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Norma Guevara, la dama de hierro de la izquierda salvadoreña

Estas son las credenciales de Norma Guevara que le valieron para convertirse en diputada y alcanzar la jefatura de la fracción legislativa del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Norma Guevara observa a asambleístas que acudieron a una convención del FMLN en agosto de 2014. Foto D1: Nelson Dueñas.
Norma Guevara observa a asambleístas que acudieron a una convención del FMLN en agosto de 2014. Foto D1: Nelson Dueñas.
Julia Gavarrete

Una pequeña comunidad rural que se situaba atrás del hospital San Rafael, en la ciudad de Santa Tecla, unos cuantos universitarios que se encargaban de alfabetizar; Norma Guevara apenas alcanzaba los 18 años cuando tomó como suyo el proyecto de enseñar a leer a otros. Creía en los espacios de solidaridad y en la idea de no ser una estudiante que se encierra en un aula sin antes investigar y enfrentarse con realidades.

Abandonó su natal San Alejo, un pueblo de La Unión, a cambio de continuar sus estudios en la capital. De joven, vio pasar frente a ella los golpes sociales que los años 70 acarreaban: había un proceso de dictadura militar y un “intento electoral” de tener la Universidad de El Salvador callada. Vivió los tiempos de tomas y de persecuciones a catedráticos. De los espacios de servicio pasó a frentes de formación política, se afilió a sindicatos y a movimientos sociales.

Este fue el comienzo: su incorporación a la Juventud Comunista de El Salvador y luego al Partido Unión Democrática Nacionalista -uno de los tres importantes de la Unión Nacional Opositora-, la llevó a ser secretaria nacional de asuntos juveniles en un momento donde la figura de la mujer adentro de la política escaseaba. Así fueron los primeros pasos de Norma Guevara que le valieron para convertirse en diputada y alcanzar la jefatura de la fracción legislativa del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Hoy con un poco más de 60 años, Guevara es una de las estrategas políticas de vasta trayectoria en el país, llevando a algunos a considerarla, incluso, como la “dama de hierro” de la izquierda salvadoreña, en alusión a la primera ministra británica Margaret Thatcher: muy parecidas en actitudes, empero, en las antípodas ideológicas.

Al preguntársele qué opina de ese calificativo, responde sin mayores vacilaciones: “No sé quiénes piensen así. Yo tengo una postura firme y humana. No soy de hierro: soy un ser humano, pero con valores”. La legisladora piensa que si los valores son vistos como de hierro es una perspectiva que respetará. “Pero lo que sí puedo decir es que no ha habido día de mi vida que deje de estar cerca de mi pueblo”.

Lo cierto es que Norma Guevara es “la jefa”, como se le llama, de una bancada adentro de la Asamblea Legislativa que ha sido capaz de aliase con otras fuerzas partidarias para conseguir aprobación de préstamos, leyes controversiales, ratificación de reformas, etcétera. El hecho es que su partido, dentro del primer Órgano del Estado, ha podido conseguir mayorías calificadas en las que se ha dejado de lado al principal partido de oposición: Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).

—¿Cuál es el peso que tiene por manejar una institución como el FMLN?

—Bueno, todo lo que logramos en macro para el conjunto de la sociedad. Cada ley aprobada, para mí eso es satisfactorio… Pero vivo en la misma casa desde antes de ser diputada en el 94, compro como vos en el mercado Central o en el San Miguelito o en La Tiendona. Mi vida es esencialmente la misma y si eso es ser de hierro pues creo que hay quienes quisieran que la posición de poder haga cambiar.

Tal vez cuando se incorporó a la juventud comunista en el 75 no estaba muy segura de todo lo que conseguiría, pero lo cierto es que sabía el serio compromiso que se echaba a la bolsa al meterse de lleno en política.

—¿Sus ideales comunistas se han logrado a la fecha?

—No, no se han logrado. Es algo que necesita seguir siendo impulsado. Son ideales de transformación.

—¿Qué hace falta?

—Que el proceso de este país saque de la pobreza a la gente del mundo rural. Que los derechos de las personas sean ejercidos realmente. Que la sociedad tenga mecanismo para su autogobierno. Que los poderes formales correspondan más al pensamiento de la sociedad que a intereses grupales. Todo eso es un proceso que no se logra de la noche a la mañana. Pero los avances son evidentes. Como el hecho de que hoy no hay un policía de hacienda que te reprima porque alfabetices. No lo hacés por uno o por dos, sino por todos, aunque no te reconozcan y aunque no te agradezcan.

De alfabetizar a combatir

Norma Guevara es maestra, estudió Ciencias de la Educación. Dio clases en escuelas públicas, daba tutorías particulares y emprendió la lucha por crear espacios de alfabetización.

A la universidad llegó becada a totalidad. “Sentía que si es el pueblo era el que paga con sus impuestos la oportunidad que tienes de estudiar tú no debes nunca separarte del pueblo y debes, más bien, profundizar sus conocimientos y ayudar en los problemas”.

Solucionar problemas o querer cambiar el mundo fueron los pasos que no siempre fueron bien vistos en su familia. No hubo rechazo pero tampoco aprobación. Los movimientos de Guevara sembraron temor entre sus cercanos, tanto por los que vivían en el pueblo como los que la acogía en la capital. Una captura, una tortura o atentado en su contra; cualquier cosa podría pasar en tiempos de dictadura. Más que crítica a sus acciones era el miedo a lo que podría pasarles. “En un momento me echaron por temor”, recuerda sobre la vez que un pariente tuvo que pedirle que buscara otro lugar donde vivir.

Ahí comienza la otra parte de su historia: residió con amigas, alquiló cuartos, convivió con familias, así fue su vida. “La independencia es siempre si uno la tiene mentalmente, porque estudié de noche y trabajé de día. Eso da pensamiento de autonomía en lo que se define en lo que quiere en la vida”, dice ante las vicisitudes que atravesó.

En el trayecto hubo personajes que conoció y cohabitó, como Mélida Anaya Montes cuando era doctora en Educación, a Schafik Hándal, el sujeto clandestino –y de respeto por su capacidad política- del que solo se hablaba en los círculos universitarios. En esa época, los movimientos latinoamericanos en los que figuraron Salvador Allende y Víctor Jara se convirtieron para su generación en íconos y símbolos que les enseñaron de luchas consecuentes. “Era una época en la que no teníamos los niveles informativos de hoy. Para informarse había que buscar revistas, escuchar radios internacionales. Los libros, los buenos libros, eran prohibidos. Eran caros y escasos. Personas como yo éramos capaces de sacrificar un vestido por un buen libro”.

Las primeras peleas de Guevara fueron dirigidas a que los estudiantes no pagaran más de diez colones por mes. Por defender los derechos estudiantiles, al irse con un cartel a la esquina de un banco, recibió culetazos de parte de las autoridades policiales y por realizar labores de alfabetización también consiguió que la Policía de Hacienda la intentara capturar.

Norma Guevara y su grupo de compañeros alfabetizaban con métodos que se usaban en Brasil. Pero eso no era lo que despertaba la incomodidad entre los círculos políticos del Estado. “Cuando alfabetizás en corto tiempo es despertar la capacidad reflexiva del ser humano. Posiblemente las autoridades de ese entonces, como era una dictadura militar, todo lo que abriera los ojos a la educación del pueblo pobre era visto como una amenaza”.

Las convocatorias corrían por su nombre: cuando de joven no pensaba dos veces para organizar, reclutar y formar a la juventud comunista de El Salvador. “Eso fue lo más serio que yo asumí”, comenta.

Norma Guevara, diputada del FMLN y miembro de la Comisión Política del FMLN. Foto D1: Nelson Dueñas.

Norma Guevara, diputada del FMLN y miembro de la Comisión Política del FMLN. Foto D1: Nelson Dueñas.

Aunque su interés estaba en la lucha, no todos creían en su manifiesto. “‘Esta actúa así porque está empezando, ya cuando esté en tercer año se va a cansar’, algunos pensaron que era un arrebato de juventud, de pensar que es soñador”, relata Guevara de lo que escuchaba decir sobre ella para entonces. Sin embargo, uno de los que pensaba diferente era el líder de izquierda Schafik Hándal, quien la visualizó como “un cuadro político potencial”, al reconocer que actuaba con cabeza y orientación propia.

“Hubo un comportamiento personal de controlar mi propia vida y no dejarme manipular. Yo tenía la idea de que antes de terminar mi carrera no tenía que comprometerme con pareja; tenés dominio de lo que querés y no tomás tu vida como un accidente. Esa es una actitud que creo que lo convierte en una persona recatada”, argumenta.

—Tenía la percepción de que usted estaba soltera durante el conflicto — comento a la diputada sobre el momento que decide tomar las armas. —¿Cómo se puede combatir aun cuando sabe es madre?

—Los procesos no tienen frontera, y la dictadura igual te mata si sos inocente. A mí, por ejemplo, una tía de mi hija me decía: “regálenos a la niña porque usted nunca va a dejar de luchar”. Y yo les decía “mira, si mi papá hubiera luchado en su tiempo nosotros no tendríamos que luchar ahora”. Si los que estuvieron antes de tu generación resuelven problemas, tú ya no tienes que resolverlos. Otros empuñaron las armas, la tarea tuya es fortalecer la democracia. Yo soy una de miles de miles de persona que hemos sacrificado vida por ideales. Si tienes esa convicción que es conocimiento, cultura, tendrás fuerza para luchar.

Las fronteras entre la seriedad y la vida personal

Entre segmentos se describe y considera a Norma Guevara como una persona seria, de carácter duro -quizá por eso el calificativo de la “dama de hierro”-. Borrar esa imagen no es de su interés, mucho menos. Pocos, dice, ven otra faceta de ella, una en la que toma su bolso, su carro, y sale de pueblo en pueblo con su familia. Es una manera improvisada de vivir. En su casa ella cocina. “Y cocino excelente ja, ja, ja”, cuenta. Su fascinación son los mariscos y la sopa de pescado.

También puede garantizar que sus hijos en ninguna Navidad comerán un pavo como el que ella prepara –y acepta también que en su casa no hay Navidad sin pavo-. “Con mi familia yo vivo feliz y ellos conmigo igual”.

En casa no es controladora ni acaparadora. “Hay una frontera que se crea entre los hijos y uno. Yo al sacar una carrera podría pensar que le voy a ayudar a mis hijos. Pero después de bachillerato no se les puede ayudar. Una de mis hijas es ingeniera Eléctrica, pero yo no le voy a hablar de sólidos, de campos magnéticos. O a mi hijo, ¡yo qué diablos voy a entender de la nube! Él está por terminar su carrera en ingeniería en Sistemas. Difícilmente en esos campos uno puede ayudarles”.
Esa es la Norma Guevara común y corriente. Pero, es retomando las riendas de la política, la seriedad es un rasgo de su vida.

—Y como genio y figura van hasta la sepultura. En mis posturas políticas soy respetuosa y seria, además negociadora, sino no lograríamos lo que logramos— dice, con lo que se confirman los movimientos que el FMLN hace en el Legislativo, como afuera de este órgano de Estado, para negociar.

—¿Negociadora hasta en su casa?

—Hasta en mi casa. Ja, ja, ja.

Personas fuertes y firmes hay muchas, Guevara no es la única indudablemente. Pero ocultar que no se doblegar tan fácil, imposible. La dureza es por sus convicciones, según dice: “Si tú me convences de que estoy haciendo algo malo, pero me convences de que es malo, pues dejaré de hacerlo. Pero debés de convencerme con argumentos, números”.

Si algo reconoce, y agradece, es que tiene cientos o miles de personas que conociéndola la quieren. “Y eso me llena”.

Habrá quienes la odien o quisieran ver muerta: “Son sus deseos, pero me llena el amor de mi familia. El respeto de mis amigos y compañeros y el respeto de mucha gente del pueblo”.

Pensar en la figura de Guevara como personaje de izquierda pocas veces haría creer que tiene cercanía o buenas relaciones con políticos de derecha. Solo hay que recordar el Gobierno de Armando Calderón Sol en 1994: ahí, Guevara formó parte de una comisión que la involucró en la reforma educativa. Desde entonces se hizo muy amiga de las ministras de Educación Cecilia Gallardo de Cano y, luego, de Darlin Meza. Las califica y considera así porque trabajaron juntas por cosas concretas en educación, pese a que su aporte habría sido relegado por la derecha.

Su colaboración con los gobiernos del partido ARENA fue filosófico así como político. “No tuvimos la conducta que tiene ARENA tiene hoy con nosotros. Contribuimos en algunas cosas, nos hicieron caso. En otras no: ellos eran los que gobernaban. No dejamos de criticar las políticas pero también no dejamos de aportar”, asegura.

Hay una ayuda, en especial, que Guevara daría mientras se encontraba en una consultoría del Banco Mundial en Colombia; no era diputada. Norma Guevara recibió una llamada que advertía la pérdida de un crédito importante para la educación, porque el plazo se había vencido. “Esto te lo puede confirmar Darlin Meza, que había sido viceministra en ese entonces”, describe. Guevara tomó el teléfono y llamó a Schafik Hándal, el jefe de fracción del FMLN en esa época durante el Gobierno de Francisco Flores. Le dijo que se perdería el crédito y que ellos, como fracción, debían valorar lo que debía hacerse.

—El banco puede pedir prórroga y analizar el crédito— le decía Guevara a Hándal por teléfono.

Según cuenta, los que eran diputados de ARENA ni siquiera se habían dado cuenta y tampoco la ministra Evelyn Jacir de Lobo.

Guevara puso la alerta, y en El Salvador, desde el Salón Azul del Legislativo, se hizo el resto, cuenta.

“Habrá quienes que no saben, hay quienes que sí, pero yo siento un compromiso por la educación. Y el banco sabía que yo iba a ser escuchada por mi fracción, con respeto. Cuando ya vino el préstamo el aplauso es para la ministra”, comenta sin titubeos. “No importa, algunas cosas se habrán desperdiciado de esos préstamos y otras cosas se habrán hecho bien por la gente. Esas convicciones, esas… son las de hierro je, je, je”.

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