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Rafael Lara-Martínez Universidad del Ex-Silio laramartinez.rafael@gmail.com/ https://retired.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
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Memoria y Olvido según La Siguanaba – De la literatura mestiza a la mito-poética náhuat (III)

Al igual que la Siguanaba, el Cipitío náhuat se correlaciona a la enfermedad nocturna, en vez de esparcir pétalos en imagen de un Cupido tropical. Según me informa, Danilo Vásquez, en la zona oriental del país, la mito-poética lenca confirma esta distinción entre lo indígena ignorado y la literatura en castellano que pretende representarla.

Fragmento del libro “Recordar la diferencia. El legado narrativo náhuat de Lyle Campbell” (UDB, 2019 y Editorial La Siguanaba, 2020).

II. El Cipitío náhuat-pipil

Advertencia inicial

Al igual que la Siguanaba, el Cipitío náhuat se correlaciona a la enfermedad nocturna, en vez de esparcir pétalos en imagen de un Cupido tropical. Según me informa, Danilo Vásquez, en la zona oriental del país, la mito-poética lenca confirma esta distinción entre lo indígena ignorado y la literatura en castellano que pretende representarla. El duende llamado Itacayo —”bajito, gordito, pies hacia atrás y sombrero”— otorga el permiso de entrada al bosque gracias a la “señal de un panal” que sólo aprueba la caza de dos venados, Guxi/Gushi. Sin recibir esa autorización, “el individuo queda loco o tonto”. Hay tres Cipitíos: 1) Cipitío canónico en castellano (Eros/Cupido seductor), 2) Cipitío náhuat (Enfermedad y noche) y 3) Cipitío lenca (Guardián de la caza en el bosque y locura/idiotez). Apropiarse y reducir la diversidad indígena —ignorar la mito-poética ancestral— explica la tarea nacionalista del canon literario monolingüe.

***

Citada en (24b) a repetir, desde la primera oración, el cuarto relato asienta la veracidad en el testimonio ocular del hecho: -i:x-mati, “ojo-saber; saber ocular/visual”, esto es, testimonio. La expectativa mestiza oficial anhelaría confirmar su canon literario monolítico y castellano céntrico. Cupido tórrido, el Cipitío tapizaría el mundo de pétalos (anthos) —cortejos varoniles en verso— para que las jóvenes se enamoren de un galán y la estirpe floreal prolongue la especie. Al espectro de lascivia viril se contrapondría el candor del duende femenino. Al hombre adúltero, la joven casamentera.

(24)

(b) IV. 1) ne sipiti:yuh ni-k-i:xmati nu:san ka ki:sa tah-tayuwa nu:san wan nu:san a las doce de la noche

el Sipitillo yo-lo-conocer también que salir PL-noche también y también a las doce de la noche

Al sipitillo, lo conozco también; sale de noche también, a la medianoche

//

el Cipitillo lo conozco también que sale (de) noches también y también a las doce de la noche (nótese el verbo testimonial -i:xmati, -ojo-saber, es decir conocer o saber visual, al igual que la repetición como recurso expresivo).

Sin embargo, la experiencia visual (-i:x-) desmiente la esperanza de unidad cultural monolítica. Lo uno (1) se disgrega hacia lo múltiple (n+1), a imagen de la metáfora prevalente en los relatos. El fruto maduro del morro disemina sus semillas hacia los cuatro rumbos. Espejeo de la diversidad nacional, el tecomate circunda el sembradío donde esparce las figuras nacionales del olvido. No en vano, si la herencia mestiza acentuaría el maíz, en los relatos esta planta comestible desempeña un papel secundario (véase: I.4. “kunih ne mih-mi:l naka-k bien quebrado, así las milpas quedó bien quebrado”, se traduce la falta de concordancia en el verbo y complemento, y IV.8. (ejemplo 31), su única mención indirecta como milpa). Por una discordancia proscrita, el valor simbólico y cultural varía, insensiblemente, del canon mestizo al indígena.

El Cipitío no desmiente este desajuste entre varias culturas en pugna por apropiarse de la mito-poética nacional, fuera de su monopolio. En efecto, la vivencia del narrador asegura la aparición nocturna del duende. Por una sucesión de espantos, cada grupo humano desea salvaguardar su territorio de intrusiones ajenas. Tal cual lo aclara el ejemplo (31), el hijo del narrador defiende su cosecha contra el abuso depredador de los zanates, mientras el genio defiende el reinado macabro de la noche.

(31)

IV. 8) ne siyuhti ne nu-piltsin ki-mu:tih ka ya:h-ki ki-mu:tia tsana-t ne: tik ne mi:l

la vez el mi-hijo lo-asustar que ir-PRET lo-asustar estornino-ABSOL allá en la

milpa

Una vez lo espantó a mi hijo que había salido a espantar estorninos en la milpa

//

la vez (que a) el mi hijo lo asustó que fue, lo asusta zanate ahí en la milpa (zanate se usa en singular genérico).

A comentar en la siguiente sección de este libro (IV.), el concepto de espanto (mu:tia) trastoca drásticamente la esfera de acción del Cipitío. De espíritu amoroso —casto o erótico— reclama para sí el rasgo “enfermedad” que deja vacante la versión náhuat-pipil de la Siguanaba (véase (30) en el apartado anterior). Lejos de todo florilegio —anthos y xochitl/xuchit encantador— el Sipiti:yuh se ensaña contra quien infrinja el toque de queda, a partir del ocaso. Aquel achaque que —de Ambrogi a Argueta— la literatura mestiza le atribuye al encuentro adúltero con la Siguanaba, la oralidad náhuat-pipil la transfiere hacia el duende sin referencia sexual.

La noche impone un ritmo de violencia desenfrenado e inevitable. Abstracto e impersonal, el furor político que el canon literario mestizo personaliza en ejército, escuadrones de la muerte —hoy en neoliberalismo, etc.— la tradición oral la proyecta hacia personajes mito-poéticos legendarios. A cada ámbito cultural, su abstracción predilecta. Igualmente, maligno y nocivo, el Sipiti:yuh produce dolencias físicas que sólo alivia el saber (ni-k-mat ni-k-mat reme:dyuh) medicinal (III.14.; nótese el contaste con “conocer (-i:xmati)” al Cipitío (relato IV.1: “ne sipiti:yuh ni-k-i:xmati nu:san, el Cipitío lo conozco también”) y la noche violenta (relato IV.7: “varios tesu k-i:xmat-ke-t ma: ka ki-chih kombenír ki:sa, ki:sa con la noche, las doce de la noche, tayuwa, “varios no lo conocieron que no convenga/lo haga convenir, sale, sale con la noche, las doce de la noche, noche”). El saber médico lo complementa el conocer testimonial al Cipitío y sus desmanes.

Por la antecitada consonancia en difrasismo —“huesos y plumas” (véase ejemplo (16), “I. 22: “ka:n nemi ne plumas, ka:n naka-k ne i-uh-u:mi-yu?, ¿dónde está las plumas/el plumerío, dónde quedó los huesos/la osamenta?”; nótese la falta del plural, -t, en nemi, así como de –ket en naka; el primer verbo marca el presente, el segundo el pretérito)— la apariencia animal de la chompipa refleja la esencia humana. Lo nefasto limita con lo hórrido. A la lozanía del Cipitío mestizo se opone la (a)versión náhuat-pipil de la fealdad, como a la feyura de la Siguanaba se contrapone la animalidad de la Sihua:na:wal. Por ello —en esencia y apariencia— ambas figuras mito-poéticas nacionales difieren diametralmente. El cuadro de rasgos distintivos (32) contrapone la versión canonizada de Espino con la náhut-pipil marginal. A las futuras generaciones de rescatar las tradiciones indígenas denegadas por el anhelo de uniformidad cultural en El Salvador. No se debería hablar de lo indígena sin restituir la lengua ancestral que —en su filosofía— transcribe una mito-poética distinta del canon nacional monolingüe.

(32)

Captura de pantalla 2021-02-15 a la(s) 14.20.35

Captura de pantalla 2021-02-15 a la(s) 14.20.54

III. Conclusión

Esta doble discrepancia mito-poética —Siguanaba y Cipitío en versiones indígenas contra mestizas— testimonia la ambigüedad del indigenismo salvadoreño.   Por una parte, vindica la tradición ancestral, a la vez que rechaza recopilar la mito-poética en las lenguas originales y las sustituye por el castellano como único idioma literario. Hasta 2021 —se insiste— aún no se publica una antología de textos sobre esos personajes en las lenguas ancestrales, menos aún, ediciones mito-poéticas en las diversas lenguas indígenas salvadoreñas. Se presupone que el castellano/español ofrece el único idioma de rango académico dentro de la “biblioteca básica de la literatura salvadoreña”. Por la otra, casi todas las obras que se canonizan bajo el rubro indigenista omiten mencionar el derecho ancestral por las tierras comunales.

Por principios nacionalistas, el indigenismo en pintura reniega de los dos axiomas aristotélicos básicos de toda comunidad humana: zoon logos ejon y zoon politikon. Ignora la lengua materna en su filosofía y oculta el derecho político a su sustento material autónomo, las tierras ancestrales. No sería de extrañar que se ejerza una severa censura académica contra todo reclamo a ese derecho a establecer un canon literario multilingüe. Ese rechazo lo demuestra la ausencia de un debate en el área de los estudios culturales sobre las figuras mito-poéticas legendarias —Arbolarios, Huracaneros, Santos Patronos, etc. Incluso, para la fecha clave de 1932 —la más estudiada por las CCSS— aún no existen hipótesis fidedignas sobre la episteme náhuat que guiaría la mentalidad indígena en el levantamiento. A la espera que la revitalización de la lengua náhuat alce el idioma a nivel literario —rescate el valor mito-poético actual de las figuras legendarias tal cual la Siguanaba-Muerte y el Cipitío-Pandemia— este breve fragmento sirve de prólogo e incentivo a esa actividad por venir. Al igual que el reclamo por las tierras ancestrales del común, la valoración de la diversidad étnica y lingüística es una tarea pendiente.

La poza de la Sihuanaba. El Milagro de Cuaita, Sonsonate. (Foto de IMEL).

La poza de la Sihuanaba. El Milagro de Cuaita, Sonsonate. (Foto de IMEL).

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