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Rafael Lara-Martínez

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Rafael Lara-Martínez Universidad del Ex-Silio laramartinez.rafael@gmail.com/ https://retired.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Historia y supresión de archivos Poética de “lonra”

El epígrafe de 1932 —cuyo autor lo reconocería quien exige la objetividad— certifica el desfase radical entre los hechos, su resguardo infiel y el estudio conclusivo. "Las huellas" de ciertas acciones pasan desapercibidas ante la selección arbitraria de expedientes pasados. Lo mismo sucede al elegir las voces actuales durante el debate de salvaguarda de los archivos nacionales y el proyecto de nación. Contra ambos actos —archivos pasados y juicios presentes— se ejerce el reproche.

Las huellas…el viento habrá de borrarlas…

Abstract: Salvadoran academic history operates according to a double erasure. Its perspective does not only proscribe certain primary documentation from its objective analysis.  It also forbids explicit references to sexuality as a constituent part of the sociopolitical realm under investigation.  That veto is the case of the constitution of a national literary canon, with a male predominance during 1932.  Intrinsic to the banned sphere of literature, the “droit du seigneur” points out to a current legal term —”sexual harassment”.  At that time, it is perceived as the hierarchical “right” of a landowner, who enforces sexual services to most subaltern women working for him.  By this double erasure, social sciences assume the role of the “wind”, which deletes all archives and topics contrary to its specific direction.

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Al hablar del hecho social total, hay que interrogar los deshechos de su integridad.  “Las huellas” incómodas las borra como “el viento”.  La verdad racional siempre se deleita en excluir datos primarios que la contradigan o que la desvíen de su objetivo preciso.  Su anhelo de control absoluto remite mareas de archivos y migrantes al exilio.  Este 26 de noviembre de 2020 celebra la fuga conjunta, al reunir la Acción de Gracias con el día del salvadoreño en el exterior.  En paradoja, se agradecen las expulsiones.  Quizás.  Se trata de la exclusión de los archivos y testimonios indeseables.  Su propósito de descartar consiste en apropiárselos al legitimar el presente.

El epígrafe de 1932 —cuyo autor lo reconocería quien exige la objetividad— certifica el desfase radical entre los hechos, su resguardo infiel y el estudio conclusivo.  “Las huellas” de ciertas acciones pasan desapercibidas ante la selección arbitraria de expedientes pasados.  Lo mismo sucede al elegir las voces actuales durante el debate de salvaguarda de los archivos nacionales y el proyecto de nación.  Contra ambos actos —archivos pasados y juicios presentes— se ejerce el reproche.  Si la lectura no reconoce el epígrafe inicial de inmediato, este obstáculo certifica la necesidad de ignorar registros oficiales, a fin de elaborar una historia científica.  La cita proviene de “Bocetos para dramas campesinos. Otro más…” de Roberto Suárez Fiallos (Boletín de la Biblioteca Nacional, junio de 1932: 27-29).  Esta revista oficial se halla ausente en casi toda la bibliografía sobre ese año clave.  A la lectura le corresponde evaluar las razones de tal censura.

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“Otro más…” designa el destino de un amplio estrato social de hijos ilegítimos, nacidos de ejercer el derecho de pernada que el hacendado ejerce sobre su servidumbre.   Tabú de la historia, la poética lo consigna como temática clásica que culmina en “Balún Canán” (1957) de Rosario Castellanos, “Pedro Páramo” (1956) de Juan Rulfo, “Lonra” de Salarrué, entre la narrativa más conocida

http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/4139/1/boletin%20biblioteca%20nacional%20numero%201%20de%20junio%201932.pdf

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El breve relato narra una costumbre fundada en la propiedad privada de la tierra, específicamente, en la hacienda cafetalera.  Se llama derecho de pernada por el cual, junto al trabajo, el patrono exige servicios sexuales de los subalternos.  La potestad sobre el latifundio no sólo determina una estructura económica —según la clásica ortodoxia.  También esa armazón social presupone la existencia de cuerpos humanos sexuados.  Al dueño le pertenece la cosecha del producto a comercializar.  Desde el decreto de la Ley de Extinción de Ejidos (1882) ese monopolio pasa a manos de los cafetaleros quienes se enriquecen bajo la consigna de la modernización agroexportadora.

Sin embargo, la propiedad privada de la tierra presupone también el ejercicio de otro acto de violencia que borra el viento, en paráfrasis del epígrafe inicial.  La hacienda la pueblan familias de peones, quienes ofrecen sus servicios y su trabajo, a veces bajo un régimen pre-asalariado.  Durante esta faena de cuidado y recolección, incandescente, la cosecha en cerezo ofrece la metáfora del deseo humano.  “El ambiente güele a cafetal que se desangra en frutos”.  La fruta roja del café maduro representa la sangre que bulle en su ansia de satisfacción carnal.

Desde la perspectiva masculina hegemónica —iniciación sexual del hijo del hacendado— el fruto maduro remite a la sangre femenina ajena, que exige en ofrenda a su jerarquía.  Él se deleita en desflorar campesinas —preludio de la boda— y en esparcir una progenie de hijos ilegales.  Desde la perspectiva femenina subalterna —la campesina— la fruta madura evoca su propio plasma.  Su familia no sólo trabaja en velar la hacienda, sino ella misma debe ofrecerle sus servicios sexuales al propietario.  Por este antiguo “derecho de pernada”, la estructura económica la completa el cuerpo humano, cuya comida y sexualidad el castellano las (con)funde bajo un mismo término: carne, meat and flesh.  El alimento primordial del hacendado no lo colma el bistec del almuerzo.  Su apetito de depredador lo sacia ese antiguo derecho que exige la ofrenda sexual de una joven a su servicio.

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La historia académica se deleita en un doble tachón.  Luego de eludir toda mención de las “actividades literarias’ y culturales “del año de 1932” (J. F. Toruño), pretende que el cuerpo humano sexuado se halla fuera de la esfera sociopolítica.  Esta doble omisión le queda pendiente a la poética, que transcribe la existencia del cuerpo humano y su ansia de libido.  El deseo casi sólo lo transcribe la esfera de la ficción narrativa y de la poesía, sea que lo sublime o asiente su realización.  Se le llame fantasía —tal cual “Remotando el Uluán” (1932) de Salarrué— el protagonismo de Gnarda sólo aclara que el delirio masculino define el cuerpo sexuado de la mujer.

Esa doble tachadura —archivo y mujer apetecida— no sólo ignora la arista política de la sexualidad.  El coito ocurre en calco de la jerarquía social y de género.  El hacendado le impone un imperativo de servicio a la mujer campesina.  Asimismo, el otro borrón desdeña cómo se constituye un canon literario nacional —a predominancia masculina— gracias al apoyo editorial del gobierno en turno.  Mientras la historia lo juzga censura de prensa —un periodismo a servicio dictatorial— la poética consigna la apertura literaria.   Basta concentrar el esfuerzo en esa revista excluida de la historia científica —”Boletín de la Biblioteca Nacional”— para verificar el antónimo de la sanción, esto es, la apertura artística y literaria (véanse también “La República.  Suplemento del Diario Oficial” (1932-…), “Revista El Salvador” de La Junta Nacional de Turismo (1935-1939), etc.).

La lista de autores canónicos desafía la censura de prensa en vigor, incluso denuncia la actualidad sin un debate académico similar en revistas oficiales.  En este largo inventario se incluyen Arturo Ambrogi, Luis Alfredo Cáceres, Salvador Cañas, Quino Caso, Esmeralda, Alfredo y Miguel Ángel Espino, Francisco Gavidia, Pedro Geoffroy Rivas (el poeta del 32), Gilberto González y Contreras, Alberto Guerra Trigueros, Jorge Lardé, Alicia Lardé de Veturini, Alberto Masferrer, Francisco Miranda Ruano, Serafín Quiteño, Vicente Rosales y Rosales, Salarrué, Toño Salazar, Juan Felipe Toruño, José Valdés, etc.  La “política de la cultura” dictatorial avala la difusión de su obra.

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En breve, las ciencias sociales llaman censura a la apertura de un régimen hacia la creación de un canon artístico y literario.  La actualidad aún celebra ese modelo como constitutivo de la identidad nacional. Ahora se vuelve más necesaria debido a la deriva migratoria, epidémica, y a la carencia de un apoyo editorial semejante.  Aunado a este arranque artístico —a predominancia masculina— se sitúa el lugar de la mujer campesina, indígena, afro-descendiente, blanca, asiática, etc.  Sin ampliar los diversos papeles femeninos, el único relato bajo análisis describe un severo régimen sexual gobernado por el derecho de pernada.

A los tabúes actuales de la historia, la poética contrapone la revelación en dueto: archivos olvidados adrede y existencia de la mujer subalterna sometida a la violencia sexual.  Desde su encierro doméstico —sin derecho a intervenir en el espacio público, la política masculina— ella aún reclama “lonra” de su presencia y de su voz.  Pese a su exclusión, testimonia la larga dimensión de la violencia de género y del feminicidio que causa su insumisión.

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http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/4139/1/boletin%20biblioteca%20nacional%20numero%201%20de%20junio%201932.pdf

http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/4139/1/boletin%20biblioteca%20nacional%20numero%201%20de%20junio%201932.pdf

https://www.scribd.com/document/75980073/Boletin-de-la-Biblioteca-Nacional

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