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¿Dónde estoy? | MEMORIAS

Fernando Llort: Mucha gente no conoce ni quiere a monseñor Romero

Aunque repudió el conflicto armado, se declara defensor de monseñor Romero. Pasó de la alegría a la decepción con el principal proyecto de su vida: el mural de Catedral. Después de tantos homenajes en su nombre, Fernando Llort se considera un artesano más, un servidor para el desarrollo del arte entre las nuevas generaciones.

Fernando Llort cuenta sus memorias a Diario 1. Foto D1/Salvador Sagastizado.
Fernando Llort cuenta sus memorias a Diario 1. Foto D1/Salvador Sagastizado.
Pabel Bolívar

Para el tiempo de la guerra, lo más común era participar de alguno de los dos bandos, defender un ideal. Pero nosotros no. A pesar de que la situación en La Palma era tensa, nosotros nos vivíamos trabajando en los talleres, y no nos involucramos.

Yo me vine para San Salvador porque unos delincuentes comunes me mandaron una carta donde decían que iban a secuestrar a mi esposa y a mis hijos si no les daba una cantidad de dinero. Desde entonces he vivido en la capital.

Seguí dando asesoría de dibujos y artesanías a las personas de La Palma, ellos continuaron su ritmo de trabajo,  nunca pararon. La guerra les generó una nuevas simpatías: guerrilleros y militares. Ellos le pedían a los artesanos que les hicieran dibujos en los rifles. Pero hubo una figura dentro del conflicto armado que marcó diferencia, que no tuvo reparos en dar su vida por la justicia social: monseñor Romero.

Lo conocí muy bien. Bautizó a un hijo mío, llegó varias veces a La Palma; le gustaba lo que hacíamos. En una ocasión fue a mi casa y  me pidió que le hiciera un báculo para utilizarlo a la hora de oficiar las misas. Me sentí honrado cuando me encomendó ese trabajo.  Le hice en el báculo una cruz de madera, le puse cuatro semillitas de copinol con los cuatro símbolos de cuatro apóstoles.

Fue un santo. Una persona que vivió íntegramente el evangelio, un ejemplo a seguir. Mucha gente no conoce ni quiere a monseñor Romero, pero en otros países lo valoran como debe ser.  Hay casas Romero, monumentos,  organizaciones, fundaciones…En El Salvador casi no lo conocen porque se ha silenciado su legado. Se le da mucha más importancia fuera del país que aquí.

Cuando mi madre me comunicó que lo habían asesinado, me dio un bajón anímico. “Acaban de matar a monseñor Romero”, dijo bastante conmocionada. Luego estuve en su funeral. Ese día yo estaba tocando música en la misa, con otros amigos, todo transcurría normal, había muchísima gente unida por el mismo dolor de haber perdido a un hombre inigualable. Había luto y paz hasta que empezaron a llover balas, retumbaban sin que supiéramos de dónde venían. Nos tuvimos que meter en catedral, refugiarnos ahí. Después nos dimos cuenta de que la balacera venía desde el Palacio Nacional.

Yo me quedé adentro, luego llegó la cruz roja y nos evacuó.  Yo me desorienté, solo se oyeron los balazos. Jamás esperé que ocurriera algo así.

“Me dio tristeza que entre hermanos nos matáramos”

Cuando me vine de la Palma a San Salvador, mi esposa me dijo que por qué no abrimos una tienda de artesanías aquí. Yo acepté y le pusimos El Árbol de Dios, en referencia a que el taller de La Palma era la semilla y en San Salvador el árbol había empezado a florecer. Comenzamos con mis artesanías, con mis cuadros.

Viviendo aquí en el año 1985, un primo mío que es arquitecto me motivó a ir más allá. Propuso que compráramos un edificio para tener mis cuadros, mi obra, mis artesanías de La Palma, en cerámica, así como serigrafía. Lamentablemente,  por razones más económicas, tuvimos que vender El Arbol de Dios. Sin embargo los talleres continuaron y ahí vendemos mi arte, mi obra original.

Esa década del 80 cambió el rumbo del país. Aunque nunca quise pertenecer a la guerrilla, ni fui seguidor del marxismo ni de la teología de la liberación, los acontecimientos me marcaron profundamente. Me dio tristeza que entre hermanos nos estuviéramos matando. El proceso de la guerra me hizo tomar conciencia de que la violencia no lleva a ningún lado, de dar un no rotundo a la violencia, de un sí a la paz. Por eso los Acuerdos de Paz fueron muy bonitos porque fue una esperanza para una nueva etapa del país.

El mural, la destrucción y el perdón

Como le dije antes, empecé dibujando en una semillita para que las obras más grandes me salieran bien. Por eso realicé murales en edificios e instituciones dentro y fuera del país. Fueron muchos, muchísimos trabajos, pero el más grande que he hecho en mi vida fue el mural de Catedral.

Todo comenzó cuando la Fundación Catedral se había planteado la remodelación del templo. Contrataron a algunos arquitectos españoles para que lo hicieran. Ellos recorrieron varios países de Latinoamérica y se dieron cuenta que lo que predominaba en nuestros pueblos era el color. Entonces vieron mis trabajos, originales y coloridos, y se convencieron que yo era la persona idónea.  A José Roberto Suárez, un arquitecto local, le plantearon que querían conocerme.

Vinieron a mi casa, me conocieron, conocieron mi obra y dijeron: “queremos que usted haga ese trabajo”.  Yo feliz de la vida, porque con catedral tuve sentimientos encontrados: luego de escuchar los retumbos y las balas en el funeral de Romero, ahora puedo hacerle un homenaje mediante el arte. Lo primero que pensé cuando me hicieron la propuesta fue: “El mural de catedral será dedicado a Monseñor Romero”, para que los salvadoreños lo conozcan y lo aprecien tanto como yo. En realidad fue una unión, una síntesis, porque lo pensé también con los motivos de La Palma, ese lugar casi mágico para mí.

Todo empezó en el taller, con mi familia y los artesanos que trabajaban conmigo en San Salvador. Se utilizaron casi 3 mil azulejos dibujados y coloreados a mano. Nos tardamos un año entero, antes de que lo pusiéramos en el piso de catedral para ver cómo iba a quedar, antes de pegarlo.

El producto final dejó satisfechos a todos. De principio a fin las ideas y la felicidad fluían diariamente; todo eso se materializó en el material. Nos sentimos libres. Siempre hubo completa libertad para que yo hiciera lo que quisiera.

El apoyo fue unánime. Cuando Fernando Sáenz Lacalle, arzobispo de San Salvador de esa época, veía nuestra labor, siempre se mostraba satisfecho. Le gustó, por eso recibió la obra con una alegría similar a la nuestra.

Ese fue mi gran proyecto, el proyecto de mi vida. Independientemente de todo lo que pasó después, me quedó ese año de recuerdos.

Cuando lo destruyeron me deprimí, no lo voy a negar. La pasé muy mal, me sentía de luto, como si me hubieran quitado una parte de mi vida.  Sin embargo yo perdoné, porque esa siempre ha sido mi actitud.

El mural de catedral lo llevo en mi corazón, como todos los salvadoreños que se identificaron con él.

Servidor de la cultura y del pueblo salvadoreño

Cuando me reconocieron como Hijo Meritísimo, cuando me encomiendan grandes obras o ahora que me dieron el Premio Nacional de Cultura, con todos los reconocimientos que he recibido me siento muy agradecido. Han sido un regalo y una bendición, pero lo siento más bien como un compromiso. Eso me llena de energía cada vez que me levanto para cumplir mi papel de servidor. Porque eso es lo que me siento yo, un simple ser humano que se pone a la disposición de tener un país con cultura, con las raíces bien firmes.

Muchos podrían pensar que mi labor no sirve de mucho, más ahora que hay tanta violencia, tanta inseguridad. Por eso creo que el arte tiene una tarea privilegiada y hay que apoyarlo. Desde el gobierno ya existen buenas iniciativas, pero hace falta más.

El arte debe tener un mayor desarrollo en el interior del país, mediante talleres, festivales y exposiciones de los nuevos talentos. En eso nuestra fundación,  que dirige mi hija María José, busca impulsar el desarrollo con estas comunidades, con mujeres adolescentes, jóvenes y niños en riesgo de violencia. Ellos están esperando que lleguen a ayudarles.

Cuando los jóvenes me buscan,  yo los motivo a que sigan su propio camino.  Muchos se inspiran en mis dibujos, pero a veces no. Lo más que puedo decirles es que crean en ellos mismos, le pongan amor a su trabajo y no les importen las críticas. Porque el arte le puede gustar a unos, pero en otros no se asienta la vocación.  Pinten, que dibujen, vivan el arte: ese es mi mayor aporte hasta que llegue mi último respiro.

Porque  yo voy a seguir en esto hasta que Dios me dé vida. En el mundo, en la naturaleza siempre hay nuevas semillas, pequeñas pero robustas semillas que crecen y crecen y adquieren vida propia.  Por eso creo que el arte y la vida son inseparables.

 

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