en México han llegado decenas de adolescentes migrantes que de alguna manera están involucrados con las pandillas. Ya sea como víctimas o como victimarios. En ese lugar, aunque muchos no han abandonado su convicción de pandillero, parece que ha desaparecido el odio.

Bryan Avelar
Foto: Cortesía de Desinformemonos para Diario1
Foto: Cortesía de Desinformemonos para Diario1

Un grupo de adolescentes viajan en la cama de un pick up mientras el viento les golpea la cara. Todos con sus gorras volteadas hacia atrás, pantalones flojos y camisas holgadas. De pronto el vehículo se detiene frente a una pared grande donde hay un número 18. Uno de ellos se baja, se levanta la camisa y de la bolsa del pantalón se saca un marcador negro y empieza a tachar los números lo más rápido que puede.

-¡Hey!, tranquilo, loco. Tranquilo hermano – trata de convencerlo un compañero de viaje que se bajó rápido a detenerlo para que no siguiera tachando el número que simboliza el control de la pandilla Barrio 18 en esta zona -. Eso no importa aquí, broder. Tranquilo.

El que se bajó tiene 16 años y es pandillero de la Mara Salvatrucha. Ha detenido su ruta migrante hacia Estados Unidos y se ha quedado en México. El carro paró porque adelante va otro carro con un paquete que necesitan trasladar hacia este. Es una hielera con sodas.

En el pick up viajan los adolescentes. Algunos van tatuados con las letras de la Mara Salvatrucha y otros con los números del Barrio 18. Verlos ahí, en la calle, sentados a la par, sin hacerse colador a tiros ni molerse a patadas, trompadas o pedradas, podría parecer una de esas imágenes que circulan en internet, donde un perro abraza a un gato. Uno no sabe si pensar que la escena es montaje o que estos han perdido la conciencia de lo que son o de lo que han querido ser: enemigos a muerte.

Lejos de El Salvador – donde la guerra entre las tres principales pandillas, el Barrio 18 en sus dos facciones y la MS-13, ha dejado un saldo de decenas de miles de muertos en la última década–, existe un Hogar, un refugio donde los pandilleros contrarios se llevan de tal manera que uno de sus coordinadores se atreve a unirlos en una misma palabra. Una palabra que en el contexto salvadoreño parecería una broma pesada, una burla, una blasfemia: familia.

El Hogar de Migrantes Adolescentes en El Camino se encuentra ubicado en el estado de Ixtepeque, México, y desde septiembre del 2015 se ha tomado la tarea de recibir a decenas de niños migrantes no acompañados que han dejado su casa y familia para huir de la violencia.

Aunque las pandillas no son el único factor que obliga a migrar a los adolescentes, en los últimos años, el sacerdote Alejandro Solalinde notó un aumento de adolescentes que viajaban sin compañía hacia los Estados Unidos. En su mayoría, dice, eran adolescentes que de una u otra manera estaban vinculados con el fenómeno de las pandillas. Ya sea porque habían sido víctimas o victimarios.

Entonces se decidió fundar el nuevo proyecto derivado de Hermanos en El Camino, y se recibió a un primer grupo de 16 adolescentes de entre 12 y 17 años de edad, que huían de la muerte. Así lo recuerda Carlos Moriano, coordinador del grupo, quien recibe con tono alegra una llamada telefónica desde El Salvador que pregunta por el proyecto.

-Nosotros les brindamos una oportunidad para que regulen su situación migratoria e incluso para que su destino ya no sea Estados Unidos, sino México. Esto porque vemos que ellos, muchas veces, realmente no quieren ir a Estados Unidos. Lo que quieren en verdad es salir huyendo de la muerte que los asecha para ser protegidos en otro lugar – dice Moriano con acento español mejicanizado, luego de contestar la llamada de Diario1.

En el año 2015 El Salvador despuntó en los índices de violencia a nivel latinoamericano, a raíz del efecto de las últimas políticas de seguridad pública que abrieron una segunda guerra interna, ya no solo entre las mismas pandillas, sino también entre estas y el brazo armado del Estado (Policía y Fuerza Armada). Sin embargo, a pesar de esto, y del alto número de familias desplazadas por el fenómeno de las pandillas, la mayoría de jóvenes que llegan al hogar Adolescentes en El Camino no son salvadoreños.

-Curiosamente, los de El Salvador no son los más implicados. Son los segundos en el orden descendente. La mayoría son de Honduras. Luego de El Salvador, Guatemala y también de Nicaragua – dice Moriano.

Aunque el coordinador insiste en que la finalidad del proyecto no es sacar de las pandillas a los migrantes que pasan por el Hogar, tanto el padre Solalinde como Moriano se han dado cuenta de que la mayoría de los migrantes por violencia vienen por problemas relacionados con las pandillas. “Un 80%”, calculan.

-De la gente que viene de Honduras, el cien por ciento tiene que ver con pandillas. De El Salvador digamos que un 50. De Guatemala es menos incluso – dice con tono de reflexión en la voz –. En El Salvador también los hace huir la pobreza o la violencia intrafamiliar y por la inercia cultural de ir a Estados Unidos.

Asimismo, Moriano no deja de reconocer como un logro, y con un gesto de sonrisa en la voz, que ahí los jóvenes que aún no han abandonado su convicción con la pandilla “se llevan como hermanos”.

-Lo que observamos es que por alguna razón muy violenta ellos han necesitado salir, han tenido que huir. Ya sea porque han sido perpetradores o víctimas. Y en ese fenómeno de migración ellos experimentan otra mirada en la que se tienen que ayudar entre personas aunque sean de bandas rivales. Lo que les mueve es un interés común de dejar atrás varias cosas – dice Moriano, y cuenta el relato con el que empezó este texto.

Sin embargo, aunque de alguna manera estos adolescentes han salido de la pandilla, la pandilla no ha salido de ellos. Al menos no del todo. El sentido de pertenencia y las convicciones de grupo quedaron evidenciadas en las primeras semanas de fundado el Hogar Adolescentes en El Camino.

El primer día, según recuerda Moriano, los adolescentes se identificaron rápido y a escondidas de qué pandilla era cada uno y se dividieron en dos grupos. Por la noche, los de la Mara Salvatrucha se dirigieron hacia el dormitorio y los del Barrio 18 al que quedaba en el otro extremo. Lo mismo con los baños.

– Incluso en la mesa, a la hora de comer, se observó una distribución territorial – dice el coordinador –. Pero la misma dinámica de grupo, sin hacer un mínimo esfuerzo orientado hacia eso, los obligó a irse integrando.

Un día, intentando crear un espacio de convivencia, convirtieron un muro de la azotea en un mural donde todos podrían dibujar o grafitear lo que quisieran. Poco a poco el mural se fue llenando de dieciochos y emeeses, los símbolos de las pandillas. Unos tachaban los números y los reemplazaban con letras. Y viceversa.

Foto: Ivan-Castaneira / Cortesía de Desinformemonos para Diario1.com

Foto: Ivan-Castaneira / Cortesía de Desinformemonos para Diario1.com

¿Cómo sentar a más de una docena de pandilleros del Barrio 18 y la MS-13 a comer en una misma mesa sin que se maten y sin que haya necesidad de un batallón de soldados y policías evitándolo? Según Moriano la clave es no hacer nada.

Este hombre de acento español resume el secreto de este logro en una palabra: dinámica de grupo. Sin embargo, no deja de aceptar que para que ese elemento funcione hay otros aspectos que deben ser tomados en cuentas. Elementos que, para mayor ironía, no consisten en una serie de reglas, normas o leyes sino todo lo contrario.

-Parte éxito son las puertas abiertas. Los menores no pueden ser detenidos en módulos cerrados. No pueden estar encerrados en módulos tipo cárceles o centros de detención como les llaman. Todo con la finalidad de que se integren a la sociedad. Este es un hogar de puertas abiertas donde los jóvenes pueden entrar y salir cuando ellos quieran.

Cuando ellos quieran. Si quieren. Estas son palabras que Moriano repite constantemente desde el otro lado del teléfono.

– Un adolescente puede salir y entrar las veces que quiera en el día. Incluso a veces participan en actividades de la comunidad o del centro de la ciudad y lo único que se les exige es que la hora más tarde para entrar o salir es a las 9:30 de la noche. Si se quedan afuera deben venir hasta el siguiente día. Aquí hay una concepción de libertad muy amplia.

La modalidad de “Puertas Abiertas” no es nada novedoso. De hecho se aplica en algunos hogares de rehabilitación en El Salvador; sin embargo, la otra modalidad de “Puertas Cerradas” quedó prohibida para hogares de menores de edad a partir del 30 de abril de 2014, cuando entró en vigor el Programa Especial de Migración 2014-2018 (PEM), un documento sin precedentes en México y que abre el camino hacia una política migratoria de país.

En el poco tiempo que lleva funcionando este hogar ha dejado muchas experiencias nuevas a los coordinadores y colaboradores que hacen funcionar este proyecto ejecutando los recursos donados por personas particulares, oenegés e instituciones privadas.

-Aquí les hemos intentado poner horarios para el uso de las computadoras, pero ellos nos han dicho “no queremos, mejor cuando uno quiera usar la computadora nos la prestamos entre nosotros, pero preferimos estar libres de horarios” – dice el coordinador –, y hemos visto que es efectivo ese método.

En la el hogar de Adolescentes en El Camino hay, además de libertad, rutinas y actividades que permiten la rehabilitación de los pandilleros, expandilleros o simplemente de los adolescentes que han sufrido algún tipo de violencia.

Por la mañana, luego de levantarse entre 7:00 y 8:00 de la mañana, el grupo se divide para tomar las tareas básicas de limpieza. Luego, entre 9:00 y 9:30 se sirve el desayuno (ahora sin dividirse en la mesa según la pandilla a la que corresponde cada quien) y el resto de la mañana cada quien se dedica a su “compromiso vocacional”. Algunos dibujan, otros tocan algún instrumento o cantan música rap (muy común entre ellos), o aprenden un oficio.

-En las tardes tenemos la suerte de tener siempre una visita o un compromiso. A veces salimos de paseo o vamos a conocer lugares. Con esto buscamos contrarrestar la mirada de vulnerabilidad hacia el migrante. Los tratamos como si fueran turistas. Los llevamos a ruinas o museos a que haga fotografías y que interactúen con la gente – resume Moriano, mientras lanza otra frase para cerrar – Ellos ya no son los que viajan por rutas clandestinas sino frente a todos, disfrutando del paisaje.

Aunque los migrantes por la violencia pueden estar ahí hasta los 18 años de edad, en el poco tiempo que lleva de funcionar, el Hogar Adolescentes en El Camino ha visto ir y venir a varias decenas de ellos. Desde el pequeño grupo de 16 integrantes con que comenzó la casa llegó a tener dentro a 20 “refugiados” de los cuales actualmente quedan 12. Bueno, 14 incluyendo a los últimos dos que acaban de llegar este último viernes de enero. Un salvadoreño y un guatemalteco.

Aunque las donaciones continúan llegando, las necesidades son cada vez más. Aparte de los servicios de agua y luz que hay que pagar, la comida, el vestuario y el transporte son otras grandes necesidades que enfrentan todos los días.

-Hay un grupo de personas particulares que han decidido donar material, incluso hemos recibido una donación importante de computadoras de la universidad de Harvard. Lo más crítico en este momento es la sostenibilidad económica. Ahora mismo es lo más crítico. A veces no tenemos para la comida, pero la magia de la vida nos está permitiendo sobrevivir.

Foto: Ivan-Castaneira / Cortesía de Desinformemonos para Diario1.com

Foto: Ivan-Castaneira / Cortesía de Desinformemonos para Diario1.com

Con las computadoras donadas han impulsado un taller llamado “Historias Desde el Albergue” que consiste en darle una cámara profesional a cada refugiado y sacarlo a que tire fotos por donde quiera y escriba unos cuando párrafos describiendo lo que significa para sí mismo esa imagen. También tienen computadoras Mac en las que editan y se entretienen.

En estas salidas, dice Moriano, es donde más se aprende. Aprenden los coordinadores y los refugiados. Ya sin distinciones de si son pandilleros activos, si son víctimas de pandilleros o si son desplazados por maltrato intrafamiliar.

Cuando llega un adolescente nuevo lo reciben con aplausos y siguen un “pequeño protocolo de ingreso”. Le dan la bienvenida y le permiten que elija uno de los “compromisos vocacionales” que tienen. Lo mismo sucede cuando se van.

-Esas cosas las tenemos muy presentes. Las bienvenidas, los cumpleaños, las despedidas. Nos gusta conferir un aspecto muy humano a la estancia. A lo que todos se apegan es a la mirada de familia que tenemos.

Moriano dice que cuando alguien se va del Hogar no dejan de estar en comunicación. A todos los que aceptan cambiar de destino y deciden quedarse en México les ayudan a contactarse con la organización Somos Nosotros que ofrece acompañamiento a los adolescentes que ya tienen su regularización migratoria y logran llegan al D.F. Ahí les ayudan con asistencia psicológica, a encontrar trabajo y un lugar donde vivir. Además, dice Moriano, “con los que se van tenemos muy en cuenta las redes sociales”.

-Nosotros no tenemos ni la experiencia ni los recursos ni la vocación para desligarlos de la pandilla. No pretendemos eso. La pandilla no ha sido la prioridad del programa. Ha quedado atrás. Le hemos dado importancia a otras cosas y de forma natural ellos se han regularizado – dice Moriano.

Ahora la pared que un día les dieron a los refugiados para que dibujaran y grafiearan lo que quisieran se ha convertido en un collage con nombres, dibujos, letras y una franja negra en el centro donde apenas se alcanza a distinguir un enorme MS dibujado sobre lo que parece ser un “18”. Ante esto, Moriano termina con una reflexión.

-Todavía hay signos de las pandillas en la pared. Eso sí, ahora cualquiera puede dibujar números o letras pero nadie tacha lo de los demás.

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