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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez Universidad del Ex-Silio laramartinez.rafael@gmail.com/ https://retired.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Viveza, monopolio de la Muerte

La historia puede reclamar para sí la objetividad absoluta, pero jamás suplantará los homenajes —el logos epitaphios— que las naciones le ofrecen a quienes consideran sus héroes.

A Luis Borja por su apoyo…

Abstract: Four conferences —from a Seminar organized by the Universidad de El Salvador-Santa Ana starting April 25th— build the pillars to the current talk.  First, as a memorial to the founding fathers, literary studies substitute any criticism by a logos epitaphios.  Secondly, fear to any opposite idea eliminates difference, and forbids dialogue between different social groups, with diverse political perspectives.  In third place, dissidence is degraded to a female inferior rank, during a pre-gay historical period when sexuality defines a vast political and natural realm.  Finally, Eurocentrism forgets the existence of any other language and culture outside its own epistemic realm.  The historical legacy of Death belongs to smart political figures —“los vivos”— who adapt the past to the present in order to legitimize their proposal.

Destruimos sus estatuas, los expulsamos del templo, pero los Dioses no han muerto…. CC

Preludio retrospectivo Sexualidad mística masculina en Salarrué

Hace unas semanas ­—exactamente el lunes 25 de mayo— se inició un Seminario de Literatura Centroamericana en la Universidad de El Salvador en Santa Ana.  Yo inauguré la serie de conferencias apuntando cómo a medio camino de la clásica oposición entre la historia y la poética, se sitúa la memoria.  Era justo recordarle a una audiencia salvadoreña que ese día se celebraba el “Memorial Day (Día del Memorial)”, cuando EEUU conmemora a los soldados muertos en combate.  Nada nuevo bajo el sol, desde la deificación mexica a la glorificación actual, el Memorial presupone un responso, un réquiem a los caídos que salvaguardan la integridad de un territorio.  Su extensión imperial.

La historia puede reclamar para sí la objetividad absoluta, pero jamás suplantará los homenajes —el logos epitaphios— que las naciones le ofrecen a quienes consideran sus héroes.  Cada país administra un panteón de próceres nacionales en un estrecho vínculo entre el poder político y la cultura.  Un axioma nacionalista con-funde el acuerdo sobre la identidad social con el recuerdo personal.  Por etimología y rima, no hay recuerdo sin acuerdo, ya que el olvido equivale a la diferencia.  En reflejo de la poética, la memoria presupone que, a su arbitrio, la objetividad selecciona la documentación primaria que somete al análisis.  “Las escenas…se han impreso en mi memoria”, tal cual la sorpresa de la Muerte “con una sonrisa en los labios”, afirma una observación subjetiva directa.  A la lectura de buscar esa fuente primaria olvidada, cuyo único recuerdo lo conserva aquel “perro” que “lamía la sangre de sus amos”.

En gran medida, esta premisa de la conmemoración sacra la reitera la historiografía literaria bajo el término de “los héroes de la pluma” o de la Ciudad Letrada.  Al hablar de las grandes figuras artísticas del pasado, se impone la celebración de los valores nacionales.  La premisa teórica prosigue el mandamiento de “honrarás a tu padre y a tu madre” sin criticar su labor política.  De transgredir este postulado, la condena apunta hacia la exclusión.  El destierro y la censura se le depara a quien no se someta al régimen nacionalista del Memorial poético.  Todo el presente se halla encapsulado en un pasado remoto.  Hacia ese recinto oculto, viaja el nuevo Juan Preciado a rescatar el legado paterno, por un solemne juramento ante el altar de la Matria.  Queda siempre pendiente el rescate de “aquel perro” —Cerbero mediterráneo, Xólotl mexica o Cadejo salvadoreño— quien guía la investigación hacia el Recinto sagrado donde moran los Muertos.  Esto es, hacia la historia como vivencia donde “las voces ideales” siempre provienen de los Muertos.

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En efecto, la tercera conferencia impartida por Amparo Marroquín Parducci giró en torno al concepto de “Otredad” como fundadora de la identidad de lo nuestro.  Esa persona nefasta —quien no participa de manera reverencial en el logos epitaphios hacia los Muertos— merece la exclusión.  Por un autoritarismo arraigado en el miedo, la supresión de la diferencia erige un pilar fundador de la política salvadoreña.  Hay que inculcar el pavor al desacuerdo.  Prosiguiendo esta recomendación, el ámbito político nacional lo resolvería esa realidad que remite en caravana migratoria toda discrepancia de pensamiento.  Sólo la ficción borgeana anhelaría que “todo libro, contenga un contralibro”, esto es, aconseja la necesidad de un debate y un diálogo entre posiciones contrarias.  En cambio, la tónica de lo nuestro consiste en proclamar el diálogo y el hecho social total, gracias al destierro de toda disidencia.

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Más cercana a la conferencia actual, Amaral Palevi refirió cómo se organiza la disensión sexual y la diversidad de género en El Salvador.  De su ponencia resalto dos aspectos claves.  En primer lugar, anotó que hacia principios del siglo XX, bajo el pseudónimo de Fósforo, un escritor solía destituir a sus oponentes por el uso del término de “flor”.  Los remitía hacia lo bello como símbolo de lo femenino, usando el humor, antecedente del “meme” para caricaturizarlos.  De indagar esa palabra en las lenguas antiguas se encontraría que antología denota el Logos o la Recolección de Flores (Anthos).  Si el latín lo tradujo como Florilegium, el castellano como Florilegio, este término pervive en El Salvador actual como Juegos (Logos) Florales (Anthos).  El enemigo sería aquel hombre que —por su gusto de lo bello y por su fina sensibilidad— roza con lo femenino, frente al macho que añora la brutalidad y la violencia.

Lo afeminado remite a un carácter masculino degradado de su fortaleza y vigor intrínsecos —carente de toda verdad— ya que la sexualidad somete al oponente a una posición de subalterno.  Combinando las tres charlas, quién no prosigue las reglas nacionalistas del logos epitaphios debe excluirse de la agenda política —del hecho social total— catalogándolo como “flor”.  Hay que rebajarlo a lo femenino.  Basta leer “El Señor de la Burbuja” (1927) de Salarrué para refrendar que existen dos clases de hombres.  Al “activo y heroico” —lo nuestro y gobernante— se contrapone el “afeminado y pasivo”.  Años después, Napoleón Rodríguez Ruiz acredita esta dualidad masculina en el breve relato “El Nigüita” (1960).  Claramente distingue entre “el fornido, vigoroso, valiente” y el “endeble, frágil, cobarde”.  Al Yo-Macho en el poder se contrapone el Otro-Nigüita, el subalterno y vencido, esto es, el excluido.

Por ello, en segundo lugar, prosiguiendo a Amaral Palevi, resulta difícil trasponer los conceptos actuales hacia el pasado e incluso hacia culturas distintas de la occidental.  Basta revisar el mejor diccionario reciente en lengua náhuat de El Salvador —“Nawat Mujmusta (2019) de Werner Hernández— para verificar el problema.  No registra una palabra para “sexo” ni “sexualidad”.  En verdad, si se revisa la documentación clásica en la lengua náhuatl-mexicana, el único termino consignado es “tlalticpacayotl”, relacionado al náhuat “taltikpak”, traducido como “tierra, cosmos, mundo, universo”.  El concepto más cercano a la sexualidad occidental asegura que este ámbito se extiende a “lo terrestre”.  La sexualidad define las “cosas que suceden en la superficie de la tierra”.  En específico, atañe a la guerra, a la alimentación y, ante todo, a la agricultura como reproducción natural.  Sólo el eurocentrismo de los estudios culturales centroamericanos —el castellanocentrismo de la literatura salvadoreña— anhela que sus investigaciones indigenistas eliminen toda referencia a la filosofía y a la episteme en las lenguas indígenas del istmo.  Tal sería uno de los mayores cometidos del Seminario de la UES-Santa Ana.  Hay que rebasar la dicotomía colonizadora y repensar los legados centroamericanos en el olvido.

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Esta supresión de casi todo análisis de las lenguas indígenas —explicó la cuarta conferencia de Adriano Corrales— genera un rechazo al pensamiento de la descolonización.  Prueba de ello son múltiples artículos que identifica “la primera poeta, cuentista, etc.”, “la primera obra de teatro”, siempre en castellano por el anhelo de inventar una identidad mestiza.  No habría una referencia directa a las lenguas indígenas y a su legado artístico.  Por eso, el teatro carece de una presencia activa de las representaciones populares de los pueblos en la capital salvadoreña.  El culto letrado a las Bellas Artes desdeña el arte popular de cantos, cofradías, danzas, música, etc.  Este despliegue le corresponde a la antropología que —en sus funciones museográficas— debería organizar un festival anual de danzas y teatro, como lo realizó María de Baratta en el Estadio Flor Blanca en 1936.  De esa manera se lograría minar el ideal de un mestizaje absoluto y de un canon literario monolingüe, sin la presencia creativa de lo indígena.  La de un indigenismo sin lengua ni ejidos desde 1882.

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Bajo esta problemática en cuadrivio —logos epitaphios, exclusión del Otro, el Otro degradado a lo femenino, proyección eurocéntrica de todo concepto abstracto— el legado del pasado no puede adaptarse al presente.  La conferencia interpreta tres obras claves de Salarrué (1899-1975), a saber: “Espiral.  Revista de Variedades” (1921-1922), que describe su despertar sexual y su consagración matrimonial, la novela “Remotando el Uluán” (1932), publicada bajo censura de prensa, la cual narra cómo la fantasía máxima del hombre la ofrece el cuerpo sexuado femenino y “Algunos poemas” (1971), que relatan otros amoríos tempranos con adolescentes.

La hipótesis central plantea la dificultad de confiscar la Muerte, al adaptarla al designio de la vida presente.  Junto al logos epitaphios —al edificio de Memoriales— se encuentra la necesidad de amoldar el pretérito a lo actual, como si los conceptos en boga ya los hubieran acuñado “los héroes de la pluma”.  De los múltiples ejemplos —democracia sin voto femenino; indigenismo sin ejidos ni lengua; correlación entre la Ciudad Letrada y el Estado, puestos diplomáticos y administrativos, etc.— la presente conferencia interroga cómo el ámbito de la sexualidad masculina forma una sola unidad con la mística de Salarrué.  “Ella misma me quemaba de placer” expresa tanto una certeza corporal, así como un ritual que propulsa al escritor hacia su experiencia astral (“Remotando el Uluán”, 1932).

En vez de creer que existen dos ámbitos separados —cuerpo y alma; materia y espíritu— se trata de demostrar que estas esferas se reúnen en un cambio constante como el día y la noche.  Se juntan siempre en ese amanecer corporal y en ese atardecer espiritual que reconcilian los opuestos.  Por último, de aplicarle al autor su propia terminología, hay que clarificar su filiación como “heroico y activo” o como “afeminado y pasivo”, antes de toda noción de “homosexualidad” o de “gay”.  Los hombres pertenecen a esa bipolaridad, la cual también se presta a la diaria transformación de los opuestos complementarios.  Tal es la tarea a desglosar, sin el temor perenne de recibir otra vez el símbolo fálico de lo viril, regente político de la virtud y de la verdad única…

En el eco de los sueños, se escucha una “voz ideal” de un Dios que en coro repite.  “No temeré la pasión sensual como un cobarde”, pues “en los momentos de crisis…restituiré mi espíritu ascético”.   “Los labios y la piel recuerdan”.

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