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¿Dónde estoy? | MEMORIAS

Fernando Llort: Mis maestros fueron los ancestros mayas

Su vida es la de un hombre sencillo, capaz de cautivarse con pequeñas cosas –como la semilla de copinol– pero acostumbrado asumir proyectos de gran envergadura. Estas son las memorias de un artista multifacético, de un hombre de fe, de un ser humano comprometido con defender la identidad cultural de un país.

Fernando Llort, Premio Nacional de Cultura 2013. Foto D1. Salvador Sagastizado.
Fernando Llort, Premio Nacional de Cultura 2013. Foto D1. Salvador Sagastizado.
Pabel Bolívar

Fernando Llort es un reconocido artista salvadoreño que este año fue laureado con el Premio Nacional de Cultura 2013. En su discurso de aceptación, habló de su familia y agradeció, como no podía ser de otra forma, al pueblo de La Palma, Chalatenango.

Su historia es la historia de un visionario. Aquel joven de cabello largo que desafió la voluntad de sus padres vio en una diminuta semilla de copinol la posibilidad de reencontrarse consigo mismo y de transformar la realidad de un pueblo. Su quehacer artístico, que empezó como una labor de siete personas (Llort, su esposa y sus familiares), hoy sirve de sustento a más de 10 mil personas en La Palma.

Su vida es la de un hombre sencillo, capaz de cautivarse con pequeñas cosas –como la semilla de copinol– pero acostumbrado asumir proyectos de gran envergadura. Estas son las memorias de un artista multifacético, de un hombre de fe, de un ser humano comprometido con defender la identidad cultural de un país.

El principal recuerdo que tengo de mi infancia es La Palma, con sus árboles de pino, con mis padres, la casa. Yo agarraba las cáscaras de pino y las raspaba con una navaja para hacer dibujitos. Porque yo desde pequeño hacía manualidades. Mis primeros ocho años de vida transcurrieron de esa forma: con la serenidad que irradiaban los viajes a La Palma y mis primeras inclinaciones por el arte.

Ya en el colegio empezó mi afición por el dibujo. Rayaba los cuadernos, los libros de texto, y por eso me regañaban los profesores. Todas las asignaturas relacionadas con los colores y el dibujo, principalmente de biología y geología, capturaban mi atención. La creatividad y el ánimo por el estudio venía de colorear los mapas de geografía.

Conforme fui creciendo se consolidó mi simpatía por el arte.  En 1964, cuando cursaba el bachillerato, entré a clases de cerámica con el maestro César Sermeño. La que me acercó a él fue mi prima María Teresa Miró. Me contó que estaban dando clases de cerámica en Bellas Artes, y le dije que yo tenía interés en ir. Después de salir de clases en el Liceo Salvadoreño,  me iba al taller del profesor Sermeño.

Sin duda fue mi primer gran maestro, porque me animó y me enseñó los primeros pasos de cerámica que me hicieron descubrir que tenía vocación. Esas primeras clases con él nunca las voy a olvidar. Recuerdo que hice unos platos y  jarrones que luego los pusieron en exposición al final del año.  Él me felicitó y me dijo que tenía madera y continuara como artista. Él como profesor era bien detallista, nos dirigía personalmente todo. Era muy bueno para enseñar. Desde ese momento sentí una gran deuda que tenía que saldar: ser la mitad del artista que él fue.

Pasé después a la Universidad de El Salvador a estudiar arquitectura. Ahí asistí a un retiro espiritual que transformó de momento mi vocación inicial: me encontré con Dios,  con la realidad de que Dios era tan grande que decidí hacerme sacerdote. Era un seminario para adultos de quienes habían salido de bachillerato. Antes de eso yo tuve formación cristiana, pero algo común y corriente: ir a misa los domingos, la primera comunión, cosas formales.

En ese giro pensé en mis padres. Mi papá Baltasar fue actor de teatro y cantante de ópera: era tenor. A él no le disgustaba que fuera artista pero me decía que me iba a morir de hambre, que de eso no iba a vivir.

Entonces me fui a La Ceja, Colombia, a convertirme en sacerdote. Lamentablemente no pude continuar ahí  porque me enfermé de los bronquios y tuve que retornar a San Salvador.

Aquí estuve un tiempo y un sacerdote amigo mío me dijo que por qué no me iba a un seminario a Francia. El llamado religioso todavía despertaba enorme interés en mí.

Ya estando en Toulouse, Francia, volví a mis raíces artísticas: yo sentí un vacío cultural. Estando en Francia, en el año 1966 me encontré a mí mismo, con mis raíces.  Ahí estuve tres años. Yo le llamo reencuentro porque me cautivó la cultura y el arte en ese país, principalmente las obras de Picasso, Monet, Cezanne, todos los pintores, también la música clásica.

Mis amigos me preguntaban cómo era El Salvador, qué había en El Salvador. Yo no decía nada porque tenía esa laguna, esa incertidumbre de que, comparado con Francia, casi no había nada. Sentí la necesidad de tener una identidad cultural.

Fue entonces que decidí empezar a dibujar, a pensar más seriamente en desarrollar mi creatividad, hacer arte con reminiscencias mayas, porque eran mis ancestros. Lo que yo admiraba de ellos eran sus líneas simples. En Toulouse hice una exposición;  vendí todos los cuadros, los cuales retrataban el pasado de nuestra cultura, y un nuevo presente en mí. Eso despertó verdaderamente al artista que llevaba dentro desde niño.

Cualquiera podría pensar en que mis influencias a partir de ahí fueron los surrealistas, los expresionistas franceses. Pero no, nada de eso. Los únicos maestros fueron mis ancestros mayas. Si no ¿por qué no hubiera hecho mi primera exposición sobre lo que vi en Francia? Lo más importante era resaltar las leyendas, las historias y las figuras que moldearon a mi pueblo. Mi arte es creativo, a mí me gusta crear mis figuras, siempre en esa búsqueda de mi identidad cultural propia y también la de mi país.

Luego me vine para San Salvador porque estaba decidido en ser artista, pero la espinita religiosa seguía latente. Para ser sacerdote me faltaban estudios de teología y me fui a Lovaina, Bélgica. Estando en Lovaina me hizo mucha falta El Salvador, más que todo su comida. ¿Pupusas? Ja! Ni soñarlo, ahí era imposible conseguirlas. Recuerdo que quería comer una piña, la fui a comprar y la disfruté como si fuera la mejor de todas aunque tal vez fuera feísima. Sentí también la necesidad del sol, porque todo era gris.

La ausencia de mi patria siempre me pesó. Estuve como cuatro meses en Bélgica y volví al país a pintar. Hice mis primeros cuadros abstractos. Julia Díaz en la galería forma me propuso una exposición que fue un éxito. Ella fue una de las personas que me animó a ser artista. Se vendieron todos los cuadros y con otra que hice en el Bigote Rosado, una boutique en Metrocentro. Con el dinero de la venta me fui a instalar a La Palma, en el 72.

¿Por qué La Palma? Porque era el lugar que me ofrecía las condiciones para encontrarme más a mi mismo como pintor. Fue ahí donde descubrí la semilla de copinol. La imagen del niño raspando la semilla en el suelo, blanquita, con su marquito café, me marcó. Yo me dije: “Vaya, esta está bonita para hacer un cuadro”, y ahí pinté uno en miniatura.

En esa semillita comencé a dibujar y a entender que Dios me estaba poniendo esa semilla para primero hacer cosas pequeñas y así poder hacer bien las cosas grandes. Esa es la simbología de la semilla. Por eso le puse a mi taller “La Semilla de Dios”.

¿Por qué La Palma? Porque ahí descubrí el amor. Un día cualquiera, deambulando en sus calles, vi a una mujer de mirada cautivante. Dije para mis adentros: “Qué bonitos ojos tiene esa muchacha”. Así fue como Estela llegó a mi vida.  Me gustó su modo de ser, su humildad, la tranquilidad que inspiraba. De ahí, en un baile en el Barrio La Cruz,  le dije si quería ser mi novia.  Dijo que sí. A los tres meses que le propuse ser mi novia le dije que nos casáramos. Llegó el segundo Sí, el mejor Sí que recibí en mi vida.

Mis papás estaban contentos de que yo formalizara mi vida. Los de ella se extrañaron mucho, decían que yo tal vez la estaba engañando. Mi suegro, al principio que iba a su casa, solo pasaba y  saludaba: “Buenas tardes, buenas tardes” y me iba directo a la cocina, donde estaba ella haciendo tortillas.

Entonces decía el papá: “¿Quién es ese abusivo que entra a la casa así nomás?”.  Luego nos casamos y comenzamos a trabajar en el taller con la familia, las hermanas y el hermano de ella.

En La Palma no había nada que hacer, y a ellos les llamaba la atención mi labor, no tenían ningún contacto con el arte. Yo llegué a sembrar la semilla. A enseñarles, a compartir mis dibujos.  Aunque sin experiencia,  ellos tenían un talento innato que yo descubrí porque cuando les estaba enseñando a hacer artesanías vi que aprendían muy rápido.

Esa destreza nadie lo había descubierto. Dios me había puesto como un medio para que ellos la despertaran y desarrollaran. Ahí empecé con el taller. Comenzaron a llegar otros jóvenes, adultos, niños,  mujeres, hombres del pueblo y decían: “Don Fernando da trabajo”. Aunque me veían raro, porque yo era de San Salvador y tenía el pelo largo, comenzaron a aprender y el taller se hizo cada vez más y más y más grande. Mucho más grande que mi deseo.

Tenía una preocupación porque las ganancias de las artesanías se repartieran igual entre todos, entonces me decidí por formar una cooperativa, en 1977. Empecé con 7 personas, luego 13, luego 15, luego 30, y 40. La cooperativa sirvió como taller-escuela, porque hubo artesanos que luego se independizaron y formaron los suyos, tanto así que ahora existen más 110 talleres independientes.

Los demás siguieron imitando mis dibujos y algunos de ellos han evolucionado a nuevas inspiraciones y nuevas formas. La semilla de Dios había dado sus frutos.

Muchos pueden pensar que yo soy un artista puro, pero nunca tuve ruptura con la religión. Antes de trabajar nos tomábamos de las manos y hacíamos una oración. Siempre hubo un contacto muy fuerte con Dios y con la religión, tanto en los temas y las creaciones, como las cruces, la santa cena, todo eso.

La cooperativa era lo orgánico que yo sentía, era lo pequeño, el diminuto símbolo de ver un niño jugando. Fue para mí una señal porque Dios puso en mis manos llevar a cabo una obra tan grande.

Gracias a todos sus habitantes, La Palma se convirtió en una comunidad de arte que tiene una identidad cultural, una dignidad, un bienestar económico. Ellos viven de eso, son alrededor de 10 mil personas ligadas a esa actividad. Lo más sorprendente es que la fama del lugar se dio de boca en boca. Trajimos productos a vender a San Salvador y luego exportamos a Alemania, a Estados Unidos. Era como una situación ideal que nunca pensé que sucedería, hasta que me tuve que ir porque me llegó una carta de extorsión para mí y a mi familia, nomás al comenzar la guerra.

 

 

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