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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez Universidad del Ex-Silio laramartinez.rafael@gmail.com/ https://retired.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Del indigenismo en pintura al marxismo martirial

Mi perspectiva la llamo po-Ética, en dos palabras, ya que funde la poesía con la ética al acuñar ese término en un sentido novedoso. Poesía + Ética = Po-Ética.

Hoy es ayer…Eres los muertos…. JLB

Abstract: Applying a poetic vision of Salvadoran literature, I narrate that quest according to the Rulfean model.  All research marks the journey of Juan Preciado who tracks his deceased ancestors.  From this rescue I recover three key dates: 1882, 1932, and 1975.  If the first corresponds to the Ejido Extinction Law and the rise of a monolingual Lettered City, the second consolidates a nationalist Indigenismo.  The current restitution of both legacies confuses this tradition of anti-Marxist nationalism with the premises of the current left wing, punishing with exclusion and fratricide those who differ.  The devotion to literate ancestors is completed by Roque Dalton’s combat crime, which is perceived as martyrdom.  This crime inaugurates —not a Marxism-Leninism— but a Christian Marxism that coexists alongside the previous nationalism.  A “love entanglement” with literary forerunners adapts every abstract axiom —from Indigenismo to Marxism— to a concrete national heritage, by confusing the general with the particular.  Theories are diluted into the experience lived in a terroir tattooed by history.

QILUS 1

Resumen:  A partir de una visión po-Ética de la literatura salvadoreña, narro esa búsqueda según el modelo rulfeano.  Toda investigación calca el viaje de Juan Preciado quien rastrea a sus antecesores difuntos.  De este rescate recobro tres fechas claves: 1882, 1932 y 1975.  Si la primera corresponde a la Ley de Extinción de Ejidos y al auge de una Ciudad Letrada monolingüe, la segunda consolida un indigenismo nacionalista.  La restitución actual de ambos legados con-funde esa tradición de nacionalismo anti-marxista con las premisas de la izquierda, so pena de exclusión y de fratricidio a quien difiera.  La devoción por los ancestros letrados la remata el crimen en combate de Roque Dalton, el cual se percibe como muerte martirial.  Así, se inaugura —no un marxismo-leninismo— sino un marxismo-cristiano que convive junto al nacionalismo precedente.  Un “enredo amoroso” con los precursores literarios adapta todo axioma abstracto —del indigenismo al marxismo— a una herencia nacional concreta, al con-fundir lo general con lo particular.  Las teorías se diluyen en la experiencia vivida en un terruño tatuado de historia.

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Agradezco a la organización de este evento “Insurgencia Cultural” en honor del poeta español Federico García Lorca (1898-1936), este 18 de agosto de 2020.  Me llamo Rafael Lara-Martínez y hablo desde El Salvador en el Ex-silio, en homenaje a poetas también asesinados como el español.  Me refiero a Roque Dalton (1935-1975), asesinado por su propio grupo guerrillero, así como a Amílcar Colocho (1965-1990) y Amada Libertad (1970-1991), por el ejército salvadoreño.  Mi perspectiva la llamo po-Ética, en dos palabras, ya que funde la poesía con la ética al acuñar ese término en un sentido novedoso.  Poesía + Ética = Po-Ética.

El emblema de esta visión de la historia literaria salvadoreña aplica el legado rulfeano a todo enfoque del pasado.  Se trata del descenso de Juan Preciado al inframundo, a Comala, en busca de los Muertos.  Más precisamente, Juan Preciado rastrea a sus antecesores difuntos.  Anhela arraigar su identidad en el pasado remoto.  Prolonga el presente hacia un pretérito inmemorial que anticipa toda acción futura.  En este deseo profundo, proyecta el presente en el pasado, haciendo de ambas épocas una sola.  Los ideales por realizar en el porvenir, Juan Preciado los imagina brotando de esas sepulturas o legados ancestrales que recobra en su travesía al pasado.  El Mundo de los Muertos florece en futuro, durante ese presente infinito de su encuentro.

Para ilustrar esta travesía hacia lo remoto, me concentro en tres fechas claves de la historia salvadoreña, a saber: 1882, 1932 y 1975, el asesinato de Roque Dalton.   En la primera fecha se decreta la Ley de Extinción de Ejidos que desposee a los indígenas de sus antiguas tierras comunales.  Hacia la época, tal acción se describe como despegue de la producción cafetalera que moderniza el país, gracias al auge de la agricultura capitalista agroexportadora.  Paralelamente se forma un canon literario monolingüe, más castellano-céntrico que España.  Lo indígena interesa en su ideario de forjar símbolos patrios como clichés.  Lo llamaré indigenismo en pintura, ya que inventa un indígena sin lengua ni tierras ancestrales.  Sólo interesa como emblema nacionalista para forjar patria, esto es, al absorberlo en una política oficial de la cultura.

La persistencia de este imaginario letrado pervive aún en el Museo Nacional de Antropología.  El Salvador es quizás el único país del mundo en el cual una figura anti-indigenista y racista —David J. Guzmán (1843-1927)— simboliza la memoria etnográfica.  Mientras en otras regiones del planeta se malogran los símbolos racistas, en El Salvador permanecen incólumes.  Otras figuras cumbres de la Ciudad Letrada —Vicente Acosta (1867-1908), Francisco Gavidia (1863-1955), Arturo Ambrogi (1874-1936), el Ateneo (1912-…)— celebran el auge de la modernización cafetalera, o bien acallan ese descalabro definitivo del legado indígena.  Lo verifica la ausencia de textos en lenguas indígenas, pese a volver su imagen una constante de la literatura y, en seguida, de la pintura nacionalista.  “El náhuat” —el chortí, el lenca…— “más lleno de nosotros, nunca se escribe” (C. Lars, 1899-1974), sirve de paráfrasis a la respuesta literaria a las lenguas indígenas.  Estos idiomas resultan ajenos a la formación de una Ciudad Letrada salvadoreña monolingüe.

Ese mismo indigenismo en pintura plantea otro rubro teórico insospechado.  Contemporáneo de la revolución rusa, acalla o se opone a ese suceso trascendental de la primera mitad del siglo XX.  Sea la lectura del poema “Soter y el bolchevique” de Gavidia —o la defensa del zar Nicolás II (1894-1918) en Alberto Masferrer (1868-1932)— un anti-marxismo o anti-comunismo corona la Ciudad Letrada salvadoreña monolingüe.  No importa que Masferrer proponga un Mínimum Vital generalizado, de educación básica, vivienda, salud, renta, etc.  Este programa social confiesa su distinción radical con el marxismo.  Por ello, antes de 1932, se afianza un indigenismo en pintura anti-comunista que la izquierda letrada actual pretende reciclar en su beneficio.  De asentar la diferencia —reclamo de la lengua, las tierras ancestrales y de un marxismo propiamente dicho— la exclusión de la Ciudad Letrada augura el destino de toda crítica.  Más violenta, la amenaza fratricida —la lucha entre iguales— señala el rumbo unidireccional de casi toda interpretación única actual.  Sin diálogo ni debate racional, reitera el axioma que esa generación de hace un siglo denuncia como legado de la independencia.  Se trata de la lucha a muerte entre hermanos, donde el vencedor inscribe su proyecto político con la sangre.  La sangre aporta la materia prima de la tinta de la nueva historia oficial o, en su defecto, esa materia prima la alimentan las múltiples migraciones.  El Salvador es cuna de migrantes durante casi todo el siglo XX.

QILUS 2

Así sucede en 1932 cuando una revuelta indígena es reprimida en nombre del anti-comunismo.  La reprime un dictador quien se asienta en el poder gracias a la paradoja del anti-imperalismo que inicia el despegue estatal del militar.  No en vano, al apoyo de Masferrer al golpe de estado en diciembre de 1931 lo legitima en defensa anti-imperialista y de soberanía nacional.  Asimismo, el emblema letrado actual del indigenismo —Salarrué (1899-1975)— declara que “los crueles comunistas…sórdidos y rapaces…hablan de degollar” en nombre de “la justicia”.  Varias revistas oficiales como el “Boletín de la Biblioteca Nacional” (1932-…) y la “Revista El Salvador” de la Junta Nacional de Turismo (1935-1939) —bilingüe e ilustrada— testimonian la aprobación que la “política de la cultura” les asigna a las figuras más renombradas del canon artístico nacional.  Por una paradoja de la diferencia, bajo censura de prensa, la dictadura difunde a quienes el siglo XXI considera sus oponentes, mientras la democracia actual carece de publicaciones semejantes.  No edita a sus enemigos.  De existir una memoria histórica, esas revistas las harían accesibles esas mismas instituciones —Biblioteca Nacional y Ministerio de Turismo— para mostrar la apertura dictatorial a la Ciudad Letrada y la censura actual.  No en vano, muchos intelectuales reciben puestos administrativos y diplomáticos durante los gobiernos militares, mientras la democracia los relega a la penuria y al encierro epidémico.  Hacia la época, de atreverse a mencionar a la mujer rural —indígena o afro-descendiente— ella sólo aparece en la fantasía masculina —objeto del deseo— o en la ficción que denuncia el derecho de pernada como prerrogativa del hombre blanco de poder, esto es, la potestad del hacendado.  Impulsada por la pasión, la sexualidad queda excluida de la esfera racional de las ciencias sociales.

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Ejemplo de la censura de prensa dictatorial.  Las publicaciones oficiales difunden los escritos de sus enemigos indigenistas, acción inédita en la democracia actual. Entre el pensamiento radical, anti-imperialista y pro-sandinista, se halla mi bisabuelo, Calixto Velado, editado sin reproche.

QUILUS 5

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Esta breve visión retrospectiva del indigenismo en pintura anti-marxista —emblema de la izquierda letrada actual— plantea varias con-fusiones.  Hay enredos filiales entre el pasado y el presente.  El apoyo a los gobiernos liberales y militares posteriores se juzga como compromiso de izquierda, invalidando el concepto de “generación comprometida” de finales de los años cincuenta.  El anti-comunismo nacionalista se percibe como antecesor de la izquierda marxista actual.  Por ello, al aplicar la perspectiva rulfeana inicial, llamo Juan Preciado a esa proyección e identificación del presente con el pasado.  Lo más Preciado del legado cultural —se presupone— deriva de recobrar esa piedra indigenista en pintura que persiste íntegra en el Páramo de una patria sin matria, es decir, sin lengua materna ni terruño comunal.

En la búsqueda de arraigo —de raíces profundas para la identidad actual— resulta inverosímil creer que el pasado no prefigure el presente.  Que el pretérito no refleje lo actual.  Al admitir lo contrario, la brecha conceptual entre el pasado y el presente obligaría al siglo XXI a declarar su orfandad.  El viaje a Comala sería infructuoso, ya que Pedro Páramo no proyecta la simbología emblemática del presente.  La semilla del entierro ya no germina en la flor deseada.  En esta disparidad se asienta la última fecha, 1975.  Roque Dalton habla sin cese de la lucha de clases y, durante una guerra civil sin precedente, el ejército se ensaña contra los sublevados, en una represión que sobrepasa la de 1932.  Lo atestiguan los múltiples crímenes y la constante violación de los derechos humanos.  En este día de “Insurgencia Cultural”, lo confirman los nombres de Amílcar Colocho y Amada Libertad, entre otros poetas asesinados por el ejército.  En España, lo verifica el juicio contra el grave homicidio terrorista que sufren los sacerdotes jesuitas.

No obstante, el crimen de Dalton anuncia una nota disonante, a contrapunto incierto.  En coro repetitivo, expone la lucha entre iguales.  Ese fratricidio convierte a la “única institución pura” —la guerrilla— en su antónimo criminal.  De nuevo, reina la paradoja de la diferencia, que excluye o aniquila al contrario, en vez de exigir el debate racional.  En esta doble lucha —de clases y fratricida; guerra entre iguales y desiguales— la memoria histórica impone el olvido del archivo.  Por este desdén, ninguna biblioteca pública de El Salvador clasifica la documentación primaria de los poetas guerrilleros caídos en combate.  Interesa que el recuerdo subjetivo —en el presente vivo— sustituya el archivo pretérito.  Siempre inventa generaciones comprometidas, pese a su colaboración con los gobiernos de derecha.  De esta paradoja derivan los símbolos nacionalistas que —como David J. Guzmán — opacan a toda verdadera figura de la izquierda comprometida con una utopía ahora irrealizable.

Por ese renuevo, Juan Preciado continúa su labor de restitución del pasado difunto.  “lo muerto” narra “su propia experiencia” (Dalton).  En esta restauración, el concepto moderno de revolución recupera su sentido original de re-volución o de giro circular en eterno retorno.  Por el eterno retorno de lo Mismo, la pre-Esencia del pasado en lo actual la completa la incorporación de la derecha en la izquierda, viceversa, en un vuelco cíclico astral.  Al indigenismo en pintura anti-marxista, se agrega un responso a los caídos según un ritual periódico.  Al hablar de los Muertos, debe mantenerse un respeto que semeja un Réquiem o misa a los difuntos.  Durante esta acción ritual —llamada estudios culturales o historiografía literaria— el marxismo-leninismo desemboca en una conmemoración martirial.  Ofrece un homenaje a quienes ofrendaron su vida en la búsqueda de un ideal ético superior.  Ligado a una experiencia de vida propia, en un terruño particular —El Salvador— el marxismo reconoce su calidad de verdadera teoría de la historia.  Se halla sometido a ese material vivo que lo encarna en una época y en un territorio particular de la América Central.

Lo llamaré marxismo cristiano, marxismo martirial o marxismo sacrificial.  Su labor consiste en rescatar del olvido a esas figuras mártires cuyo sacrifico —“sacrum-facere, hacer lo sagrado”— preludia los conflictos actuales de una democracia en crisis permanente.  Roque Dalton, Amílcar Colocho, Amada Libertad representan una trinidad sacrificial que se despliega en multitud estelar, como lo ilustra el mural dedicado a “los estudiantes mártires del 25 y 30 de julio de 1975” (Abraham Osorio) en la Facultad Multidisciplinaria de Occidente (reproducido gracias a Luis Borja).  El símil con el antiguo arte sacro testimonia su permanencia en el recuerdo laico universitario.  En síntesis, entre el indigenismo en pintura anti-marxista y el marxismo martirial, se resume el viaje de Juan Preciado hacia el rescate de la experiencia difunta salvadoreña.  Esos muertos perviven en su memoria.

Y, al negarme a morir, a mí —como a cualquier nos-Otro/as que afirme la disidencia— no le queda otro camino que persistir como guanaco errante en este mundo.  Desde los años treinta en T. P. Mechín —“el desecho de la nuestra”— a los setenta en Dalton —“el poeta” disidente “:un idiota”— la diferencia señala la exclusión.  Regida por la re-volución sinódica —eterno retorno de lo Mismo— esta tradición sigue vigente.  La anuncia la dualidad venusina, molendera matinal, Nextamallani, paje-perro en guía nocturno, Xolotl.

QUILUS 6

 

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