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Rafael Lara-Martínez

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Rafael Lara-Martínez Tecnológico de Nuevo México rafael.laramartinez@nmt.edu / https://nmt.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Independencia: celebración en olvido de las víctimas

Asimismo, quienes denuncian las masacres cometidas en nombre de la libertad ocupan posiciones gubernamentales y diplomáticas de similar cuantía.

Olvidamos el hecho…todo el pasado.  Alberto Masferrer (1901)…¿No veis cómo se matan hermanos con hermanos?, José Llerena (1921)

I. Conciencia cívica y conciencia pacifista

Hace más de cien años en El Salvador, al tiempo que se desarrolla una conciencia cívica por celebrar el primer grito de independencia (1811), surge otra conciencia pacifista crítica.  Mientras el civismo festeja y se dedica a escribir elogios poéticos del pasado, el pacifismo reflexiona sobre una hecatombe que, por obligación patriótica, permanece bajo el silencio.  La libertad se traduce en el derecho de matar al enemigo, al compatriota vencido.  A la lectura de juzgar si esta acción —que elimina toda diferencia— la recicla la guerra civil.  La perpetúa el presente, sea por el crimen o por la exclusión de la diferencia.

“El espejismo de mil ochocientos veintiuno —asonada que «casualmente», sin un gesto heroico, saludamos como nacimiento de la Patria— [es una] ficción deslumbradora de soberanía [cuya] fatalidad [produjo] matanzas y debates fratricidas [en pueblos que] jugaban a la libertad, como jugar a las muñecas [con] sus manos manchadas de sangre”. (1)

La intelectualidad salvadoreña no se presenta unificada bajo una sola posición frente al primer grito y a la doble independencia (1821, independencia de España y 1823, independencia de toda potencia extranjera).  En cambio, se define por un debate que oscila del carácter festivo y panegírico a la denuncia de las masacres que se justifican en nombre de la libertad republicana y de la autonomía política.  A la perspectiva trágica de Dols Corpeño, se contrapone la apología cívica a los fundadores de la patria en sus “virtudes” y “sin mancha […] para que a su presencia se exalte mi fantasía”. (2)

Pese a su discrepancia, ambas posiciones colaboran de cerca con los gobiernos nacionales en turno.  La participación en puestos diplomáticos, administrativos o, simplemente, de apoyo intelectual, revela la estrecha colaboración entre el estado y la ciudad letrada.  A la vez, descubre la apertura de los gobiernos de principios del siglo XX frente a un debate que al presente permanece ignorado.  Acaso los inicios de la historia oficial permiten discusiones que la globalidad y la democracia actual censuran, al menos en la versión estatal de la historia.

Los poetas que escriben panegíricos a la patria, a su nacimiento heroico y libertad suprema reciben amplias glorias oficiales.  Al más importante de ellos, Francisco Gavidia, se le otorga un constante homenaje unas dos a tres décadas después, cuando sus ideales liberales republicanos los realiza la presidencia del general Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944) en la práctica administrativa. (3)

Asimismo, quienes denuncian las masacres cometidas en nombre de la libertad ocupan posiciones gubernamentales y diplomáticas de similar cuantía.  Los más renombrados se llaman José Dols Corpeño, primer presidente del Ateneo de El Salvador y miembro del servicio diplomático durante Martínez, y Abraham Ramírez Peña, abogado y diplomático de gobiernos anteriores, al igual que novelista de obras inéditas en el país. (4)

No obstante, paulatinamente, la existencia misma de una conciencia pacifista la destierra una hegemonía liberal —una “instrucción cívica y moral práctica” gubernamental— que la considera “anti-patriótica”. (5)  En la inventiva histórica triunfante, “las ideas extremas de los partidos socialistas y antimilitaristas” que se arraigan en “las masas populares” menoscaban “el sentimiento innato, el dogma inmortal del amor a la patria”. (6)  Igualmente anti-patrióticos, David J. Guzmán juzgaría los ideales indígenas comunales, ya que el principio “eterno” de la propiedad privada engendra la “idea” misma de “patria”. (7)

Por un neto hispanocentrismo, resulta notable que nadie mencione el año de 1882 —la Ley de Extinción de Ejidos— ni se interese en transcribir las lenguas indígenas salvadoreñas.  En cambio —lo certifica Salvador Turcios— la denuncia al imperialismo yanqui la corona la “acción patriótica ferviente” que declara los “ejidos” como causantes de “males y atraso de la industria agrícola”. (8)  La celebración anual del Día de la Raza confirma esa unidad ideológica entre el anti-imperialismo y un (anti)indigenismo que desdeña los derechos fundamentales de la lengua y de las tierras ancestrales.

Para refundar la nación salvadoreña, la historia oficial por venir debe asegurarse que toda cuestión indigenista de reclamo sobre las tierras del común, las tesis social-comunista y pacifista se eliminen de la conciencia ciudadana como “anti-patrióticas”, según el dicho del influyente intelectual que nombra el Museo Nacional de Antropología (MUNA) hasta el presente: David J. Guzmán.  La patria significaría la defensa de la propiedad privada, un capital orientado por la ciencia, al igual que el resguardo financiero de lo militar.  Su antónimo se llama José E. Suay, para quien la disparidad entre “20.3% que absorbe al Cartera de Guerra y Marina” contra el “5.65% de la Cartera de Instrucción Pública” requiere construir un “equilibrio económico”, orientado hacia la instrucción pública. (9)

Esta triple acometida contra el indigenismo, socialismo y pacifismo pedagógico triunfa y se vuelve creencia indudable por más de un siglo.  Hasta el presente, nadie considera lícito recobrar la memoria de las víctimas que provoca la independencia fortuita.  Si el inicio del siglo XX propone un debate entre el elogio cívico-militar y la crítica pacifista, el presente borra la carencia de un proceso de luchas (hiato de 1811 a 1821 y 1823), la evidencia de las masacres post-independentistas y la denuncia de todo muerto inocente.  En nombre del festejo nacionalista, hay que olvidar.  Alejandro Dagoberto Marroquín lo establece de manera tajante en su monografía sobre Panchimalco (1959: 97-98).  No hay una “consunción” de “la población indígena…causada a raíz de la conquista”.  En cambio, el declive sucede de 1807 a 1860, debido a “el reclutamiento forzoso” para las guerras intestinas que abundaron tanto en el siglo XIX”.  En esos conflictos bélicos, su “destino” era servir de carne de cañón

En este bicentenario (2011), importan los héroes inventados, la ilusión redentora y, con una crisis económica mundial sin precedente, la exaltación de lo heroico en un pasado opaco.  Ante la celebración actual, la conciencia crítica reclama que “el acto político del 15 de septiembre [de 1821] no fue propiamente la proclamación de la independencia […] porque la autoridad surgida estaba […] controlada por la llamada nobleza, el clero, los altos empleados y los criollos españolizantes”. (10)  Su consecuencia más patente son “los sombríos territorios de nuestra Historia, del año 1821 al presente” que el bicentenario nos aconseja olvidar. (11)

YLUS

II. El Ateneo de El Salvador y las masacres post-independentistas

Pidamos una palabra a esas pirámides de calaveras que se alzan en las llanuras. (12)

Ante la memoria selectiva, rescato el despegue del Ateneo de El Salvador en diciembre de 1912, cuyos socios fundadores poseen una conciencia testimonial más lúcida que la actual del trágico siglo XIX.  Si el presente observa una apoteosis por la autonomía, los primeros ateneístas denuncian las constantes guerras fratricidas en nombre de la libertad y las matanzas que se justifican por ideales abstractos, desleídos en la práctica cotidiana.  Dols Corpeño asienta la pauta para juzgar la historia más allá de la alabanza cívica.

“Caudillaje y tiranía” reinan “en el campo libre, campo de lucha de la codicia y de la desvergüenza humana, de la matanza y de los debates fratricidas”. (13)  Ante la mortandad generalizada, en unión borgeana de los opuestos, no se sabe quién es traidor, quién es héroe.  Y “La Gloria” republicana nos confiesa: “he visto sus manos manchadas en sangre.  ¿Cuál es Caín?  ¿Cuál es Abel?  ¿Cuál es Judas?  ¿Cuál es Jesús?  —No sé… Profundo silencio”. (14)  Lo insigne se confunde con lo villano, la libertad con la sumisión, ceñidos ambos por una oscura violencia bajo la cual los hechos y valores “son pardos” (proverbio popular, “de noche todos los gatos son pardos”, léase, “bajo la violencia generalizada, todos lo valores son pardos”).

Bastan tres citas adicionales de los dos ilustres ateneístas mencionados —Dols Corpeño y Ramírez Peña— al igual que de su colega Adrián M. Arévalo, para evaluar esa conciencia pacifista que la actualidad desea ocultar en olvido de las víctimas.  Arévalo describe el regodeo mórbido frente a las víctimas enemigas, es decir, la pulsión de muerte como promotora de la libertad nacional.  El terror de los invasores guatemaltecos lo combate la barbarie de los defensores salvadoreños que se deleitan en quemar vivos a los contrincantes, al “hermano centroamericano”.

“Achicharrar a los malditos chapines que caigan en la trampa, cuando ya estén bien borrachos.  —¡Qué idea más peliaguda! […] saliendo bien la cosa, no importa como dices, pegarle fuego a la tal casa, que por cierto está bastante vieja, ya que sus llamas tostarán a unos veinte miserables.  Qué lástima que no sean más […] momentos después, grandes llamas se alzaban esparciendo su luz siniestra por aquellos alrededores”. (15)

Dols Corpeño y Ramírez Peña diseñan una tortuosa línea cronológica que conduce de una gesta independentista fortuita a guerras fratricidas y “carnicerías humanas sin por qué ni para qué”, en los mismos sucesos históricos que nuestra actualidad celebra en apoteosis. (16)  “¿No veis cómo se matan hermanos con hermanos?”. (17)  Mientras la conciencia pacifista denuncia las matanzas justas en nombre de la libertad y de la república liberal, el civismo que la actualidad canoniza apremia a la guerra y al militarismo.  Los versos “¡oh pueblo!, alza tu brazo/Y lucha y vence, o muere,/antes que profanadas e iracundas/huyan las santas sombras y nos dejen” contrastan con las citas siguientes. (18)

“Ya eran eco lejano los acontecimientos reseñados [de 1814] cuando vino intempestivamente el amanecer de la Patria soñada […] el acta de Independencia […] no sintetiza el ideal supremo de los próceres de 1811, porque no se adoptó la resolución firme y categórica de declarar la forma de Gobierno, sino que se dejó a la deliberación de un Congreso […] los hombres de 1821 no estaban posesionados de la doctrina republicana y abrigaban temor a la  democracia.  Tampoco era firme su propósito de libertad […] el espíritu monárquico vivía latente en la sociedad […] cuatro meses después tuvo Centroamérica su primera caída, al consumarse […] su anexión a México […] y guió ese atentado la aristocracia monárquica de Guatemala […] tras un violento forcejeo el 24 de junio de 1823 se logró sellar la segunda independencia [la cual] comprobaba la falta de unidad y la anarquía en los principios […] la Constitución Federal decretada el 22 de noviembre de 1824 [establecía] hermosas teorías [al lado de las cuales] los patriotas pusieron las bases de la anarquía […] al llegar como primer Presidente de Centroamérica, Manuel José Arce en abril de 1825 [se convirtió] en manzana de la discordia y quizás causa del sangriento desbarajuste […] es él ejemplo de la tiranía y la inconsecuencia [del] incremento del sangriento separatismo [seguido por la dictadura de] Mariano de Aycinena […] éste en su esfera y Arce en otra, sentaron el precedente de la guerra civil, de 1827 a 1829, una época horrenda”. (19)

«Estamos próximos a cumplir cien años de vida independiente, y ¿qué hemos hecho durante tanto tiempo?  Destruirnos mutuamente […] ¿Cuál será el legado que el siglo viejo dejará al nuevo?  El recuerdo de tantas guerras sangrientas en las cuales el hermano mató al hermano, el padre al hijo y el hijo al padre […] Nuestra historia patria [es] reseñas horripilantes de combates que fueron verdaderas matanzas.  En el parte que el general Santiago González comunicó al ministro de la guerra el día 28 de febrero de 1863 se leen estos párrafos: “el campo de Coatepeque, al anochecer del día 24 de febrero era un vasto osario: el campo enemigo cubierto de cadáveres y heridos, el cielo ennegrecido por la pólvora, la desolación y la muerte por todas partes”.  Más adelante dice: “La mortandad que sufrían las tropas guatemaltecas era espantosa” […] causaba verdadero horror el campo de Coatepeque a la vista no sólo del número de muerto, sino también por el estado de ellos: por todos lados se encontraban miembros humanos, ya una cabeza, ya un brazo, una pierna, hombres divididos en dos partes, estragos cauzados por nuestra artillería, que con tanto acierto dirigieron los oficiales Biscouby y Vassel dignos de recomendación”». (20)

La celebración del Centenario del Primer Grito de Independencia y de la Independencia misma no ofrece la imagen de una generación monolítica con un solo pensamiento cívico de festejo frente a los acontecimientos que desembocan el nacimiento de la patria.  Por lo contrario, hacia la época, la historia oficial permite disensiones que el presente democrático se niega a documentar.

III.  Término

La independencia constituye un problema, un serio problema sin resolución inminente para “la paz de Centro América”.  “Sin sangre, lágrimas ni penas”, llega casi de manera fortuita ni luchas internas para lograrla.  “La fraternización de Barrundia, Molina, Delgado (amigo de Peinado) y los otros próceres [con] los Aycinena, Beltranena y […] tradicionalistas” produce “una vida [independiente] turbulenta y azarosa”. (21)  Su prima causa la expresan guerras fratricidas y despiadadas que anhelan imponer valores abstractos supremos por una práctica armamentista despiadada, en un país dividido a muerte desde sus orígenes.

La cuestión pendiente no consiste en saber si existe una conciencia cívica que de gala celebra el (bi)centenario,en breve 2021.  El dilema presente interrogaría también a otra conciencia pacifista acallada, la cual no desdeña a las víctimas de las guerras post-independentistas.  Con rigor historiográfico, el pacifismo reflexiona sobre el destino trágico de todos aquellos muertos inocentes en nombre de la libertad.  La “SUMMA LIBERTAS” es un “sarcasmo” cuyo objetivo último es el olvido, ya que “siempre se ha hermanado el ideal de la libertad con la sed de sangre de los vencedores”. (22)

Acaso hay países en los que el recuerdo es una traición de la historia y el olvido, el principio que debe regirla.  Sólo olvidar la manera selectiva de recordar podría inaugurar una nueva memoria.  Por el momento —lo demuestran las caravanas —expulsiones hacia el norte; retrocesos hacia el centro— el limbo poético guarda los archivos indeseables.

Notas

(1)  Dols Corpeño, Patria, 1914: 9, 12, 14 y 19, ensayo laureado.

(2)  Castro, 1911: 79 y 83.

(3)  Sobre los reiterados galardones a Gavidia, véase: La República.  Suplemento del Diario Oficial, 1932-1944.   Esos premios oficiales demuestran el estrecho enlace entre el indigenismo literario y la política de la cultura.

(4)  Almas grandes (1912) y Cloto (1916), esta última de gran actualidad por su tema sobre las “maras” o pandillas.  Asimismo, desde una perspectiva actual de género, sólo la ficción documenta cómo el derecho de pernada coexiste junto a la independencia.  La violación legal de adolescentes “vanidosillas” la ejerce un hacendado, en cercanía política con el “Benemérito Libertador” (A. Ambrogi, El jetón, 1936).  Décadas antes de acuñar el término legal de “acoso sexual”, el patrón y hacendado le impone su violencia masculina a toda aquella mujer subalterna que “se la pidió el cuerpo” (10).  El tema de la violación —derecho jerárquico del hombre— la ficción lo consigna en su enlace nodal entre el poder político, el financiero y un afamado prócer.  La independencia viril prolonga la dependencia de la mujer como objeto del deseo.  Esta colonización corporal —tabú de la historia— la despliega su esfera complementaria, la poética.

(5)  Guzmán, 1914: 194.

(6)  Guzmán, 1914: 141 y 167.

(7)  Guzmán, 1914: 141 y 194.

(8)  Turcios, Ateneo, diciembre de 1912, octubre de 1915 y marzo-abril de 1916.

(9)  Suay, 1911: 7.

(10)  Turcios, 1917: 27.

(11)  Turcios, Al margen, 1915: 28.

(12)  Dols Corpeño, 1914: 36.

(13)  Dols Corpeño, 1914: 19.

(14)  Dols Corpeño, 1914: 30.

(15)  Arévalo, El 63, 1916: 150-151.

(16)  Ramírez Peña, 1910: 95 y 182.

(17)  Bustamante, poeta laureado, en El libro, 1921: 14.

(18)  Gavidia, 1974 : 255.

(19)  Dols Corpeño, 1914: 53-57, 60 y 64.  Lo secunda Turcios, 1917: 27 y 37, para quien “la verdadera independencia ocurre el 1o de julio de 1823, una fecha que la actualidad olvida.  Sólo “el artículo primero” de la “Asamblea Nacional Constituyente” declara la autonomía real de Centro América.  “Que las expresadas provincias (de Centroamérica), son libres e independientes de la antigua España, de México y de cualquier otra potencia así del antiguo como del nuevo mundo, y que no son ni deben ser patrimonio de persona ni de familia alguna”.

(20)  Ramírez Peña, 1910: 11-12 y 40-41.

(21)  Turcios, Ateneo, octubre/1913: 392.

(22)  Dols Corpeño, 1914: 71.  Al olvido de las víctimas, se añade la convención de todas las vertientes políticas por erradicar lo africano de la nación salvadoreña.  Empero, esta negación la desmiente la documentación primaria para 1811.  “Había un gran motín o molote de pardos […] muchos mulatos del Barrio de abajo y a quienes cabeseaban o capitaneaban el Negro Franco Reyna, Juan de Dios Jaco y Tiburcio Moran” (García, 1940: 16 y ss.)

Bibliografía

Ambrogi, Arturo.  El jetón.  San Salvador: Diario La Prensa, 1936.  UCA-Editores, 1976.

Arévalo, Adrián M.  El 63.  Episodios Nacionales Histórico-Novelescos.  San Salvador: Imprenta         “Arévalo”, 1916.

Ateneo de El Salvador.  Revista de Ciencias, Letras y Artes.  Órgano del Centro del mismo nombre, 1912-1921, 1926 y 1944.

Castro V., Rafael.  Próceres.  Documentos y datos históricos.  San Salvador: Tipografía Salvadoreña,     1911.

Dols Corpeño, José.  Patria.  San Salvador: Imprenta Nacional/Biblioteca del Ateneo de El Salvador, 1914.

El libro de los juegos florales (centenario de nuestra independencia, 15 de septiembre 1821 – 1921).  San       Salvador, Estado de El Salvador, Centroamérica: Imprenta Nacional, 1921.

García, Miguel Ángel.  Procesos de infidencia contra los próceres salvadoreños de la independencia de           Centro América.  San Salvador, Imprenta Nacional, 1940.

Gavidia, Francisco.  Obras.  San Salvador: Imprenta Nacional, 1913.  Obras completas.  San            Salvador: Ministerio de Educación, 1974.

Guzmán, David J.  Comentarios sobre instrucción cívica y moral práctica y social.  San Salvador:                Imprenta Nacional, 1914.

La República.  Suplemento del Diario Oficial, 1932-1944.

Marroquín, Alejandro Dagoberto.  Panchimalco.  San Salvador: Editorial Universitaria, 1959.

Ramírez Peña, Abraham.  Por la paz de Centro AméricaEstudio pacifista.  San Salvador: Centro       Editorial Meléndez, 1910.

—.       Almas grandes; ensayo de novela regional.  San Salvador: Imprenta Meléndez, 1912.

—.       Cloto, novela.  Barcelona: Ramón Sopena Editor, 1916.

—.       Sucinta historia de los juegos florales; discurso.  Octubre de 1919.  San Salvador:   Imprenta Nacional, 1920.

Suay, José E.  La organización económica de El Salvador.  San Salvador: Imprenta Nacional,   marzo-abril, 1911.

Turcios R., Salvador.  Al margen del imperialismo yanqui.  San Salvador: Talleres       Tipográficos    de Dutriz Hermanos, 1915.

—.       El prócer doctor José Matías Delgado.  San Salvador: Imprenta Nacional, 1917.

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