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¿Dónde estoy? | REPORTAJES

La mina de dólares que las pandillas explotan todos los sábados

La relación es un eslabón más en la pesada y gruesa cadena de las extorsiones que cada día produce miles y miles de dólares

David Ernesto Pérez
Ilustración Manuel Jacinto
Ilustración Manuel Jacinto

Miedo. Las mujeres tienen miedo. Están en un lugar que pueden considerar una trinchera que las protegerá de las balas que todos los días llueven en sus puestos de trabajo, pero parece que nadie más se da cuenta. Y a cambio de contar todo lo que sufren en las calles, exigen garantías como omitir nombres, características físicas o cualquier detalle que pueda servir de indicio con el que los muchachos las identifiquen y pasarles factura después. “Ya ve que son bien inteligentes y cuando menos lo esperamos llegan con sorpresas”, dice Karla en plena tensión nerviosa.

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Todo comenzó hace varios años con una advertencia que nadie, en su sano juicio, hubiera interpretado como un titubeo. Los muchachos se acercaron a una trabajadora sexual que, durante las horas bajas, se subía a vender plátanos en los autobuses que cruzan de cabo a rabo el centro de San Salvador. Revólver en mano le dieron a conocer que todos los sábados iba a pagar una cuota pequeña a cambio de protección mientras se desempeñaba en el comercio carnal. Conocía desde pequeños a dos de los muchachos que le explicaban el nuevo “impuesto”. Se resistió. Los puteó porque le pareció ridícula la orden de aquellos a los que consideraba todavía unos mocosos. Como explicación a sus dudas le encajaron  un par de balas en el pecho; eran otros tiempos y las reglas las establecían ellos.

Carmen supo lo de su compañera cuando vio una cinta amarilla alrededor del bus y un montón de curiosos observando. Empezó a entender que el mundo había cambiado.

En el centro de San Salvador las prostitutas pagan y los pandilleros cobran. Como todo el mundo. La relación es un eslabón más en la pesada y gruesa cadena de las extorsiones que cada día produce miles y miles de dólares que hasta la fecha no existe mucha claridad dónde van a parar.

Antes la vida era diferente. En los años 80, 90 y hasta mediados de la década del 2000 un cuchillo de zapatero o una pistola era el crucifijo que las libraba de un cliente furioso, de un borracho apasionado o de un loco que quería redimirlas bebiéndose su sangre; así sobrevivían en medio de las casas viejas hechas de lámina, los promontorios de basura y de la podredumbre a la que estaban acostumbraban. Pero desde hace unos ocho años la historia ha cambiado radicalmente. Los niños que vieron crecer en la miseria se unieron a otros miserables y engrosaron las filas del Barrio 18, la Mara Salvatrucha y otros grupos criminales que ahora se dedican a asesinar, extorsionar, amenazar, golpear y profetizar la muerte. De ellos nadie se salva. Denunciarlos  a la policía o los agentes metropolitanos sirve nada más como excusa para empezar a pensar en cavar la propia tumba.

Cuando Carmen llegó a la calle en la que labora tenía 23 años y cierta experiencia en el oficio que había empezado a ejercer a los once años, después de sufrir un abuso sexual. Se bajó de un autobús procedente de Sonsonate y le preguntó a una mujer en qué lugar podía trabajar con su cuerpo. Inmediatamente encontró una casa de citas llamada El Gato Fumón porque todos los clientes eran unos viciosos del tabaco. En ese entonces los mayores peligros los representaban los rateros que entraban a patada limpia a los cuartos de las chicas a robarse lo que encontraran mal puesto. O los guardias borrachos que en sus días libres se jactaban de ser pistoleros de pueblo.

El día que más cerca vio la muerte Carmen fue cuando un cliente, completamente borracho, le intentó robar un dinero que había escondido debajo del colchón a puñetazos pero ella se defendió con un machete que guardaba detrás de un ropero. O la vez en que un sujeto sacó en la calle la pistola y le disparó; por suerte no le cayó ningún proyectil y el asesino en potencia se dio cuenta que se había equivocado de víctima.

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Magdalena tamborilea con sus largas uñas rojas. La mesa es amplia. La primera cuota que las trabajadoras sexuales pagan a las pandillas, cuenta con cautela, es cuando comienzan a trabajar. Es lo que comúnmente se conoce como el derecho de piso. Y lo hacen las de todas las categorías. Desde las que se desempeñan en los lujosos clubes nocturnos ubicados en el Paseo General Escalón, las que están en las calles aledañas al Salvador del Mundo, en los parques y en las plazas del centro de San Salvador hasta las que trabajan en el interior del país.

La cuota de la extorsión depende de la categoría. Las neófitas en el comercio carnal que han logrado una plaza en, por ejemplo, los clubes que están arriba del Salvador del Mundo deben pagar entre 30 a 50 dólares todos los sábados; tienen la ventaja que el encargado del establecimiento recolecta el dinero y se lo entrega a los extorsionistas. Es el mismo método y costo en los departamentos. Las de edad madura que ofrecen sus servicios en los alrededores de la Universidad Francisco Gavidia cancelan entre 5 a 10 dólares semanales; a las que se buscan la vida en el Centro deben pagar entre 2 a 5 dólares en el mismo periodo de tiempo.

El monto de la extorsión depende de la categoría y del lugar en el que laboran las más de 13,300 trabajadoras sexuales que hay en El Salvador.

Hace unos cinco años, recuerda Magdalena, estaba en su puesto de trabajo cuando las muchachas de la pandilla se le acercaron. Le hablaron amablemente y con buenas maneras le explicaron que su pago iba a ser de $6 por el derecho de piso y $2 semanales. Ella sabía que si se resistía le esperaba la muerte. Cree tener suerte porque, a veces a empujones, recibe a varios clientes que le cancelan lo suficiente para costearse sus gastos diarios y cumplir con la extorsión; otras, sin embargo, se ven contra la espada y la pared cuando al final del día sus bolsillos todavía están vacíos. “Está tan malo que no les alcanza ni para comer pero ellos dicen que es porque no quieren pagar. Entonces las matan”.

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“¿Usted vio quién lo mató? Puede que sí, puede que no, pero preferirá callarse porque sino el próximo será usted”. Esta es la respuesta que da Karla cuando se le pregunta por qué las trabajadoras sexuales tienen miedo de denunciar a la Policía Nacional Civil (PNC) las extorsiones a las que son sometidas.

Hace unos diez años, sin embargo, las cosas eran distintas. Ella, por ejemplo, podía salir del trabajo a las ocho de la noche y caminar tranquilamente rumbo a su casa. “Mi dinero era para mí y no me controlaba nadie”, recuerda. Pero ahora están las pandillas que se han convertido en un gobierno de facto.

“Ni los policías ni el CAM se meten. Ellos también tienen miedo”, dice antes de levantarse de la mesa a traer una taza de café. “Antes una decidía por su dinero. Ahora son otros, pese a que trabajamos con nuestro cuerpo”, agrega.

Lo más irónico, afirma, es que los que ahora extorsionan y matan son los mismos niños que vio crecer en las calles, a los que anduvo en brazos. “Ahora andan todos infladitos hablando raro”, comenta.

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En la calle de Carmen hay cerca de 23 establecimientos –cervecerías, casas de cita, comedores, entre otros- que pagan $25 casa sábado, es decir, $100 mensuales. A eso se suman los $2 que cada una las más de 380 trabajadoras –divididas en turnos matutino y vespertino- semanalmente. Un cálculo somero indica que solo de esa cuadra la pandilla gana unos $35,000 anuales.

Ella recuerda que hace algún tiempo unos policías comunitarios llevaron unas sillas a una de las cuadras cercanas a su cuarto y pidieron a las trabajadoras acercarse. Intentaban romper el hielo para obtener información de las pandillas pero nadie les hizo caso. Pudo más el miedo que las ganas de romper la cadena de la extorsión.

“Hoy los clientes tienen miedo. Cuando matan a alguien pasan días sin asomarse un solo hombre”, explica.

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Un policía se le acercó a Magdalena y le reclamó, en tono paternal, por qué no denunciaban a los extorsionistas. Ella permaneció en silencio mientras observaba con el rabillo del ojo a los postes de la pandilla observándolo todo mientras disimulaban ser vendedor de dulces. Al final decidió responderle que no era víctima de los extorsionistas. En sus adentros pensó: “Para qué le iba a decir si mientras ellos van los pandilleros ya vienen”.

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Karla, Magdalena y Carmen coinciden en que las extorsiones a su gremio se agudizaron entre 2005 y 2010, periodo en el que fue mucho más notorio el crecimiento del músculo de las pandillas. Pero en las estadísticas de la PNC ese aumento parece una broma, un chiste incomprensible.

De acuerdo con una respuesta  a una solicitud de información en esa institución,  desde 2005 hasta octubre de 2015, solo una denuncia de extorsión fue interpuesta en 2013.

En las estadísticas oficiales no existe información sobre las cuotas según categoría, los pagos de los establecimientos y demás. Los miles y miles de dólares que recolectan la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y demás pandillas no existen, por tanto, nadie sabe en bolsillos de quién terminan ni para qué sirven.

A principios de 2015, la Asociación de Empresarios de Autobuses (AEAS) calculaba que anualmente ese sector paga $34,000, 000 anuales en extorsiones.

El censo de 2010 arroja que en el país hay unas 13,300 trabajadoras sexuales. ¿Cuánto será el total de lo que pagan en extorsiones?

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