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¿Dónde estoy? | CRóNICAS

El hombre que resucitó al tercer día

Alberto dice haber muerto en dos ocasiones. La primera vez recibió una bala en la cabeza y la segunda un ataque al corazón. Actualmente trabaja como vigilante en un restaurante de San Salvador.

Luis Canizalez
Foto D1: Salvador Sagastizado.
Foto D1: Salvador Sagastizado.

El hombre con el que estoy hablando fue asesinado hace veinte años. Una bala explosiva le despedazó el cráneo y lo dejó en plena oscuridad. La escena aún está fresca en su memoria. Era de noche y caminaba por una calle montañosa y desolada. A su lado iban siete hombres más.  De pronto, una avalancha de balas cayó sobre sus cuerpos. Comprendió que se trataba de una emboscada, pero no pudo defenderse. Tenía una pierna rota. Los atacantes tuvieron tiempo para repartir tiros de gracia. En medio del caos y la confusión, observó una silueta aproximarse a él. Sintió una pistola en la sien y escuchó un fuerte impacto. No supo nada más. Era marzo de 1995.

Hoy es miércoles. Son las cuatro de la tarde y estoy hablando con el hombre que fue asesinado hace veinte años. Es moreno, alto y cabello rapado. Usa bigote. Se mueve, respira, observa y habla. Hace gestos como cualquier otra persona. Su nombre es Alberto y tiene 36 años. Estamos en un restaurante de San Salvador. Ahí, en ese lugar, relatará extrañas experiencias. Asegurará que ha nacido tres veces y ha muerto dos. Detallará cómo ascendió a otro plano, mucho más liviano, en donde descubrió algunos misterios de la vida. Dice que ahora ya no le teme a la muerte y que la espera con infinita tranquilidad.

***

Alberto solo tiene vagos recuerdos de su infancia. Nació y creció en el municipio de Zaragoza, departamento de La Libertad.  Su padre murió cuando apenas tenía un año de edad.  A su madre la enterró cuando recién cumplía once: un cáncer la consumió en poco tiempo. El Ejército reclutó a su hermano menor y se lo llevó a la guerra. Y así,  de esa manera, se quedó solo. Sin padre, ni madre, ni hermano.

Para sobrevivir tuvo que trabajar en el campo. Las milpas, los cañales y cafetales se convirtieron en su nueva casa. El dinero que recibía era muy poco y apenas le alcanzaba para comprar comida. En las calles aprendió a fumar y a beber licor. Se hizo adicto. Todo el dinero que recibía lo invertía en alcohol.  Se puso flaco, pálido y descuidado.

En ese mundo, de penas y miserias, conoció a personas que le ofrecieron trabajo. Le prometieron una mejor vida donde lo que menos  faltaba era dinero y aguardiente. Alberto pensó que, de ser cierto, ya no sufriría más. Iba a tener alcohol para embriagarse sin límites. Y terminó aceptando sin ninguna vacilación.

Pero pronto descubrió que su nuevo trabajo era un laboratorio de licor. La planta clandestina estaba oculta en una zona montañosa de Zaragoza. Fabricar el producto no era nada complejo: depositaban agua, azúcar y cáscaras de piña en barriles de plástico. Dos semanas después todo estaba listo. El agua fermentada era colocada en botellas de vidrio y luego se comercializaba en cantinas.

Los clientes fueron aumentando. El negocio iba bien. Comercializaban por mayor y cada botella con alcohol valía hasta cinco colones en el mercado. Los dueños de cantinas los buscaban para comprarles licor. Las transacciones las hacían de noche, en la oscuridad, para que nadie los descubriera. Compraron armas para defenderse de cualquier enemigo.

En el caserío donde estaba ubicada la planta nadie ignoraba lo que sucedía. La gente los veía con miradas de desconfianza. Sin embargo, nadie decía nada por miedo a represalias. El silencio imperaba en el cantón Asuchillo.

“Comenzamos a crear mala fama. La gente ya no nos veía con bien. A parte de eso, tenía un primo que le había cortado la garganta a un hombre. Había ido a parar a la cárcel y a mí me relacionaban con él. La Policía también desconfiaba de nosotros”, recuerda.

Durante cuatro años transitó en esa red clandestina. Era consciente que no todo era bueno. La estructura de traficantes tenía distintos enemigos: la competencia o algún cliente inconforme. Los problemas venían de todos lados. Y un día ocurrió algo que sabía terminaría sucediendo.

Era 16 de marzo de 1995. El reloj marcaba las once de la noche. Alberto caminaba junto con otros siete compañeros. Algunos se dirigían a sus casas y otros a vender licor. A pocos metros del laboratorio fueron atacados a balazos desde un cerro.

La lluvia de balas ni siquiera les permitió sacar sus armas para defenderse. Algunos lograron escapar y los demás cayeron abatidos. Alberto era uno de ellos. De repente observó que uno de los atacantes se le acercó, le puso una pistola en la sien y le disparó sin tregua. A los demás también los ejecutaron.

“Nos tiraron varias ráfagas con armas largas. Los primeros que cayeron fueron los que iban adelante. A mí me dieron en el tórax y en una pierna. Me destruyeron la tibia y el peroné. Después se me acercó un sujeto y me dio el tiro de gracia. A partir de ahí quedé inconsciente”.

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Alberto habla pausado. Su voz es grave y su mirada directa. Una gorra le cubre la extensa cicatriz de su cabeza. Es la máxima evidencia de la cirugía que doctores del hospital San Rafael, de Santa Tecla, le realizaron para salvarle la vida hace veinte años. Han pasado varios minutos; o quizá horas. No lo sé. Por una ventana observo que el cielo ha comenzado a oscurecer. El hombre que asegura haber resucitado continúa con su relato.

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Foto D1: Salvador Sagastizado.

Foto D1: Salvador Sagastizado.

Al día siguiente, como a las ocho de la mañana, un grupo de policías y soldados acordonaron la escena. Luego llegó un equipo de Medicina Legal a reconocer los cadáveres. El parte médico preliminar era que no  había sobrevivientes. Los fallecidos eran seis hombres.

“Los doctores dieron por hecho que todos estábamos muertos. Pero una de las personas del Ejército se dio cuenta que uno de nosotros estaba vivo. Ese era yo. Me recogieron y me llevaron de inmediato a un hospital”.

Los médicos del nosocomio lo atendieron de emergencia. Lo conectaron a máquinas e intentaron salvarle la vida. Pero instantes después también lo declararon muerto. No tenía una señal de vida. Su hermano, a quien había reencontrado recientemente, llegó al hospital y recibió una noticia poco alentadora.

“Le dijeron que mejor fuera a comprar la caja porque yo estaba muerto.  Él pidió que el hospital me enterrara porque no tenía dinero.  Se fue y no regresó más. En ese lapsus de tiempo mi alma salió de mi cuerpo. Pude ver que mi cadáver estaba en una camilla, envuelto en sábanas ensangrentadas. Y de pronto comencé a ascender hasta atravesar las nubes”.

Alberto recuerda que estaba en un lugar deshabitado, luminoso y  sin ruidos. Todo era extraño. Tuvo la impresión que alguien lo sujetaba de sus brazos. Pronto descubrió que  eran dos sombras que lo movían de un lado a otro. Él quería descender, regresar al hospital y penetrar en su cuerpo. Pero no podía moverse por su cuenta. Tampoco podía hablar.

Esas sombras lo llevaron por distintos lugares. En su memoria aún conserva algunas imágenes de ese paseo subliminal. Todo era etéreo. Lo que más le sorprendió  fue un lago celeste, muy claro, en un sitio desconocido. Quiso bajar, pero sus guías no se lo permitieron.

Y, de pronto, pudo librarse. Comenzó a descender y regresó al hospital.  Otra vez observó su cadáver acostado sobre una camilla, envuelto en sábanas ensangrentadas. Se acercó y se fundió con el cuerpo. Un rayo de luz le cegó la vista. Comenzó  a moverse, desesperado, de un extremo a otro. Quiso bajarse, pero no pudo. Todo era confusión.

“Los médicos estaban asombrados. No podían creer lo que estaban viendo. No recuerdo nada más. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando volví a despertar,  vi a varios médicos a mí alrededor. Decían que yo iba a quedar paralítico, que me iban a quitar la pierna. Intentaba gritar, pero no podía. Quería decirles que me ayudaran, que sentía mucho dolor, que no me cortaran el pie. Pero no podía.  La parte izquierda de mi cuerpo estaba paralizada”.

Estuvo hospitalizado seis meses. Durante ese tiempo comenzó a pensar en Dios. Nunca antes lo había hecho. “Yo me decía: ‘Dios, si en verdad existes ayúdame a bajarme de la cama y un día te voy a servir’”. Las enfermeras lo movilizaban en una silla de ruedas. Cuando le dieron el alta, ya podía sostenerse con el apoyo de muletas. Nadie llegó a recogerlo. Se fue directo a un albergue del Estado.

Ahí aprendió hacer trabajos de electricidad. Todas las semanas iba al Instituto Salvadoreño de Rehabilitación Integrada (ISRI) a recibir terapia. El tratamiento fue largo y doloroso. En el año 2000 salió del albergue y se encontró, de nuevo, solo en el mundo. Tenía que aprender a vivir otra vez y trabajó como electricista. Con las ganancias pudo alquilar y luego comprar una casa en Sonsonate.

***

Es tarde. El restaurante donde nos encontramos reabrirá en un par de horas. Alberto es el vigilante y tiene que regresar a trabajar. Antes de eso, se quita la gorra y se deja fotografiar. Se acomoda el fusil y se sienta en otra silla. Después retoma la palabra. Recuerda que la segunda vez que murió fue en julio del año pasado. Un ataque al corazón lo hizo desvanecerse en plena calle. Lo llevaron al hospital y permaneció  tres días en coma. De nuevo tuvo experiencias místicas. Eso fortaleció aún más su fe. “Resucité al tercer día”, asegura. Antes de despedirnos, el hombre resucitado volvió a recordar que ahora ya no le teme a la muerte. Lo miré a los ojos y no pude decirle ni una palabra.

Foto D1: Salvador Sagastizado.

Foto D1: Salvador Sagastizado.

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