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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez Tecnológico de Nuevo México rafael.laramartinez@nmt.edu / https://nmt.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

De adivinanzas: Ciencia vs. Consciencia lingüística (VI)

El paso de la palabra al objeto —del representante sonoro al objeto representado— señala un neto cambio de nivel.

III.  II.   Ejemplos adicionales

Dos ejemplos adicionales coronan la descripción previa de los dientes —guardias de la boca parlante— y la imagen del algodón en la sección I.  Vecinos de la lengua mentirosa, los caninos se imagina en “soldados de marfil”, acaso quienes salvaguardan el sentido académico y letrado contra la desviación popular.  No obstante, los incisivos también se visten de hábito religioso.  Al unísono forman un coro que dispersa la unicidad prescrita por un revoloteo constante.  El enlace sonido-sentido lo expresa la inquietud en vaivén de las abates en su canto.

Blancas monjitas alineaditas
Formando coro vienen y van;
Son graciositas, pequeñitas,
Y pocas veces quietas están = los dientes.

De la vigilancia policíaca del sentido —del mordisco conservador, “soldados de marfil”— la nueva adivinanza intuye el libre arbitrio lingüístico: vaivén, inquietud y coral en humor.  La lengua hablada es ju-Ego.  Marca el paso y el contraste entre la lingüística del código y la del discurso.

Esta misma pluralidad descriptiva la explaya el algodón.  Mientras el ejemplo citado en la sección “I.  Del sonido al sentido” acentúa la reconversión sonora en significado —algo Don = algodón— el par siguiente describe el objeto en sí.  De lo meta-lingüístico ­—las palabras hablan de la palabra— la adivinanza culmina en una doble descripción del producto agrícola.  Primero lo imagina proyección del Cuerpo divino con “pelos” y “costillas”.  Luego lo concibe artesano costurero a cabeza color de su propio hilo.

Jesucristo, Rey del cielo,
Sembró un árbol en el suelo,
Para mostrar su maravilla;
Por dentro le puso pelos
Y por fuera las costillas = el algodón.

Mi cabeza es blanca,
Puedo hilar y no tengo dedos = el algodón.

El paso de la palabra al objeto —del representante sonoro al objeto representado— señala un neto cambio de nivel.  Si la lingüística habla de fonología y semántica, la adivinanza plantea ese ascenso del sonido al sentido referencial como lapso del juego con el significante al principio descriptivo.  Este siguiente ejemplo final de la mesa —me-ésa, “(to) me-that”— lo hace explícito.  De nuevo, el juego entre el sonido y el sentido culmina en una descripción ingeniosa del objeto, el referente tangible del signo.

A pesar de tener patas,
No me sirven para andar,
Tengo la comida encima
Y no la puedo probar = la mesa.

Asimismo sucede con “sebo-olla; fat-pan”, la cebolla/onion, cuyos sonidos se recomponen en una descripción unitaria de su origen agrícola a su destino culinario.

En el campo soy nacida,
Atada de verdes lazos,
El que llora por mí,
Me está haciendo pedazos = la cebolla.

III.  III.  Humanos de tecomate

Podría suponerse que la presente relevancia cultural de un objeto o idea la haría más atractiva al juego de palabras.  Empero, las trescientas sesentaicinco (365) adivinanzas desmienten la predicción, al concentrar su esmero en otros artículos ahora en el olvido.  Los productos agrícolas culturalmente simbólicos —maíz, frijol, ayote/calabaza, etc.— casi no aparecen como susceptibles del enigma sonoro.  Igualmente, la afamada culinaria actual —pupusas, curtido, etc.— se halla ausente.  Acaso, el algodón, el morro, el aguacate, etc. posean una amplitud mito-poética que el presente ignora.

Sin ofrecer un principio explicativo rector de la creatividad popular selectiva, simplemente esta reseña cuestiona que la elección de palabras y de su referente las predetermine un simbolismo cultural, categórico y vigente.  Quizás, la referencia cultural del pasado represente la faceta oscura de la memoria histórica actual.  En su olvido, ese registro completa la identidad de una historia sin archivos fijos, tan volubles como la voluntad que anhela reflejar el presente en el pasado.

Por ello, el tecomate aparece en un singular juego de palabras que demuestra de nuevo la disparidad entre los recortes significantes de la lingüística y la visión creativa del hablante anónimo.  Igualmente, por el principio descriptivo, la misma vasija —calabaza a cuello estrecho— recibe características singulares quien, de compañera de trabajo, acaricia a su dueño.  Asimismo recobra dotes animales imprevistas por el movimiento ondulado de su forma y por la manera de asentarse.  En términos lingüísticos formales, las adivinanzas transcurren de la morfología traviesa a la descripción subjetiva del objeto.  Sustituido por el plástico, ya sólo subsiste en el olvido.

Teco me debe un real,
Y se esconde para que no lo mate = el tecomate.

A mi amo al trabajo
Acompañarlo me toca,
Y si quiere que le sirva
Me lleva y besa la boca = el tecomate.

¿Qué será aquello que corre como
culebra y se sienta como conejo? = el tecomate.

Por ello, habría de rescribirse la famosa novela “Hombres de maíz” (1949) de Miguel Ángel Asturias, sustituyendo el alimento cotidiano por el tecomate, quien en los clásicos mitos náhuat expresa la dispersión de la semilla hacia los diversos rumbos del universo geográfico.  De nuevo, el derrame no sólo refiere la siembra que esparce el grano por los surcos, a la espera de la cosecha.  A la vez, connota la diversidad cultural y, por tanto, la multiplicidad de sentidos e interpretaciones de la realidad misma.

Los seres humanos provienen del tecomate.  Descendientes de los Tepehuas, entre la lluvia y los cerros, se dispersan por el mundo en neta alegoría del Big Bang o proliferación infinita de los significados.  En otro entronque inédito entre la literatura popular —náhuat, ahora— y el canon formal, el cubano José Lezama Lima intuye que el cuerpo es una corporación de miembros autónomos cuya mutilación le concede la independencia a sus partes.

¿Por qué no empleas el arte de la magia en darle vida a los muertos [a la historia nacional]? […] Se le pedía siempre al finalizar, los números de fácil virtuosismo: el de la decapitación […] Quería que el festival [de la identidad nacional] comenzase por el acto de la decapitación [por la migración de sus partes autónomas y sentidos diversos] (José Lezama Lima, “Juego de decapitaciones” en “El reino de la imagen”, 1981: 141).

Como en el mito náhuat —“La mujer en fragmentos”, recopilado por Leonhard Schultze-Jena (1930)— los trozos escindidos actúan a libre arbitrio y, arraigada en la cabeza (tzuntecumat), la voluntad reproductiva estalla en una infinidad de semillas.  Pese a provenir de un tronco común, su dispersión semeja esa estampida cuyo cauce —a sonido único— emigra hacia múltiples afluentes del sentido.  Si en la mito-poética náhuat el descuartizamiento materno engendra la pluralidad infantil.  Si en Lezama Lima imagina la nación en cuerpo decapitado, las adivinanzas endosan ambos veredictos al cercenar los sonidos a su arbitrio, hasta otorgarles un sentido preciso muy distinto del original.

Como Mallarmé —quien levemente insinúa los objetos y las ideas— los acertijos inculcan una sabiduría musical.  Incluso las cosas mudas e inertes ­—piedra, semilla y hueso— retoñan en sonoridad viva.  Su sinfonía aguda convoca significaciones culturales disímiles.  Sólo una escucha atenta descifra cómo la misma materia abona paradigmas en conflicto.  Si el sedimento tangible de la lengua no lo podan nuevas paráfrasis en incógnita, jamás habría futuro.  Sólo habría un eterno retorno de lo mismo, en repetición coral del pasado.

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Asimismo, el atractivo nombre de “aguacate” evoca múltiples adivinanzas.  El catador de agua incita el amor cordial hasta enlazar la pulpa con la “carne” y los “mares”, así como relacionar la semilla con el órgano que rige el sentimiento.

Agua pasa por tu casa,
Cate por mi corazón = el aguacate.

Olla de carne, corazón de madera = el aguacate.

Nombre de agua, corazón de madera,
Si no lo adivinas es una majadera = el aguacate.

Agua de los verdes mares, carta de mi corazón,
No me lo adivinará,
Aunque le toque un son = el aguacate.

Tampoco la clásica oposición entre la naturaleza y la cultura explicaría la categorización adivinatoria.  Los mismos sonidos —“cola, tail and glue”— identifican dos objetos pertenecientes a esferas antagónicas.  Por esta complejidad clasificatoria, el presente ensayo opta por analizar los mecanismos idiomáticos de la creatividad.  Se trata de la visión lingüística de la conciencia popular.  El examen contrapone la ciencia del lenguaje —sus unidades analíticas— al conocimiento del lenguaje, en su uso libre y arbitrario.  La interpretación selectiva vuelca los sonidos-letras en un sentido reconfigurado y la facultad descriptiva asocia objetos disímiles.  La identidad del nombre culmina en la identidad aparente o imaginaria de las cosas en el mundo natural y social.

A continuar: IV.  Coda.  IV.  I.  Lo popular

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