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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez Universidad del Ex-Silio laramartinez.rafael@gmail.com/ https://retired.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

El legado de la independencia salvadoreña según Masferrer

El ensayo rastrea la accidentada evolución que conduce de la colonia española a la federación centroamericana, para desembocar en la república salvadoreña independiente de inicios del siglo XX.

Las ideas (libertad) para convertirse en hechos (independencia)
han de estar en proporción de los hombres (prócer) llamados a realizarlas;
(de otra manera los) ríos de oro (desembocan en los) ríos de sangre.  AM (1898)

Olvidamos el hecho […] todo el pasado.  AM (1901)

PUY 1

Abstract: “Rivers of Gold and Rivers of Blood” studies the legacy of Salvadoran independence according to Alberto Masferrer (1868-1932), one of the classical political reformers.  The essay annotates how abstract ideals —“democracy”, “freedom”, “revolution”, “change”, “republic”, etc.— get corrupted by violent and destructive human action.  Trying to achieve those supreme goals, fratricide wars demolish their original philosophical meaning, tinted by military massacres and exclusion.  The deadly fight among equals substitutes class struggle.  Finally, in the post-colonial conversion of “Gold” into “Blood”, female voice, native land and language remain in silence, for this anti-imperialist and early anti-Marxist perspective.  The final section transcribes the original essay by Masferrer.  Similarly to “En Costa Rica” (1913), and his anti-imperialist support to the 1931 coup-d’état, this document offers a proof of forgotten archives in the name of memory.

PUY 2

0.Preludio

Años antes de que la intelectualidad salvadoreña se divida entre un fervor cívico por el centenario de la independencia y una denuncia pacifista por las masacres post-independentistas, Alberto Masferrer (1868-1932) escribe Ensayo sobre el desenvolvimiento político de El Salvador (San Salvador: Imprenta La República No. 37, 1901/Clásicos Roxsil, 1996.  La segunda edición incluye “Carta abierta al Dr. Rubén Rivera” (1898)).  Pese a su carácter entusiástico inicial —“nuestra independencia […] fue para nosotros un bien”— el maestro censura la emancipación por “la fase política” que provoca una “marejada de sangre”.

Si resulta ilusorio identificar la autonomía política con la libertad, ¡cuánto más triste no le resulta comprobar que la vida soberana comience “como una guerra de conquista”!  “Son cosas muy distinta la libertad y la independencia [la cual se realiza como] lluvia de sangre”.  Como idealista radical, Masferrer sabe que la idea abstracta (la libertad) no se identifica con una realización particular en la realidad histórica (la independencia centroamericana).

El ensayo rastrea la accidentada evolución que conduce de la colonia española a la federación centroamericana, para desembocar en la república salvadoreña independiente de inicios del siglo XX.  El trayecto de ese progreso recorre “ríos de oro y ríos de sangre” por los cuales “los que antes fueran hermanos” —las diversas regiones centroamericanas— acaban en “odios crecidos”, “desconfianzas erizadas”, “humillaciones” y “venganzas”.  Más que la lucha de clases, Masferrer anota la lucha al interior de la misma clase, esto es, el fratricidio como legado de la época independiente.

Estas inevitables manchas humanas sobre las ideas abstractas —democracia, libertad, república, etc.— hacen de todo proyecto de unión, utopías de un grupúsculo de “soñadores” cuya “locura se paga con el trabajo y con la sangre”.  Naveguemos por esos “ríos” conflictivos, paralelos y complementarios, para descubrir la visión masferreriana de la independencia y su doble legado controvertido: caudal de riqueza y flujo de víctimas.

I. Centro América

El antiguo Reino de Guatemala decreta un modelo político ajeno a su historia.  Prosiguiendo la “moda [de] imitar”, adopta un gobierno federativo al “ejemplo de los Estados Unidos”.  Los próceres ignoran el peso de la historia, ya que creen factible que un régimen foráneo tal se vuelva continuador inmediato “de la vida colonial, unitaria en la monarquía”.  No obstante, “el hecho monárquico” se arraiga en “la herencia del indio” y en la “herencia de España” que constituyen el doble legado histórico más importante del istmo.

Por esta solvencia cultural, existe un acuerdo generalizado entre los diversos estratos sociales por prolongar la colonia española en la práctica política.  El modelo importado no suplanta la tradición.  El poder no sólo se reproduce por la imposición y por la fuerza armada.  Brota de un pacto de mando y obediencia entre los de “arriba” y los de “abajo”.  A quienes anhelan el “poder absoluto” los refrenda el pueblo que se acostumbra a “obedecer sin restricciones”.  De nuevo, se insiste, Masferrer no refiere el clásico concepto marxista de lucha de clases, ya que recortes transversales —de la cúspide política hacia su apoyo popular— enfrenta a muerte a las facciones políticas disímiles.

“Para mantener ese” convenio ancestral, hay dos instituciones medulares que de la colonia permanecen incólumes luego de la independencia: “la milicia y el clero”.  Ambas se recrean en menoscabo de la república.  Si para las armas la emancipación política significa “abstracción” intelectual ante su “instinto de fuerza” guerrera, para “el sacerdote” implica la pérdida de “sus prerrogativas”.  A este doble obstáculo institucional se añaden “las tendencias separatistas”.  Esta corriente que disgrega la antigua unidad colonial en cinco repúblicas no sólo debe juzgarse por su carácter segregacionista.  También presupone las guerras fratricidas como mecanismo para imponer toda idea política.

De la unidad colonial primordial se crean cinco repúblicas minúsculas.  Con justo derecho, el separatismo reclama “la absoluta igualdad” ante la “supremacía” de Guatemala.  Como capital colonial, ahí se asienta “la nobleza y el alto clero, la morada de los militares más influyentes”.  Casi todo lo que tiende a la conservación de los valores coloniales y de “la tradición ultramontana” proviene de Guatemala.

Por este conservadurismo, a Masferrer no le extraña que la nueva federación se incline hacia la disolución violenta y rápida.  “La espada de Morazán (1792-1842) fue […] la batería eléctrica” que lucha por mantener “la unión [republicana] por la fuerza”.  Sus discípulos continúan los medios guerreros para “buscar el poder [y] realizar la unión”.  Pero, de hecho, la unión ya está muerta y ninguna acción beligerante la resucitaría de su estado agónico.

Los ideales platónicos intentan realizarse en la práctica histórica por la violencia destructiva.  Aun si el maestro califica a ese período de “hermoso tiempo aquel”, lo desacredita por su opción militarista.  Paradójicamente, el guatemalteco Justo Rufino Barrios (1835-1885) se convierte en el último baluarte castrense de ese espíritu unionista.  Durante su presidencia se invierten los papeles tradicionales que hacen de El Salvador el paladín de la unión republicana y de Guatemala el centro conservador.  Ninguna iniciativa por esa “idea de unión” cuaja en un proyecto definitivo, menos aún, logra evitar que “los hermanos” degeneren en la violencia fratricida.  De ahí que antes de toda “unión”, al presente Masferrer propone “la aproximación primero”.  Habría que transferir la guerra en instituciones regionales de intereses comunes.

II. El Salvador

La voluntad política de El Salvador la fecha de 1898, luego de “la ruptura del Pacto de Amapala (1895) que lo liga a Honduras y Nicaragua.  Los “elementos” constitutivos siguen siendo “el clero, adverso o enemigo, según” la actitud del gobernante ante “la iglesia”, “el ejército” cuyo poder se ensancha “en las luchas morazánicas” y “el pueblo” sumiso “a la voluntad del mandatario”.  Por astucia de la historia, “la idea de unión” engendra su antónimo, el militarismo como vía de imposición de regímenes tiránicos.

En esta trilogía que le otorga el poder al mandatario supremo —ejército, clero y pueblo— Masferrer observa la incesante continuidad del estado colonial.  Al presidente en turno se le dota de “casi los poderes de un rey”.  No hay ruptura de la monarquía absolutista a la presunta democracia electoral.  Hay una prolongación que se extiende en la práctica cotidiana, en una realidad en bruto, reacia a someterse a toda ley jurídica abstracta.  “Lo que no quiso sancionarse en las leyes escritas, existió en la realidad”.  El Salvador nace de una tajante “oposición entre los hechos y las instituciones escritas”, entre las palabras que decretan el orden utópico y el caos factual de la vida misma.

“El poder hipócrita y el pueblo farsante” trabajan en un consorcio para “erigir la mentira en sistema de gobierno”.  Ni siquiera “la alternabilidad” en el poder soluciona la discrepancia entre el dicho legal y el hecho histórico.  En esta escisión se inaugura la “faz revolucionaria de nuestra historia” la cual, para Masferrer, prosigue la primacía de la opción guerrera y “la orgía de sangre”.  Las ideas y doctrinas se imponen por “la tiranía” armada, sea liberal o conservadora.  No importa la opción partidista.  Los hermanos enemigos se reúnen en la práctica conjunta de la violencia.  El resultado de la revolución se llama “militarismo”, que realiza “periódicamente por las armas el cambio de gobierno” hacia uno u otro lado del espectro político.

Esta destreza de matones produce “trastornos de la administración pública”.  Cada nuevo gobierno recomienza de cero.  “En 1894, al pasar la revolución, no quedaba en el país nada que pareciera escuela […] En 1890, los soldados de Rivas o los de Ezeta destruyeron, por antojo, el laboratorio de química de la Universidad”.  La revolución continua obliga al “empréstito”, a la deuda pública, a la “ingobernabilidad”, y a la mortandad.  Un diez por ciento (10 %) de la población total del país “perece” o queda “inútil” por los “sueños” militares revolucionarios.  Ante tal descalabro demográfico, “es preciso cerrar la era de las revoluciones” para sustituir “los gobiernos de partido” por “los gobiernos de administración”.  Los “estadistas” prudentes deben reemplazar a los “Quijotes” armados.

El descalabro poblacional que provocan las guerras post-independentistas lo verifica Alejandro Dagoberto Marroquín en su estudio de caso para el municipio de Panchimalco (1959: 97-98).  El antropólogo contradice tesis en boga relativas a «la famosa “consunción”» de “la población indígena […] causada por la política de los españoles a raíz de la conquista” (Marroquín, 1959: 97).  Las cifras de finales de la época colonial demuestran que “no hubo ningún déficit” poblacional hacia el final de ese período (Marroquín, 1959: 97).

En cambio, el declive estadístico sólo lo documenta para el período que abarca de 1807 a 1860.  Esta reducción demográfica la explica “el reclutamiento forzoso de la mayoría de los jóvenes [indígenas] en edad militar [cuyo] destino era servir de carne de cañón […] en las guerras fratricidas [lo cual] nos lo confirma la tradición [oral de] los ancianos del pueblo” (Marroquín, 1959: 98).  En El Salvador, la violenta vida independiente —“las guerras intestinas que abundaron tanto durante el siglo XIX”— ocasiona una disminución demográfica indígena más adversa que la provocada por la colonia (Marroquín, 1959: 98).

Ante ese caos belicista y dictatorial, la única salida viable Masferrer la vislumbra en la educación.  La distancia que media entre el ramo militar y el educativo semeja a la que describe una década después José E. Suay en La organización económica (1911: 7).  La disparidad entre “20.3% que absorbe al Cartera de Guerra y Marina” contra el “5.65% de la Cartera de Instrucción Pública” requiere construir un “equilibrio económico” en tiempos de paz.

De proseguir esta vocación de “pueblos revoltosos” que le concede a “la guerra y a la holganza lo que se debe al trabajo”, el vaticinio de Masferrer es claro y de gran actualidad.  Los “pueblos revoltosos” como El Salvador “serán los primeros” en ser “arrollados [por] la política expansionista de” Estados Unidos debido a su economía endeble y falta de instrucción.  El legado revolucionario salvadoreño se traduce en su absorción política y financiera por la potencia de mayor “vigor e intensidad” en los eventos internacionales.  Al maestro sólo le faltaría hablar de la inmigración hacia el norte para completar el panorama actual.

[Nótese el despegue del anti-imperialismo estadounidense en Masferrer, el cual no se identifica con el de la izquierda de los veinte-treinta —apoyo al golpe de estado de Max. H. Martínez (diciembre de 1931)— ni con la actual.  El maestro defiende la política de Nicolás II [1868-1918] a quien destituye la revolución rusa.  El anti-leninismo anticipado —apoyo zarista— completa la visión masferreriana en su distinción radical con la izquierda marxista.  Asimismo, Masferrer alaba los beneficios de la “influencia invasora de la cultura exterior”, la técnica moderna, la cual “suaviza” la tradición política salvadoreña tan aficionada a la tiranía militarista.  Por último, nótese la ausencia de la mujer —democracia sin voto femenino— y el silencio sobre la Ley de Extinción de Ejidos (1882), como pilar económico que deteriora la comunidad indígena.  En este trío —ausencia de la mujer; indígena sin tierras ni lengua; anti-marxismo temprano— culmina la propuesta].

PUY 3

III.  Término

El escrito de Masferrer no resulta un ensayo aislado.   Pertenece a un grupo de estudios que, durante las primeras décadas del siglo XX, reflexiona sobre el legado violento que construye las repúblicas independientes.  Junto a los fundadores del Ateneo de El Salvador —José Dols Corpeño y Abraham Ramírez Peña, entre otros— Masferrer no reduce el quehacer intelectual a la creación de un panteón cívico.  Más allá de toda religión laica y republicana, al maestro se le impone una ética de la historia (https://www.academia.edu/27415051/Bicentenario_Un_enfoque_alternativo).  Su ideal anhela erradicar el fratricidio —“no veis cómo se matan hermanos con hermanos”, José Llerena; “matanzas y debates fratricidas”, Dols Corpeño; “el hermano mató al hermano, el padre al hijo y el hijo al padre”, Ramírez Peña— como motivo fundador de la historia salvadoreña.  El dilema de esa generación interroga lo imposible que resulta rebasar el fratricidio como motor de la historia nacional.  Esta tragedia griega la renuevan el asesinato de Roque Dalton (1975) —entre otros— y el actual combate democrático, en exclusión de la diferencia.

A esta norma intelectual no sólo le compete la exaltación magistral de las figuras que fundan la patria salvadoreña.  Le corresponde revelar un legado de discrepancias agresivas que mancilla en la práctica política los ideales abstractos.  Si las ideas absolutas que mueven la historia centroamericana y salvadoreña se resumen en la “idea unionista”, “tendencia separatista”, “ideas liberales y las ultramontanas”, “el hecho monárquico y la idea democrática”, “el ideal autonomista”, “los gobiernos de partidos convirtiéndose en gobiernos de administración” y “la tiranía suavizándose por la influencia de la cultura”, “nuestro desenvolvimiento político” concreto (con)funde todos los arquetipos ejemplares bajo el ejercicio de la violencia generalizada.  La coerción —que por la fuerza bruta impone los ideales más nobles— rebaja los valores filosóficos a una caricatura de su objetivo utópico.

Pese a su advertencia, hasta el presente prevalece una visión única, militarista y cívica de la historia, que oculta toda perspectiva pacifista de los mismos hechos.  Las víctimas quedan enterradas y sin más memoria que el polvo arrastrándolas al silencio.  En aras de imaginar una nación salvadoreña desde sus inicios gloriosos, se olvidan las acciones históricas que, “por las impurezas del elemento humano”, contaminan de violencia desenfrenada toda “idea [al] exteriorizarse” en hechos atroces.

El recuerdo de las guerras y de las matanzas se acalla para celebrar “el octogésimo aniversario de nuestra independencia” y, quizás al presente, el bicentenario del primer grito (1811).  Masferrer constituye un pionero de las ideas pacifistas en El Salvador.  Antes de festejar el pasado y los orígenes nacionales, recapacita sobre la recursividad de la violencia en la manifestación histórica de la idea de libertad en Centro América.  Junto al “bien” que provoca la independencia, “ríos de oro”, fluye una corriente paralela y complementaria que muchos ignoran.  “Ríos de sangre…”.

PUY 4

I

Sería la mejor celebración de nuestra independencia evidenciar que fue para nosotros un bien; una conquista merecida y bien aprovechada.

Como un bien la estima la generalidad, salvo cuando se trata de su fase política; que entonces, despechos, tristezas, desalientos y otros afectos se concentran en esta frase: ¿por qué hablar de independencia si no existe?, ¿cuál es la libertad que gozamos?

Sobre que son cosas muy distintas la libertad y la independencia —puesto que ésta consiste únicamente en que un pueblo no dependa de otro— no hay razón, nos parece, para renegar de nuestra vida de pueblo emancipado.

Verdad es que algunas colonias inglesas están mejor constituidas que ciertas repúblicas de América; mas si nos comparamos con las colonias de otros pueblos, no son, ni lo fueron jamás, objetos dignos de nuestra envidia.

Ser libres, alcanzar esa suma de libertades tan armoniosa y tan completa que hace de cada ciudadano un rey en su hogar, sin más señor en el estado que la ley, no es ciertamente el fruto de unos cuantos lustros; es la paciente labor de muchos siglos.  Para lograr esa libertad los pueblos de Europa han bregado mil años, y todavía son contados los que la disfrutan entera.

Así, la emancipación no debe mirarse sino como un camino hacia la libertad.

¿Qué parte de ese camino hemos recorrido nosotros?

II

Apenas declarada la independencia surge en los emancipadores la idea de una confederación. (1)  Sugeríales tal proyecto el ejemplo de los Estados Unidos, a quien entonces era moda imitar, y se los presentaba como lógico y hacedero, el pensamiento que la forma confederativa sería, en la república, la natural continuación de la vida colonial unitaria en la monarquía.

 

Aquellos hombres generosos, más soñadores que estadistas, se dieron entonces a imaginar paraísos, y creyeron que bastaba el deseo para que sus figuraciones endémicas se cristalizaran mediante leyes escritas.

Haciendo a un lado el hecho monárquico —herencia del indio, que no conoció jamás otra forma de gobierno; herencia de España, en quien la monarquía era casi teocrática— organizaron una república; y como la confederación era una novedad seductora para sus cerebros de especuladores, organizaron una confederación.

Como aquellos sueños se desvanecieron, lo sabemos.  Arriba, en los mandatarios, la tendencia irresistible a manejarlo todo, a ingerirse con poder absoluto hasta en el pensamiento y en la conciencia.  Abajo, en la masa, la costumbre —transmitida secularmente a través de la sangre de dos razas— de obedecer sin restricciones, de sujetar ideas, actos y sentimientos al poder de un hombre, para ellos un rey, aunque se llamara presidente o vice jefe; un verdadero monarca cuyo poder venía de Dios.

Para sostener ese poderío, ya casi ilimitado, estaban la milicia y el clero.  Aquel soldado en el antiguo paladín, devotísimo de su señor y de su dama; despreciando al pechero, fiándole todo a los tajos de sus espada de dos manos, a los botes de su lanzón y a las resistencias de su escudo.  Con otras armas y otro vestido, no ya bajo el dominio de un rey, pero siempre de un señor, allí estaba para sostener contra viento y marea la voz del jefe, la voluntad del amo, el antojo del señor, que concedía honores y ascensos.

Buscáramos en el alma de aquellos hombres de guerra ni una sola de las ideas que rigen la mente y la conducta de los ejércitos modernos: ese culto a la ley, ese respeto a la patria impersonal, esa abstención absoluta de la política militante, esa enclaustración en la disciplina y en la ordenanza.

No, aquel hombre de armas que sobre su escudo no ponía más que al rey, no era nada bueno para sostener abstracciones republicanas; su instinto era la fuerza, su inclinación y su interés servir a los fuertes.

El sacerdote, para quien república y herejía eran la misma cosa; creyendo que todo poder viene de Dios; horrorizado al recordar que la Revolución Francesa [1789] había proscrito el culto y derribado los altares, buscaría también por todos los medios, la restauración del poder absoluto, y ya que no fuera posible revenir hasta el trono, aceptaría el dominio estable de las dictaduras, dándoles su apoyo en cambio de la tranquilidad, del sosiego y de la conservación incólume de sus prerrogativas.

De este modo la república democrática y confederada tenía en su contra el pasado, los instintos, las costumbres, los intereses, las preocupaciones; en su favor no más que el cariño de unos pocos soñadores: una tímida aurora en lucha con la oscuridad cerrada y densa.

III

Si sólo esos obstáculos impidieran la realización de aquel ensueño, tal vez las cinco provincias hubieran llegado, no a una confederación democrática, pero sí a una república unitaria y aristocrática, más monarquía que república, o a una dictadura militar, como la existente hoy en Méjico; de ahí tal vez hubieran surgido hábitos de orden y de trabajo, respeto al principio de autoridad, y prosperidades materiales, que fueran el camino de futuras transformaciones.

Pero un nuevo elemento apareció en seguida en forma de tendencias separatistas.  Por debajo de los espíritus elevados y benévolos, estaban los suspicaces que exigían entrar en el pacto federal en condiciones de absoluta igualdad; querían alejar todo peligro de que Guatemala ejerciera ni la más leve supremacía sobre los demás estados; temían que con apariencias de federación subsistiera la Capitanía General: un organismo en que Guatemala sería el corazón y el cerebro; el antiguo reino de Guatemala, en fin.

Y como Guatemala era el asiento de la nobleza y del alto clero, la morada de so militares más influyentes, la ciudad más culta y más rica, esos temores no eran vanos ni eran tampoco inmotivadas las tendencias de Guatemala a gozar de aquella tan recelada hegemonía.

A as suspicacias de unos y a las exigencias de los otros, añadamos que era Guatemala el baluarte de las ideas conservadoras. El santuario de la tradición ultramontana, y las provincias, focos nacientes de ideas liberales muy tímidas aún, mas no por eso menos atrevidas y escandalosas en el concepto de aquel tiempo.

Contra esas ideas, esos intereses, esas suspicacias, luchó incesantemente la federación, nunca sólida, nunca bien constituida, rota por un lado, apenas recompuesta por otro.  La espada de Morazán fue para ella como una batería eléctrica para un cadáver: a cada contacto parece revivir; en realidad, siempre está muerta.

IV

Después de Morazán [1792-1842], sus discípulos llenan una gran parte de nuestra historia con la persecución de la misma idea servida por iguales medios: la unión por la fuerza.

Alianzas, dictaduras, guerras de estado a estado, derrocamiento de gobernantes, no tienen otro origen.  Cualquiera de esos acontecimientos que se examine, siempre se hallará esto: uno o varios fieles de Morazán que buscan el poder, la fuerza para realizar la unión.  Este es siempre el móvil de aquellas gentes, en parte siquiera.  De cierto, en el alma de Máximo Jerez [1818-1881, presidente liberal de Nicaragua], tan cándida como valerosa, brilló más de una vez ese pensamiento, ocultando con sus esplendores los nubarrones de la invasión de Walker [1824-1860, invasor de Nicaragua].

Hermoso tiempo aquel, de la lucha por una grande idea: fecundo en errores y en heroísmos; hermosos hasta en sus faltas; sembrado de admirables episodios y de luminosos contrastes; época legendaria que prestará un día asuntos al drama y a la novela históricos, y que servirá siempre como de levadura espiritual a nuestras pequeñeces y oscuridades.

V

Sin duda, el escollo que rompió a Morazán era demasiado rígido para que en él no se estrellaran sus adeptos.  Sus fracasos fueron otras tantas victorias del separatismo; y así, mientras morían poco a poco las esperanzas de la reconstrucción, formábanse en distintos moldes los estados; adquirían formas características y determinadas; convertíanse en pueblos, con intereses diferentes y hasta con diversas tendencias.

Así, llega un momento en que Carrera [1814-1865] se llama “Fundador de la República de Guatemala”; Gerardo Barrios [1813-1865] desaparece de la escena, y la estrella de Morazán, que todavía alumbraba en nuestro horizonte, parece extinguida para siempre.

Más tarde, cuando —en virtud de ese poderoso instinto vital que tienen las ideas lo mismo que las cosas, y que se manifiesta siempre en reacciones— Rufino Barrios [1835-1885] alzó el estandarte de la unión por la fuerza, fue El Salvador quien echó la última palada de tierra en el sepulcro de esa idea.

¡Cosa extraña, Guatemala recogiendo la palabra de Morazán y El Salvador ahogándola!

Así fue, sin embargo, y así debía ser conforme la lógica de la historia.  Porque no pudiendo las ideas exteriorizarse sin que todas las impurezas del elemento humano las deformen y las manchen, aquellas luchas por la unión habían cavado abismos entre los pueblos; ríos de oro y ríos de sangre habían corrido entre los que antes fueran hermanos: los odios crecidos, hasta desbordarse, los egoísmos lastimados hondamente; las desconfianzas erizadas, y por sobre todo, el recuerdo de las humillaciones, el deseo de la venganza y del desquite, hacían ineficaz la acción de la fuerza para amasar sustancias tan heterogéneas.

Así, la nueva cruzada se presentó a los espíritus como una guerra de conquista, y el pueblo más devoto de Morazán enterró en Chalchualpa al último de sus fieles.

No más volverá a alzarse el caído estandarte: a la empresa de tremolarle, seguiría su abatimiento inmediato.  Porque los tiempos han cambiado; porque estos pueblos han cambiado, y ha de cambiar, necesariamente, la forma de realización de aquella idea.

VI

Apenas fracasada la última tentativa de reconstrucción por la fuerza, algunos espíritus generosos e impacientes creyeron e intentaron realizar la unión por medio de pactos entre gobiernos; efímera e infantil empresa que la Historia casi no ha tenido tempo de registrar. (2)

¡Fundir a meros convenios lo que Morazán no pudo juntar golpeando por doce años con su martillo de cíclope en el yunque de Vulcano; eliminar de la Historia con un protocolo la marejada de sangre que nos separaba…!

En verdad que los pueblos no son de cera.

Esa nueva forma unionista ha desaparecido también, barrida por el soplo más leve, para dar lugar a procedimientos más lógicos y más eficaces.

Después de tantos esfuerzos sin fruto llega para nosotros con los albores del siglo vigésimo, la verdadera, la única forma posible de verificar la grande aspiración de ser unos: la aproximación primero, al unión después.

En esta nueva cruzada fraternal y pacífica, ocupa El Salvador el puesto que le corresponde.  Si en nuestra edad heroica fue pródigo de su sangre, si su corazón no dejó nunca de palpitar por aquel evangelio, será también ahora el primero en las fraternidades, el primero en los acercamientos de la convicción y del cariño; el primero en la benevolencia para olvidar discordias; el primero en la noble impaciencia de fundir tendencias e intereses.

Congresos jurídicos, congresos de estudiantes, congresos de maestros, congresos de periodistas; unificación de las leyes de enseñanza, de las monedas, de las tarifas; carriles que crucen las fronteras y nos amarren con cadenas de hierro; cuantos medios conduzcan a la comunión espiritual y material: he ahí la senda segura que estamos recorriendo ya, y en cuyo término nos aguardan las sombras de Morazán y de sus héroes.

Por lo que toca a este país esa es su voluntad manifiesta.  Acato explícito de esa voluntad suya fue la evolución política de 1898, cuya consecuencia inmediata fue la ruptura del Pacto de Amapala [entre Honduras, Nicaragua y El Salvador, junio de 1895], y cuyos resultados posteriores han sido entrar francamente en este derrotero de preparar la unión por medio de la aproximación.

Los hombres escogidos para iniciar este nuevo sistema, interpretan legítima y exactamente su espíritu.  El Congreso Jurídico promovido y realizado aquí recientemente, fecundo como ninguno en vínculos de fraternidad centroamericana, ha evidenciado la fidelidad de nuestro gobernante y de sus colaboradores al pensamiento de la nación, y ha traído la certeza de que no se apartarán en nada, de lo que exigen las nuevas ideas.

VII

A grandes rasgos hemos procurado señalar el desarrollo de la idea unionista y sus transformaciones hasta la época presente.  Ensayemos ahora el análisis de nuestra vida interna.

Los primeros gobernantes de El Salvador, a contar de la ruptura definitiva del pacto federal, halláronse rodeados de los siguientes elementos:

El clero, adverso o amigo, según que las ideas del gobernante fueran adversas o favorables a la supremacía de la iglesia sobre el estado.

El ejército preponderando en la nación, porque venía de jugar el papel principal en las luchas morazánicas; un gremio valiosísimo como apoyo y temible como enemigo; aspirando cada vez más a desempeñar el primer puesto.

Algunos hombres de principios, empapados en la democracia pura, y que no veían nada que no fueran sus ilusiones políticas.

En fin el pueblo, es decir, casi todo el país, dispuesto a someter a la voluntad del mandatario la resolución de todos los asuntos, hasta de los esencialmente privados y personales.

Eran, pues, los mismos factores que encontramos al nacer la federación, unos intactos, otros más acentuados y definidos.

A más de estos, la constitución escrita que reviste al mandatario con facultades excesivas, y que le hace único responsable del poder ejecutivo.

De tal manera, que no sólo el alma de las razas que forman estos pueblos, la herencia de los siglos, las costumbres, todos los factores internos, colaboraban el hecho monárquico, sino que el error de los teóricos venía también a dar al presidente de la república, casi los poderes de un rey.

Esta vez, como antes, el espíritu de novedad nos hizo tomar por modelo a los Estados Unidos; como si en algo nos asemejáramos a ese pueblo.

Lo mismo que los próceres de la independencia, olvidamos el hecho monárquico, es decir todo el pasado.  Ese hecho pesaba, sin embargo, en nuestra historia, como un monte.

Y como no se pueden suprimir los hechos, lo que no quiso sancionarse en las leyes escritas, existió sin embargo en la realidad, y las sedicientas repúblicas fueron monarquías electivas, donde los electores armados ejercieron sus funciones sangrientamente. (3)

VIII

Esta oposición entre los hechos y las instituciones escritas fue fatal.

Sus frutos fueron erigir la mentira en sistema de gobierno.  De un lado, el poder, procurando siempre guardar las apariencias; de otro, el pueblo,, contentándose siempre con que las apariencias se guardaran.  En último resultado, la tiranía hipócrita y el pueblo farsante.

Todos los intereses e ideas que tienen como fin la perpetuidad del poder —y en este caso eran la mayoría de los intereses, y sobre todo de los instintos— contrariados y combativos por la fórmula escrita, por la organización ficticia de nuestra Carta, buscaron un medio de vida y de triunfo, y creyeron encontrarlo en la reelección.

Todos los que, ciegos sobre el verdadero origen de nuestros males, aspiraban al gobierno modelo que se había imaginado, pensaron a su vez que todo se salvaba estableciendo la alternabilidad.

Cada letra de esas palabras nos han costado una lluvia de sangre.

Una, sin embargo, la reelección, significaba un hecho, un cúmulo de hechos, una condensación de muchas y distintas fuerzas.  La otra era no más un expediente buscado para extirpar lo que tenía sus raíces en las almas y en los siglos.  Pues, en verdad, si los gobiernos, como hemos procurado demostrarlo, tendían siempre al despotismo porque todos los factores sociales estaban inficionados de virus monárquico, con la alternabilidad no se lograba sino cambiar de déspotas: tener en un período de tiempo, en vez de un tirano, una dinastía de tiranos.

Cada vez más fuerte la lucha de la doctrina con el hecho, éste se hizo bárbaro y aquella pueril; del primero salieron crueldades y salvajismos; de la otra brotaron más y más expedientes, trabas en la constitución escrita, mallas sutiles, tejidas con la más rara suspicacia, que, en vez de suavizar el despotismo no lograban sino exasperarlo y volverlo disimulado y artero.

No de otro modo se explica el extraño fenómeno que han presenciado estos pueblos donde con los códigos más amplios en libertades han coexistido los gobiernos más absolutos.

Extremando las cosas los partidarios de la alternabilidad llegaron a pensar que hasta el período de mando era asunto de capital importancia, y lo fijaron recelosamente ya en dos, ya en seis, ya en cuatro años.  Se adivina como los partidos hicieron punto de su credo político unos la reducción y otros la ampliación del período presidencial; de modo que el primer cuidado de los que triunfaban en las revoluciones, fue, por una reforma de la Carta, reducir o alargar ese tiempo.

¿Cómo no se les ocurría que esos no eran sino accidentes que en nada alteraban la esencia de las cosas?

Para un mal gobierno, un año es demasiado, para uno bueno, cuatro años es poco; para uno excelente, todo plazo es corto.

IX

Esta discordia, cada vez más honda, entre la aspiración y el hecho, explica la faz revolucionaria de nuestra historia.

Pero hay otros factores que afirman los tonos del cuadro.  Otros elementos discordantes entre sí desde los primeros días de la emancipación, vinieron a tomar puesto en el combate.

Las ideas liberales y las ideas conservadoras luchaban a su vez, y en el deseo desmedido del triunfo, procuraron tener de su parte al poder.  De ahí los gobiernos de partido, alternativamente liberales o conservadores, imponiendo con todas sus fuerzas las doctrinas de su agrado.  Un gobernante liberal, significaba el imperio casi absoluto del liberalismo; un conservador, el reinado de la tradición.

Error lamentable.  Porque, acostumbrado el pueblo a cambiar de credo, en la apariencia siquiera, cuando cambiaba de amo, no podían arraigar realmente, ni unas ni otras ideas y resultó al cabo, volverse todos indiferentes, prontos a fingir lo que el gobernante quisiera.  Al fin y a la postre, no sólo no hubo partidos verdaderos, es decir, organizados, sino que los elementos confusos de cada uno, convirtiéronse en elementos de tiranía.

El gobernante, poderoso ya con exceso, alcanzó así a influir en las conciencias.  Algo muy semejante a los tiempos en que Inglaterra cambiaba de credo religioso según que el rey se llamaba Enrique Octavo o María Tudor.

Cómo, con tantos y tan grandes motivos de absolutismo, no llegamos a tener reyes del Asia en vez de dictadores más o menos duros, es cosa que se atribuiría a milagro, si no supiéramos que las ideas son de una maravillosa e incontrastable fuerza.  Las ideas reinantes, el soplo de libertad y de tolerancia de la Revolución Francesa, refrescando suavemente el alma de los pueblos y de sus gobiernos, iba civilizando a unos y a otros, y contrarrestó las exasperaciones del poder absoluto [resulta paradójico defender la revolución francesa, a la vez que se exige “cerrar la era de las revoluciones”].

Fenómeno es éste que merece detenido estudio, porque es una consoladora lección para los pueblos; porque les lleva la certeza de que pueden alcanzar la cultura y la libertad, sin necesidad de la orgía de sangre de las revoluciones.

Vemos así, en efecto, que en Rusia el Czar de hoy, con el mismo absoluto poder de Iván el Terrible y de Pedro el Grande, es sin embargo, un hombre humano, culto, de espíritu amplio, muy lejos de sus predecesores.  Ciertamente Nicolás II [1868-1918] es todavía dueño de vidas y haciendas, y jefe de la religión; señor de los cuerpos y de las almas.  Pero en vez de cortar las cabezas con sus propias manos como Pedro el Grande, suprime la deportación a Siberia e inicia la Conferencia Internacional de la Paz [en La Haya, 1899, uno de los primeros estatutos formales sobre las leyes y crímenes de la guerra].  Ese hombre es el amigo de Tolstoi [1828-1910], el escritor que más y mejor representa el provenir de Europa.

Por esa ley de evolución, nosotros que pudimos caer en la más completa barbarie, somos un pueblo semiculto, un pueblo que progresa.  Y a pesar de la lucha encarnizada que pudo tornarnos en fieras incorregibles, nos humanizamos.  Ya no veremos un tirano que en sus momentos de ebriedad mane a fusilar a sus mejores amigos, para buscarles, apresurado, cuando despierte de su locura de aguardiente.  Ni veremos que este pueblo se vengue, mostrando en una jaula herrumbada por el aire y la sangre la cabeza fatídica de aquel extraño déspota.

Esta ley de evolución, civilizándonos pausada pero seguramente, mientras la revuelta nos barbarizaba; esta marcha simultánea de dos sistemas, trayendo uno la cultura, el orden, el trabajo, y el otro el desorden, la rusticidad y la ferocidad, son la última faz de nuestro desarrollo como entidad política.

X

Real y verdaderamente, la revolución no nos ha traído sino males.

Realizando periódicamente por las armas el cambio de gobierno, creó por fuerza, toda clase de prerrogativas para las gentes de la espada, hasta el punto de poner en sus manos los destinos de la nación.  Así nos dio el militarismo.

Necesitándose grandes sumas de dinero —para derrocar al gobierno por una parte— —para sostener al gobierno por otra— trajo la costumbre de los empréstitos forzosos, que han hecho imposible el trabajo y casi destruido la propiedad.

Necesitando de secuaces, echó mano de cuantos se aprestaban a servirla, adquirió compromisos, y abrió el camino del poder, muchas veces, a hombres que jamás hubieran influido en la política de un país bien organizado; y como natural compensación, rechazó a los hombres buenos, retrayéndolos de la vida pública.

Originando cada vez un profundo trastorno en la administración pública, sucedió que cada gobierno surgido de las armas se encontró obligado a rehacerlo todo; la tela de Penélope, tejida y destejida para cada revuelta, sólo que ahora los hilos fueron de trabajo y de sangre. (4)

Queriendo la revolución triunfar, y el gobierno sostenerse, buscaron uno y otra la intervención de los gobiernos vecinos; malhadada política que ascendió más el odio entre pueblos hermanos, y nos puso varias veces bajo la dependencia de los extraños.

Repitiéndose, en fin, el escándalo con harta frecuencia, adquirimos entre los pueblos fuertes, el concepto de ingobernables, buenos sólo para explotarse, en tanto llega la hora de repartírselos.

Descrédito, sujeción, miseria, desorden, ferocidad, atraso y tiranía, esos son, esos han sido para nosotros los frutos de las revoluciones.

Cien mil personas, cuando menos, han perecido o se han inutilizado para el trabajo en nuestras revueltas y en nuestras guerras internacionales, ¡Cien mil personas, en un país que apenas alanza un millón de habitantes!

¿Y para qué?  ¿Qué Revolución Francesa hemos hecho?  ¿Qué Carta Magna hemos alcanzado?  ¿Qué unidad de Italia hemos forjado?  ¿Qué guerra de los boers [1880-1881; 1899-1902], qué empresa grande, en fin, se llevó la sangre de esos millares de hombres y el trabajo de medio siglo?

Aventuras, que no tienen ni el brillo de las cosas grandes ni la fuerte serenidad de las cosas útiles.

Aventuras donde no hubo más que la intención, el buen deseo, y de las cuales una historia harto benévola, juzga con el criterio de que las intenciones bastan.

Pues bien, en política las intenciones no bastan.  En política, Don Quijote ha de aparecer con mucha discreción, y nunca separado de su escudero Sancho; porque los intereses que se juegan son sagrados, y porque cada locura se paga con el trabajo y con la sangre.

Esta es, precisamente, según Víctor Hugo, la lección que dio Cervantes a los pueblos: piensa en tu pellejo: es decir, piensa en que tu trabajo y tu vida no deben jugarse al azar y por el empeño de fantasmagorías, sino para lograr cuando haya probabilidades bastantes, conquistar progresos ciertos y duraderos.

Que los soñadores cedan su puesto a los estadistas.  Y estadistas son, no los hombres que tuvieron buenos deseos, buenas intenciones, sino los hombres que hicieron, los que saben traducir sus ideas en hechos y darles a estos vida intensa y durable.

XI

Nuestros adelantos; lo que de verdad y con permanencia tenemos ya se civilización, ¿a qué lo debemos?

A la evolución, a la influencia invasora de la cultura exterior, que en este siglo dispone de maravillosos medios de propaganda.

Las ideas vuelan en nuestros tiempos: van en el soplo de las tempestades, en las aguas de los ríos, en las alas de los cóndores y de las águilas, en la ola que corre de orilla a orilla del océano.  La electricidad es hoy el mensajero del pensamiento; el batir de sus alas refresca las frentes más oscuras, y su beso de luz alumbra el alma de los pueblos más remotos.

En pocos años el Japón, sin revueltas, se convierte en un pueblo de Europa; en pocos años, sin revueltas, los Czares se han tornado en hombres, y la Rusia en un pueblo de intelectuales; en pocos años, Méjico, sin revueltas se ha puesto a la par de los dos pueblos más avanzados de la América hispana [por su fe en la evolución pacífica y técnica, el ensayo no predice las dos primeras revoluciones del siglo: la mexicana (1910) y la rusa (1917)].

La paz, el orden, el trabajo, han hecho esos milagros.

Nosotros, ya lo dijimos, por virtud de la evolución y a pesar de las revueltas, marchamos también.

Son los hombres de letras, son los hombres de ciencia, son los labradores de la tierra y los empresarios de la industria y del comercio, son los maestros, son esos mismos dictadores, influidos por las ideas, los autores de nuestro progreso.

Ellos también han contribuido.  El pueblo, que lo comprende así, rectifica constantemente sus juicios respecto a esos hombres a quienes, en ciertos momentos, ha cubierto con su abominación.  Un dictador, el más francamente dictador entre todos, es ahora recordado y venerado por este pueblo; otro, muy odiado en su tiempo y mejor comprendido [Francisco Dueñas, 26/octubre/1863-15/abril/1871], es quien nos dio un teatro, el palacio nacional [1866-1870], el primer parque, la biblioteca pública y el telégrafo.

Así de los demás, la conciencia pública irá rectificando, y la historia serena que todavía no es tiempo de escribir, dará a cada uno lo que es suyo; descartando lo que fue culpa de los tiempos y mostrará a cada gobernante, en su exacta figura, con sus propias manchas y con sus propias luces.

La tiranía, dice Víctor Hugo, no son los hombres; son las cosas.

“Los tiranos son la frontera, las costumbres, la rutina, la ceguera en forma de fanatismo, la sordera y el mutismo, en forma de diversidad de lenguas; la disputa en forma de diversidad de peso, medida y moneda, el odio resultando de la disputa, y la guerra, resultando del odio.  Toda esta clase de tiranos tienen un solo nombre: Separación”.

Por sobre todo, la ignorancia: cuando nosotros hayamos enseñado y habituado a leer, siquiera a los dos tercios de nuestro pueblo, habremos hecho cien veces más que todas las revoluciones.

En resumen: lo que nos atrasa y acabaría por matarnos, son las revoluciones; lo que nos salvaría, son la paz, el trabajo y el orden.

Es preciso cerrar la era de las revoluciones.

XII

A la hora en que estamos, es ya visible la transformación evolutiva de nuestra existencia política.

La idea unionista, alcanzando su más lógica forma, no es ya motivo de odios ni desconfianzas.  Abandonando su manto de púrpura, se viste con el blanco ropaje de la paz y busca su realización unificando los espíritus y fundiendo los intereses.

Las aspiraciones autonomistas, ideal carísimo a los salvadoreños, han alcanzado ya la última victoria: tres gobiernos se han sucedido sin la más leve intervención extraña, y la no es creíble que reaparezca ese pernicioso elemento que tanto nos ha costado eliminar.

Las ideas liberales y conservadoras, luchan en campo ajeno a la influencia oficial, con amplitud y tolerancia; las conquistan que realizan, se deben al esfuerzo propio, y tienen por consiguiente, vida más duradera.

Los odios internacionales se menguan visiblemente: once años llevamos de paz entera y franca con nuestros vecinos, y todo anuncia que este período, excepcional en nuestra historia, se prolongará por mucho tiempo [Carlo Ezeta (1890-1894, Rafael Antonio Gutiérrez (1894-1898), Tomás Regalado (1898-1903].

A los gobiernos de partido suceden los gobiernos de administración: el que ahora nos rige [Regalado, 1901] ha sustituido especialmente, la idea política por la idea económica, y así como otros hicieron punto de sus programas el trabajar por liberales o conservadores, éste persigue como objetivo principal de sus labores, mejorar la hacienda pública, sostener el crédito no emitir papel moneda, y amortizar en cuanto se pueda la deuda interior.

Que los impacientes y los soñadores suspiren porque no vamos en hecho de libertades como Suiza o como la Inglaterra: nosotros, al hacer el recuento de nuestras jornadas, tomamos como punto de vista nuestro propio pasado; y tendemos desde ahí la vista para sondear el porvenir.

XIII

Ese porvenir ¿no encierra más amenazas y más peligros que los que ahora hemos arrostrado?

Los pueblos no existen aislados en el planeta.  Por encima, o mejor dicho, sin contacto ninguno con los vínculos voluntarios de la diplomacia, existen vínculos irrompibles que atan a las naciones, haciéndolas participar fatalmente en el resultado de los sucesos que les son extraños.  Así, hay entre ellas solidaridad evidente, benéfica unas veces, perjudicial otras, pero siempre más peligrosa para los más débiles.

Como en el océano la ola flexible y dócil lleva a todas partes la más leve presión ejercida en un punto cualquiera de la masa, así en la vida internacional corre la influencia de los sucesos de uno a otro extremo de la cadena.  La ola que aquí no hizo sino mecer blandamente un grande barco, hace zozobrar más allá un esquife.  Así lo que eleva y fortalece a un pueblo, va de rechazo a sumergir o debilitar a otro.

En el momento que corremos, esa fatal solidaridad es temible: la política colonial de Europa es una constante amenaza para los pueblos de otros continentes.  La política expansionista de Norte América —que no depende, como piensan algunos del triunfo momentáneo de un partido, sino de que ese pueblo ha llegado al período de vigor y de intensidad en que toda fuerza se expande— es una tromba suspendida sobre nuestras cabezas.

Esta es la hora de la raza anglosajona; es también la hora de todos los elementos vivos de las razas germánicas.

La doctrina de esos pueblos es que las razas superiores han de extenderse y vivir a costa de las inferiores [nótese el efecto del darwinismo social para justificar la dominación política].

La aplicación de la doctrina, ya la hemos visto en Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, El Transvaal y la China.

¿Quiénes serán las próximas víctimas?  ¿Cómo puede evitarse el peligro?  La cuestión es tan complicada como pavorosa.  Nosotros no tenemos no espacio ni capacidad para resolverla: Pero hay una cosa evidente: y es que los pueblos revoltosos, los que den a la guerra lo que deben al trabajo y al orden serán los primeros arrollados por esa tempestad.

La hora es solemne, el peligro cierto, las advertencias claras.  ¡Ay de quien las desprecie!

RESUMEN:

La idea unionista, servida primero por la fuerza, luego por convenios entre mandatarios, y ahora por la espontánea aproximación de las ideas y de los intereses.

La tendencia separatista, sirviendo de obstáculo a la federación, convirtiendo las provincias en naciones.

Las ideas liberales y las ultramontanas, buscando y escalando el poder, como un medio de imponerse, y apartándose luego , paso a paso, de la influencia oficial, hacia un campo de lucha independiente.

El hecho monárquico y la idea democrática, luchando entre sí por construir la forma de gobierno, y resolviendo siempre sus luchas en crisis revolucionarias.

El ideal autonomista creciendo hasta establecer en la práctica el principio de no intervención, y dándonos así la paz con los estados vecinos.

Los gobiernos de partido, convirtiéndose lentamente en gobiernos de administración.

En fin, la tiranía, suavizándose por la influencia de la cultura exterior, por la fuerza expansiva de las ideas reinantes, y también por la evolución de las fuerzas internas.

Sean cuales fueren los aciertos o los extravíos de nuestro criterio al mostrar el engranaje y la acción de esos factores sociales, ellos son, nos parece, lo que explican nuestro desenvolvimiento político.  Tomándolos como punto de vista, un historiador hábil sabría mostrar a plena luz el confuso cuadro de nuestra historia, y esa exhibición esparciría claridades bastantes para leer en el porvenir.

Nuestro ensayo aspira a insinuar un plan.  Nada más.

NOTAS

(1)— En el capítulo II, donde dice confederación debe leerse federación.

(2)— Meses antes de que fracasara el pacto de Amapala, combatimos, en una carta abierta dirigida al doctor Rubén Rivera [28 de octubre de 1898], el sistema unionista que representaba a ese respecto no es nuevo.

(3)— Dicen que San Martín, tan grande capitán como Bolívar, y tal vez mejor estadista, deseaba para los pueblos de América el gobierno monárquico.

Sea lo que fuere, y aunque todavía existe un sedimento de absolutismo en el alma indo-hispana, creemos que la monarquía no es ya una forma de gobierno buena para este continente.

(4)— No exageramos al trazar el cuadro de las revoluciones.  En 1894, al pasar la revolución, no quedaba en el país nada que pareciera una escuela [Carlos Ezeta (1890-1894), Rafael Antonio Gutiérrez (1894-1898)].

Lo que en ese ramo había trabajado un hábil ministro desapareció por completo.  Así había desaparecido, cuando la revolución anterior, la obra incomparable del General Menéndez [1885-1890].  En 1890, los soldados de Rivas o los de Ezeta, destruyeron, por antojo el laboratorio de química de la Universidad.  No sabiendo qué utilidad podían sacar de las redomas y vasijas, las rompieron a machetazos.

Hechos así, por centenares.

NOTA FINAL

Este ensayo debía presentarse al certamen iniciado por el Diario de El Salvador para celebrar el octogésimo aniversario de nuestra independencia [1901].  El autor, después de hablar del desenvolvimiento político, no se ha sentido capaz de estudiar el desarrollo social.  Esta segunda fase del tema es muy extensa, y no hay para facilitar su estudio, los valiosos trabajos que tanto ayudan a comprender la historia política.

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