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Las confesiones de Luis Posada Carriles | Parte II

Este hombre, históricamente muy protegido en El Salvador, dice llegó a ganar, por su trabajo en el aeropuerto de Ilopango, hasta $7 mil. Esa cifra pudo ser superior.

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Lafitte Fernández

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Luis Posada reconoció, ante el FBI, que a El Salvador volaban aviones de Southern Air Transport (SAT), una  empresa fantasma de la CIA afincada, en ese tiempo, en Miami.

El anticastrista dijo, sin embargo, que usaban sus aviones para transportar armas pero en Bolivia se dice que, en aviones de ese tipo, se transportó también la cocaína.

Posada dice que una de sus funciones era llevar al personal de la aerolínea al hotel San Salvador de esa época para que descansaran y luego volaran de nuevo.

Cuando le preguntaron sobre nombres de algunos personeros de esa aerolínea, fingió no reconocer a nadie. Dijo que sólo trató a Bill Langton en asuntos de la aerolínea. Para alejarse más del tema aseguró que él no trató nunca con los representantes de esa aerolínea.

Y cada vez que le preguntaron sobre el dinero con el que se mantenía la operación, sólo dijo que el financiamiento venía de Washington.

El FBI también le preguntó a Posada Carriles sobre los salarios que ganaban los personajes que trabajaban en el aeropuerto de Ilopango,

Respondió que los pilotos les pagaban $.4500 mensuales. El resto del personal ganaban $3.000 mensuales (en esos años eso era una buena cantidad de dinero y es muy probable que Posada redujera los montos).

El anticastrista dijo que, adicionalmente, a cada miembro de la tripulación que viajaba en los aviones, se le pagaba $750 por vuelo.

A los que trabajaban en los hangares 4 y 5 del aeropuerto de Ilopango también se les pagaban todo los gastos. Posada se encargaba de eso. Incluso, se les pagaba boletos aéreos para que visitaran a sus familiares en Estados Unidos.

Cuando el FBI le preguntó a Posada Carriles cuánto le pagaban a él, dijo que $3.000 mensuales. Aseguró que, además, recibía un auto, alojamiento, servicio de limpieza, comida y otros gastos.

El cubano-americano dijo que él viajaba en los vuelos de “reabastecimiento” y que ganaba $750 cada vez que lo hacía. Dice que lo realizaba porque podía hablar español y, de esa manera, coordinar la radio en los vuelos de “reabastecimiento”.

Todo eso, calculó al FBI, le dejaban $6 mil o $7 mil mensuales. Como todos sus gastos estaban pagados, ese dinero lo podía ahorrar mensualmente. Posada dijo que una suma similar ganaba Félix Rodríguez.

Posada Carriles le narró al FBI que, en una ocasión, Oliver North estaba molesto con Félix Rodríguez porque hablaba mucho por teléfono a sus amigos de Washington y eso ponía en peligro el proyecto que se ejecutaba en El Salvador.

Posiblemente, siguiendo algunas hipótesis o informaciones que tenían, los agentes del FBI le preguntaron a Posada Carriles si Félix Rodríguez le regaló un reloj Rolex. Más bien dijo que él le regaló al piloto salvadoreño de apellido Leiva un reloj que valía $500 pero que no era un Rolex.

Posada Carriles le aseguró al FBI que él estaba consciente de los contactos de Félix Rodríguez con la oficina del vicepresidente de Estados Unidos, en ese entonces, George Bush padre. Incluso recordó que, en 1986, Rodríguez se reunió  con Bush y que este le confirmó que “El Salvador está muy bien”.

Según Posada, como lo dijo en su declaración de 30 páginas, el gran problema entre Rodríguez y Oliver North, en relación con el proyecto de Ilopango, era que el cubano americano podía hablar, por teléfono, con los auxiliares de George Bush (padre), sobre las operaciones de la CIA. Esta se habría dado cuenta de eso.

Juan rafael bustillo

Con Bustillo

Posada Carriles habló bastante al FBI sobre Rafael Bustillo, el jefe de la Fuerza Aérea en esa época.

Incluso recordó un incidente de un avión 727 que no pudo bajar en Honduras. Los hondureños no le permitieron bajar. Entonces, los personeros de Ilopango pidieron permiso a Bustillo para que bajara en Ilopango. Bustillo estuvo de acuerdo y permitió a la nave aterrizar allí

También dijo que fue Bustillo quien autorizó la construcción de los nuevos hangares en el aeropuerto de Ilopango.

Incluso, recuerda que “la operación se hizo grande en 1986. Entonces llegaron dos aviones caribúes, otro avión 123 y algunas naves pequeñas.

Dijo que poco después llegó Oliver North y John Secord, un alto funcionario del gobierno de Ronald Reagan, y se reunieron en Ilopango  con Armando López, Enrique Bermúdez, Rafael Bustillo y Félix Rodríguez. Ahí se decidió que se usaran aviones más grandes en la operación.

Posada dijo que él veía a Bustillo todos los días. Dijo que solían trabajar en el mantenimiento de la operación y que él siempre trataba de asegurarse por todo lo que pagaba, Al menos en las cantidades de combustible correcto. Así se lo dijo al FBI ante preguntas insistentes sobre la moralidad de Bustillo.

Los del FBI interrogaron a Posada por un avión que cayó, cargado de armas, en Nicaragua. Ese hecho (que en su momento puso ante la opinión pública mundial  lo que pasaba en El Salvador), fue el principio del fin.

ilopango celulas

Posada dijo que todos se fueron y que él se quedó aquí para limpiar el desastre. Dijo que él sacó todos los equipos de las casas y hasta las cerró. Le tocó sacar el personal estadounidense. Con el terremoto, los periodistas internacionales se desatendieron de lo que pasó. Dijo que Bustillo le proporcionó a Posada algunos hombres salvadoreños, y camiones  para ayudar a limpiar todo lo que quedaba en las casas.

El último mes de salario de Posada se lo “autopagó” con la venta de vehículos, televisores y enseres. Al FBI le dijo que él le dio a Bustillo parte del equipamiento radiofónico y las armas dejadas por el personal. Todo el almacén de partes en Ilopango fue a parar a las manos de la Fuerza Aérea Salvadoreña, según él. Obviamente, los aviones desaparecieron.

Durante el periodo de limpieza de las casas, Posada recolectó documentos, mapas, recibos de combustible y de las casas, registros de vuelos, fotografías y diferentes materiales  y los puso en dos cajas. Estas cajas quedaron guardadas en Ilopango. Dice Posada que él se las dio a Leiva para que las guardara.