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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez Tecnológico de Nuevo México rafael.laramartinez@nmt.edu / https://nmt.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Mis tres almas

No bastaba cambiar los colores de las cortinas, intuyendo que sería varón. Todavía percibo su revoloteo al aire en la ventana semi-abierta.

Antes de nacer, mi madre arregló todos mis enseres de tierno.  De recién llegado.  Antes de nacer, quería que la cuna estuviera lista cuándo llegara.  Para que llegara no bastaba con limpiar el cuarto.  Todavía percibo su entre-luz y penumbra.  Su piso en baldosa decorada que palpaba al gatear.

No bastaba cambiar los colores de las cortinas, intuyendo que sería varón.  Todavía percibo su revoloteo al aire en la ventana semi-abierta.  No bastaba tejer cotorinas en azul-celeste, mi segundo atavío.  Todavía escucho el tintineo de las agujas al tejer.  Antes de nacer.

Tampoco bastaba lavar biberones.  Todavía oigo el sonsonete del vidrio al rozar el lavabo.  No bastaba doblar pañales de algodón.  Todavía siento el primor del tejido nuevo.  Su color blanco rozándome la piel.  Por el tacto penetrante de mi madre.  Antes de nacer.

No bastaba lo material.  Todavía observo mis almas rondando el misterio de la encarnación en un cuerpo humano desconocido.  El cuerpo, mi primer envoltorio mundano; la ropa el segundo.  Todo lo que por hados inescrutables me era dado sin que lo eligiera.  Todo eso que recibía en pensión no bastaba.  Antes de nacer.

Mi madre debía asegurarse que mi cuerpo de recién nacido recibiera alma, espíritu y hálito vital al momento mismo del parto.  Tonalli, yollotl, ihíyotl se encontrarían al instante de darme a luz.  Enceguecido yo, por el alumbramiento súbito, de seguro no ingresarían por los ojos.  Entrarían al acorde por la boca u otra abertura del cuerpo-chicomoztoc, en el momento en que diera el primer berrido.  Llanto inicial, lengua primigenia y almas me brotarían del mismo retoño vital.  En el momento de nacer.

Mi madre arrullaba sonidos extraños para mí.  Para mi boca en monosílabos líquidos.  Quizás para que ese encuentro sucediera.  No lo sé.  Sólo reconocía lo fluido.  En mi estado de renacuajo, de anfibio que flotaba en un océano encerrado.  Pero familiar, tibio y acogedor.  Antes de nacer.

Escuchaba sus latidos, mis aletas se volvían brazos.  Mis piernas listas al buceo.  Oía su voz, mis branquias se volvían pulmones.  Los sonidos obraban una magia anfibia.  Entretanto mi madre revisaba los nombres que recibiría, uno por cada alma que poblaría mi cuerpo.  De batracio me volvía homúnculo.

Los nombres los anotaba en un cuaderno.  Todavía escucho el rasgar del bolígrafo en el papel reacio.  La tinta azul marina que teñía lo blanco a rayas.  Que colorida me nutría de letras como la sangre roja.  Rojo y azul eran mis colores.  Antes de nacer.

Pero algo sucedió en el trayecto de la casa al hospital.  Mi padre conducía un studebaker sin muchas pretensiones.  De motor y paso confiable.  Algo sucedió.  No estoy seguro por más que reflexiono.  Pero tengo presentes los sonidos de esa madrugada del 12 de marzo.  Por fortuna, este sino sería mi tercer nombre, mi tercer alma.  Sólo un día me salvaba de la superstición del mal agüero.  El 12 de marzo.

Algo sucedió.  El revoloteo de un colibrí en las flores del jardín.  El transitar de un tacuazín en el árbol de mango manila que daba sombra al comedor.  El roer de una iguana en el árbol de guayaba perulera.  El aleteo de un dichosofuí en la enredadera del garaje.  Algo sucedió.

No lo sé.  Pero algo sucedió.  El cruce de un par de tenguereches juguetones al bajar de la casa hacia la carretera.  O quizás el simple bolero de Agustín Lara que sonaba en la radio.  Mi padre lo canturreaba.  No lo sé.  Pero algo sucedió.

Algo sucedió.  Porque a la hora del parto.  A la hora del parto, mientras mi padre fumaba un kent en la sala de espera.  Mientras mi madre forcejeaba por expulsarme de mi retiro cavernoso, tibio y placentero.  Algo sucedió.  Algo sucedió que al salir el sol se volvió una bola roja sin rayos.  Una esfera opaca, rodeada de humo o de nube.  Lo que es lo mismo.  De tierra hecha cielo.  De cielo hecho tierra.  De cuerpo aspirando almas.  De almas inspirando un cuerpo.

El sol 5

El sol tras el humo opaco

Algo sucedió.  El llanto no coincidió con el estremecerse de mi madre.  Con el fumar nervioso de mi padre en su caminar en círculos.  Como reloj apurado.  Los tres movimientos se dispersaron.  Como mis nombres esparcidos.  Un nombre hospitalario y trashumante.  Otro nombre imperial y de hacendado distante.  El último nombre de buen agüero y dichoso.  Un sino trazado antes de nacer.

Se produjo una disonancia de sonidos, de nombres y de movimientos.  Un hado irremisible que me impulsaría a la dispersión.  A la falta de enlace de mis nombres y de mis almas.  De Cuzcatlán a Aztlán; de Mejicanos a México, de Comasagua a Comala, de Bastión a la Bastilla…  La disonancia de un trío a cuerdas sin acorde.   Tal discrepancia me habitaba.  Se inoculaba en mi sangre de renacuajo a homúnculo.  Antes de nacer.

Algo sucedió.  Los hados me dictaban la disgregación.  El desmembramiento de cabeza, tronco y extremidades.  El polvo errante de mi cuerpo vivo vagaría.  Vagaría al ritmo de la brisa dispersa.  De los vientos huracanados.  Vagaría hacia varios rumbos.  Vagaría fragmentado antes de nacer, con un cuerpo en fractales, tal cual el destino nacional que los hados me encargaron vivir.  Se marcharía al exilio para completar un fragmento mínimo de la nación.

Mi cuerpo lo veo arraigado en Père Lachaise entre las flores que cubren a Jim Morrison y el olvido de un Job sin vela.  “Sin Leteo que las penas borre”.  Lo veo radicado en el lugar de los ilustres, en un sitio familiar y cómodo, sin mayor mausoleo.  Lo veo avecinado en la calles estrechas, empolvadas de Comala, entre el susurro de las piedras.  Y el abrazo de los nopales.  Siempre despedazado.  Antes y después de nacer.

Mis tres nombres sueltos, mis tres lugares de reposo.  De vagabundeo en vida, en muerte y en existencia perenne, antes de nacer.  Y  después de morir.  De vagabundeo al son de los magueyes, del amate y de los castaños.

Si cambiar de espacio fuese cambiar de cuerpo…  Pero mi cuerpo desiste de toda muda profunda.  La que le imponen las tres almas.  Si desiste reacio al cambio, renuevo día a día mi segundo envoltorio, la ropa.  Me creo ilusiones, esperanzas de cambio.  Mudo el envoltorio del cuerpo como lavaría el atuendo de las almas.  Si  tan sólo pudiera.  En breve cambiaría de cuerpo como cambio de ropa.

Según las tres estaciones de mis nombres, me dotaría de tres cuerpos.  Uno en lino sutil   para el verano caliente.  Otro de algodón para la primavera y el otoño frescos de Comala.  Y un último cuerpo de lana en tweed, resistente, para los inviernos inclementes del altiplano.

De seguro, me cambiaría de cuerpo por temporadas.  Como limpio ropa y me decoro a diario.  Según las inclemencias del tiempo.  Cambiaré con la desenvoltura cirujana que me cortó la placenta.  Como me castraron el cordón umbilical.  Como mi cuerpo quedó mutilado luego del nacer, del llorar y del vivir a la intemperie.  Sin líquido ni cueva.  Despojado de lo vital.  Antes de prepararme a ex-sistir, ya que antes sólo in-sistía.  En el líquido de la cueva uterina.

Ignoro por qué el destino me lo niega.  Me niega que el embalaje de las almas se mude igual que el atuendo del cuerpo.  Igual que lo habitaron las almas que lo animan.  Pero al lograr el cambio.  Al lograr la muda de este accesorio material, afirmaré el libre arbitrio en pleno.  La libertad absoluta de lo corpóreo que me esclaviza.

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Purificación de tres almas en “Veranasi”, M. F. Husain

Al instante, los hados me dictan la fatalidad sinuosa que me oprime.  De un solo cuerpo perforada y endeble.  Hilvanado a retazos.  Sin la destreza del sastre, el médico lo remienda.  Lo zurce hasta dejarlo a la moda actual en su calva lustrosa.  Lampiño de su abrigo añejo.  Slim fit en su delgadez escuálida.  Para hacer del triunvirato de las almas una sólida piedra en su afán de lama.  De limo y de lino que en su textura invadan el porvenir de mis días.  Que lo pueblen hasta el menguante y el ocaso.  De mis tres almas y vidas en vilo.  Hasta antes de nacer de nuevo.

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