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Rafael Lara-Martínez

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Rafael Lara-Martínez Tecnológico de Nuevo México rafael.laramartinez@nmt.edu / https://nmt.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Esfera pública militar ¿Legado de izquierda? IV

La utopía en boga reconoce la amplia contribución de la Ciudad Letrada durante las dictaduras como antecesora a calcar.

III.  Conjunción de los opuestos

Reproducir en espejeo la lógica del adversario al momento de transferir el poder; un poder regido por el decálogo del Espectro.  JD

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La utopía en boga reconoce la amplia contribución de la Ciudad Letrada durante las dictaduras como antecesora a calcar.  El mismo legado nacionalista persiste en su vigencia, ya que los opuestos se reúnen en las bodas sublimes de la Esfera Pública con el Estado.  Los intelectuales colaboran y disienten con el Gobierno que autoriza su libre expresión y desavenencias inevitables.  El Espíritu siempre adopta la Materia al persistir en el Reino Político de este Mundo.  El Alma se reviste de Cuerpo; como la Nación la adopta un Estado particular.

Al presente, no se trata de una falta de creatividad, ya que la Esfera Pública se amplía hacia múltiples horizontes, antes inexplorados: arqueología (Federico Paredes Umaña, en CENYSH); lingüística (Werner Hernández, et. al., MINED y DPI); historiografía cultural (Cuéllar B.), historia agrícola (Bonilla Bonilla), nueva esfera literaria (DPI), etc.  Empero, al renovar el enlace intrínseco con el Estado —el Arconte, protector y garante del Archivo Nacional— se teme anunciar que ese mismo vínculo ocurre entre el Gobierno y la Nación durante el medio siglo de dictadura militar.  No se diga denunciar, ya que por tradición “todo tiempo pasado fue mejor” gracias a la necesidad de olvidar lo incómodo (E. Sábato).

Como acto fundacional del siglo XX, desde la inauguración del “Ateneo de El Salvador” (1º de diciembre de 1912), el “renacimiento intelectual de El Salvador” —la Ciudad Letrada indigenista— coexiste junto a la aprobación intelectual “de la extinción de ejidos, el 2 de marzo de 1882”.  Referir esa co-in-cidencia entre la historia social y la historiografía literaria aún se juzga “azar objetivo” surrealista.  Por análisis, sin síntesis posible, precisa elogiar a los héroes de la pluma, mientras se censuran las acciones de su consorte, el gobierno que avala el quehacer letrado.  Por ello, bajo la presidencia de Manuel Enrique Araujo, agrupados en el Ateneo, los intelectuales exaltan las “almas viriles de la juventud”, la ferviente masculinidad.  Enaltecen la apertura gubernamental ante su labor, a la vez que elogian la extinción de ejidos indígenas como impulso al desarrollo económico, o acallan ese decomiso por razones nacionalistas.  La Ciudad Letrada se empeña en desarrollar  un “indigenismo en pintura”, sin lengua materna ni reclamo de tierras.  A partir de esas fechas claves —1882, 1910, 1932, 1935, , 1948, etc.— el indigenismo calca con tal rigor el modelo que su simulacro circula de la derecha a la izquierda como emblema exacto de lo re-presentado: Mejía Vides, Cáceres Madrid, Espinoza, etc., esto es, La Ciudad Letrada.

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Por ello, si Paredes tiene razón al confirmar “el proceso de incorporación de una tradición no oficial a la esfera pública” (2018: 20-22), su juicio implicaría una revisión de la historiografía del siglo XX.  Precisa una evaluación crítica de la Ciudad Letrada, en vez de la simple conmemoración que halague sus exclusiones.  De lo contrario, no habría novedad sino eterno retorno de lo mismo.  La ruptura política la suscitaría la continuidad letrada.  Celebración modernista sin ejidos ni lengua indígena (1882) —historia social sin Ciudad Letrada, viceversa— indigenismo sin lengua indígena, Miguel Mármol anti-nacionalista, Prudencia Ayala anónima, 1932 sin el 32 (véase: Toruño y Escobar), olvido de la verdadera ruptura comprometida, poesía y movimiento social, et. al.  O, al apelar a ambos extremos —colaboradores y oponentes; moderados y radicales— se intenta “matar dos pájaros de un tiro”.

La unión de los contrarios dictaminaría la equivalencia estricta de la Ciudad Letrada militar y de la actual.  No en vano, el “reconocimiento legislativo” a una literatura nacional (octubre de 1967) —las nupcias repetidas entre la Ciudad Letrada y el Estado— no se diferenciarían de sus críticos acérrimos en su labor anti-hegemónica.  Todo vale lo mismo, según el Espectro (-Kujkul, Gespenst) monetario y rédito partidista.  Si el mismo valor de cambio ($1) obtiene objetos diversos en su uso (lápiz, mango…), el monto político de la Ciudad Letrada lo altera quien la interpreta en presencia viva.  La voluntad estatal recicla su valía según la utilidad estatal: el nuevo valor de cambio.  Reconoce una antigua excelencia en la “política cultural” que inspiraría el presente.

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De existir un verdadero “debate nacional” —así lo llama Paredes— ya no valdría la conjunción de los opuestos que hace del Estado militar una “figura controvertida” y de la Ciudad Letrada, una “memoria entrañable”, según la evaluación que Cuéllar destaca de Mangoré (156).  Donde “entrañable” significa la imposibilidad de trascender una herencia artística estatal, según la ley del pasado que no pasa.  La herencia cultural de la Ciudad Letrada militar permanece vigente.  Para retomar los términos teosóficos de los treinta y cuarenta, el presente vivo del siglo XXI desaprueba el “cuerpo” y la “materia” dictatorial, a fin de certificar el “alma” y el “espíritu”.  El alma y el Espíritu interiormente agitan al Cuerpo estatal en una cultura nacional perdurable.  Intangible, siempre circulará por sus venas.

Este reciclaje invierte un antiguo decreto larsiano.  Hay que rescatar “el ángel”, luego de destruir “el hombre” (“El ángel y el hombre”, “Guión Literario”, marzo 1962).  Más radical, según la propuesta borgeana —“el alma es inmortal…la muerte del cuerpo es del todo insignificante”— sólo el suicidio corporal demostraría lo perene del alma.  El alma en pena rulfeana sólo regresa al encarnarse en otro cuerpo estatal, cuya sinceridad reconozca el aporte cultural de su enemigo difunto.  No hay tabula rasa posible del pretérito.  Debe existir la honestidad íntegra y sincera que registre la huella indeleble del Espíritu militar, pese a su condena corporal como acierta Cuéllar para Mangoré.  Por ello, esa Alma en pena transmigra hacia la nueva partitura estatal, ya que la interpretación le otorga una Materia administrativa que la resucita.

Por prioridad de la Materia, como nueva Ciudad Letrada, la izquierda intelectual percibe el compromiso con lo militar como su precedente directo.  Quizás añora los puestos diplomáticos y los altos cargos, ahora abolidos.  No en vano, una estrecha correlación entre Relaciones Exteriores y la Ciudad Letrada la establece el martinato y la continúan los regímenes militares siguientes.  Sirvan de ejemplo revistas y exhibiciones ahora ausentes que, de los Ministerios o institutos de Cultura y Educación, se distribuyen hacia el extranjero. Por una paradoja, existen agregados culturales en las épocas anteriores a la diáspora.  Su diseminación crea una red internacional tan amplia como el apoyo general durante la guerra civil de los ochenta (véase “Guión Literario”, bajo obvia tachadura).

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En el presente, aún no ocurre una discusión pública razonada, la cual admita la apertura del martinato a Gavidia, Salarrué y los artistas indigenistas, así como el apoyo de los regímenes siguientes a la Ciudad Letrada.  Por lo contario el debate actual elimina toda crítica a su postura infalible: buscar el compromiso de izquierda en la Esfera Pública Militar cuya marca indeleble estimula su Espíritu.  En verdad, no existen publicaciones a perspectivas disímiles sobre lo mismo, tan complementarias y opuestas como el día y la noche.  Esa exigencia de dualidad democrática sólo ocurre en la ficción borgeana, llamada “Tlön, Urbar, Orbis Tertius”: “todo libro contiene un contralibro” por la unión de los antónimos.  Vivimos en el extraño mundo de las paradojas.  Se documenta la apertura editorial del martinato hacia la anti-hegemonía, para legitimar el encierro actual.  Sin “diálogos de invierno” —Yo X Tú— sólo monólogo de verano.  En la posguerra, ya no hay eliminación militar del enemigo sino persiste su asimilación espiritual.  En esta absorción nutritiva, se admiten los logros culturales —contrarios, pero vigentes— para restaurar la identidad nacional.

Cuéllar certifica cómo la izquierda del poder —ansiosa de apropiarse del pasado— aprueba el compromiso de la Ciudad Letrada con lo militar.  El fin espiritual de la izquierda justifica los medios gubernamentales de la derecha.  Ante todo, quizás, por el defecto efectivo actual que anula toda participación diplomática y de altos cuadros para los intelectuales.  No hay cambio posible, ruptura del presente con lo pasado.  Sólo se propone una restauración que prolongue el legado de la Ciudad Letrada militar hacia la actualidad.  Esta continuidad —sin ruptura revolucionaria— relega la experiencia de sus seguidores inmediatos: miembros del Partido Comunista, sindicalistas, guerrilla, compromiso, etc.  La sustituye por las desavenencias de los colaboradores (in)directos con el régimen militar.

Demás es conocida la implicación inmediata de refutar la herencia cultural de la derecha, que rige el país desde “1931” a “1992” (Lindo y Ching, 7).  De esta premisa deriva el pavor de la izquierda por volverse siniestra.  El “Espectro (-Kujkul, Gespenst)” que hechiza El Salvador resucitaría.  “El Espectro” de las imágenes y de los enunciados lo reiteran sinfín ambos lados de la franja partidista.  “Contra este Espectro”, a corriente alterna, se unen todos los poderes de la censura, al hacerlo suyo.  Es consabido que no se fundamenta una utopía marxista —un ideario de izquierda— sin reciclar los Espectros del pasado (J. Derrida, “Espectros de Marx”, 1993).  Si “¡revolución o muerte!” es lema caduco, adueñarse del legado contrario guía un nuevo itinerario.  Siempre al acorde de una guitarra.  Por este secreto a altavoz, revelar la roca Fantasmal —como la futura casa de Roque sin roca— es consigna del “más apto para ser odiado”.  Sin el apoyo del nuevo Arconte no hay Archivo posible, ni libertad de expresión, tal cual la obtiene la Ciudad Letrada bajo el Estado militar.

En un país donde el pasado no pasa, el consorcio Ciudad Letrada-Estado revela su vigencia.  Se antepone la necesidad de privatizar los Espectros a un rédito partidista, a interpretación única.  De rechazar el legado ancestral, “cundiría el pánico”.  Resurrectos, en el borde político opuesto, los Muertos recobrarían su valor original denegado.  Sandino teósofo y en apoyo a la Revolución del 48, verdadera filosofía de la clase obrera en lo militar, esfera pública en apertura antes de la democracia civil y electoral, exposiciones en el extranjero, marxistas-vitalistas incluidos en lo oficial, política de la cultura, modernismo e indigenismo sin indígena, etc.  Se revelaría el asombro.  Si la imagen exterior de la dictadura —“la comunidad de lectores” interna (Cuéllar, “Salarrué”, 77)— las inspiran sus probables enemigos, la democracia prefiere promover a sus allegados.

La objetividad de la historia la completa la “cultura atávica hacia los Muertos” (Cuéllar, “Mangoré”, 138).  Por su ”mandato” esta recopilación repite el viaje de Juan Preciado hacia Comala.  En este “descenso ad ínferos”, la razón histórica admitiría estar tan jugada como lo estoy yo, por adagio poético, bajo el hechizo documental de La Siguanaba.  La existencia de una po-Ética jamás la regirá la razón tecnológica la cual —según dicen— ya no produce monstruos (Goya).  Esos desvaríos primitivos que califican los afectos, el amor, los sueños y el anhelo, ahora se hallan bajo tachadura de la exactitud matemática.  En efecto, los sentimientos se ubican bajo la supervisión del gestor supremo de la Verdad: el poder político.  Todo discurso que no prosiga su dictado califica de ficción y, por decreto, debe emigrar.  Ha de residir al margen público hasta acatar la Ley de Expropiación de la Ciudad Letrada Militar.  Imperan la Ley del re-greso poético de los Espectros y la Ley del pro-greso político en boga.

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“El Ancestro” (1968), Leonora Carrington

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“Abuelito Indio”

 

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