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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez / Tecnológico de Nuevo México rafael.laramartinez@nmt.edu / nmt.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Duro como Mármol (V)

El relato "Duro como Mármol" lo escribí en 1987 cuando trabajaba de "vendedor ambulante" para Wagon Lit, la compañía que distribuía bebidas y alimento en los trenes franceses de la SNCF. Describe una anécdota del encuentro con dos figuras míticas de El Salvador —Miguel Mármol y la Siguanaba— durante una espera solitaria en un tren vacío en el puerto de Calais.

— ¿Imaginarlo? ¿Quiere decir que cuenta usted con una idea clara de lo que me ocurrió a mí ese día? ¿Está loco o qué?

— No, no eso, no lo tome a mal. Lo que sucede es que me impresionó tanto que en el sueño recompuse el encuentro a mi manera.

— ¿En serio? ¡Ah!, sí. ¿Y cómo? Puesto que recordaba con beneplácito su biografía, un libro grueso y minúsculo, no había podido olvidar aquel incidente, tan poco ortodoxo, digno más bien de un creyente rural, rústica usanza de un paraje pueblerino, cuya impresión en la ciudad refleja el origen campestre de nuestras convicciones. Arraigada en mi memoria, siempre viva quedó, esa imagen aldeana y tibia, de la certeza de haber encontrado una guardia sosegada, luego de la febril pesquisa policíaca.

Allí estás, vos; trabajando en un alambique, escondido de cateos y redadas acostumbradas, elaborando licores de frutas tropicales, entre el nance destilado y la vaporosa humareda de la melcocha de marañón, para los dulces de la feria, con la niña Chon al lado, recitándote la receta del mosto de tamarindo; al tiempo la puerta se zarandea, golpetazos de culata la hacen temblar. “Ni que fuera terremoto, voy a ver quien toca con tanta alharaca”.  Se pone de pie la niña Chon, señalándote la puesta trasera. Te acercás a ella y colándote hacia la quebrada, la seguís descontando, en carrera abierta, “patitas pa´que te quiero”, resuena la voz en tus adentros. Y en peregeta sinuosa al borde del riachuelo, te empesinás en retener el aroma dulzón de la melcocha, pues solo él puede en este momento ennoblecer tu impulso y ampararlo del tosco ataque de los chafarotes. No es que estuvieras ya acostumbrado a tan áspera corrida, sino, más bien, que al presente te hallabas imbuido, en tus labores de practicante. Sin jactarte de tu sutil intento, embebido en los quilates del elíxir, proseguías con humor menudo, las malifluas prescripciones de la niña Chon. Todos merecemos un descanso relativo, una pausa de meritorio que produzca el menjunje del azogue. Solo faltaba un día, sí, unas cuantas horas de reposo, para que la aleación comenzara a cuajar. Ya fuera la mendaz habladuría de los soplones entrometidos, o bien el meticuloso paulatino, de mesón en champa, el amaño del somatén chafa, cualquier tentativa de apego a una actividad honesta. “Me da cólera, te repetís, mañana podría haber aprobado cualquier amasijo”. Empero, la triquiñuela roñosa, esa intriga persistente que invade a todos nuestros cuerpos de inseguridad, sí, desde aquella ocasión, o quizá antes, cuando nacimos medio muertos, contagia nuestro ánimo, tornándose en el arranque inulto de nuestro país. Y es ese Ardid lo que te mantiene inquieto, en esta perturbada carrera de político. Corretaje en el galope, chucha cuta apresurada, te metés en el monte, entre chiriviscos y huiscoyol, en imperturbable serenidad, solo corroída por el recuerdo quisquilloso del arrebato licorero. “Un día nada más me falataba para gustar tan preciada esencia”. Intrépido descanso, bajás con audacia el terraplén empinado, hasta llegar dando tumbos a una poza mansa, plácido recodo que invita al recojo sereno. Apoyado en un árbol, vasto amate cuyas ramas cobijan el sesgo del estanque, enjuagás el sudoroso rostro de la lasitud peregrina, y te lanzás vertiginoso, chumbulún del agua pato. Deleitás ahí, el frescor de la tarde y el celaje incandescente que anuncia la lejanía del albur. Entre zambullida y clavado, flotás vigilante del tintineo de la estrella vespertina, quien se ha congregado a rememorar tu altiva descendencia. La noche extiende sus alas, y envuelto del negro cadejo, escuchás el coro del contraalto de grillos y barítono sapo en su croar sinfónico. Ellos también han concurrido a ensalmar tu sueño, en un sostenido arrullo que disipa el cansancio; nocturno gorjeo. Te recostás; enroscado en tu propio cuerpo, evitás el trepidar ligero bajo el manto de lunares. Sueño profundo y armónico engendra el sopor de la fatiga; quietud de la sordera, amortiguado sueño sin más perturbación que un abultado guijarro, en tu cadera lastima. Palpando en su búsqueda reconocés el suelo, húmedo por el escarcha del rocío, y cual sería tu sorpresa al darte cuenta que el molesto pedrusco se encuentra en tu bolsa, y su forma cilíndrica desmiente, con alegría tu impresión primera. Entonces, recordás jovial el consejo de la niña Chon, quien depositó el frasco repleto al mediodía. Lo tomás en tu mano, apreciás risueño el líquido vital y en largo sorbo, adormitado, saboreás el néctar, como si se tratara de un hálito de cuétano, que se desliza desde la copa, por el tronco, hacia tu boca. Cabeceando, te aletargás al amate, dispuesto a conciliar el sueño; los crujidos de los chiriviscos secos desvelan tu mirada. En un abrir de ojos instantáneo, te sobresalta percibir una luminosa figura cuyos cabellos lacios caen bajo la suave ondulación de la peineta. “Es Ella, es Ella, insistís, yo ni loco me acerco”. Y permanecés petrificado, inmóvil en tu asombro, temeroso de la leyenda. “Mejor me voy, pensás en la carrera que te espera”. Pero, Nuestra Madre, Sí, Ella, la que perdió a sus hijos, su herencia, antes de nacer medio muertos, se dirigen a vos, sin congoja ni llanto. “Vení, no tengas miedo, con vos es distinto, sos de los iniciados, de los pocos que han logrado traspasar el pórtico de la gloria, los otros son sobalevas; vos no, por eso ahora quiero recompensarte, ungirte con la medalla que los celos del rencor militar nunca podrán otorgarte. Acercate, no seas temeroso. De todas maneras, nos parecemos, los dos somos malos; obedecemos a otros criterios. Por eso, rondaremos por el mundo hasta lograr nuestros propósitos. He oído hablar de vos, de tus andanzas, mucho, en provecho de mi escaza progenie. Eso nos identifica, sí, la pertenencia excepcional al grupo de los vecinos; nos acerca a una posición muy cercana a la del luminoso ángel caído. Pero sin darnos por con-vencidos, proseguimos el itinerario trazado a todos los irremisos. Por ello, poseemos el mismo nagual, l mariposa. Vení, sin temor alguno, llevo años esperándote; desde que supe de tus correrías, quise conocerte. Considero horrendo haber esperado tanto tiempo, aunque sé que a la larga nos encontremos en el Tlacollan, en ese lugar promisorio reservado a los elegidos. Pero no basta; deseo palparte siendo hombre, luego uno se despoja de su asiento corpóreo y se queda hecho transparencia. Tu sabiduría guiará tu mirada, descubrirás mi verdadera imagen, pocos son los predilectos; solo aquellos que poseen el don de distinguir la apariencia de la realidad. La mayoría me divisabajo mi aureola genuina, más en su afán apremiante, la desfiguran, enturbian en seguida su contorno.

Acercate sin recelo, ya sé que sos tímido. Y vos, te frotás los ojos, te pellizcas el brazopara asegurarte que no soñás, y en paso corto, medroso arrimo, te aproximás a Ella; al tiempo, sus largos cabellos negros, brillosos reflejar de la luna, te envuelven en su fulgor de rosca, a todo lo largo de tu cuerpo retorcidos. Y te adormecés allí, a su lado, en sonrisa afable, de gozar el apoyo de tu cabeza en su regazo.

—No, no ocurrió de esa manera —me respondió sereno.
Sí, claro que recuerdo en detalle aquel día, cómo iba a olvidarlo, si vi de cerca la Muerte. Todo el mundo me creía desaparecido, hasta yo mismo, todavía no me lo explico. Me parece increíble haber escapado al pelotón, porque sabés ¿no?, estaba condenado, debían fusilarme ese día. A mí solo no, por supuesto, sino en bola, a todo un grupo de ajusticiados insurrectos. Nos colocaron en hilera y fueron preguntándonos si deseábamos que una venda nos ocultara la vista de nuestros ejecutores. Vas a creer, yo un cigarro les pedí, el cual me cedieron sin gusto, a regañadientes. Quería verlo todo, hasta la última imagen de mi vida. Puesto que en ese momento me sentía  derrotado, estaba convencido de mi acabamiento. Observé sus impulsos, con claridad y nitidez. El guardián se retiró en seguida, no sin proferir unas cuantas impresiones en contra de nuestra insumisión. Se juntó a los demás, quienes en sus vulgares risotadas, repartíanse nuestras pocas pertenencias. Asqueroso escenario, pensé, cargado de una impudicia obscena. En él, se da rienda suelta a los demás precoces sentimientos de poderío. Luego de nos reconfortantes sorbos a un diminuto cilindro que me había confiscado, empuñaron sus armas. Y, en el acostumbrado ritual de la ceremonia, sus corazones henchidos de un aliento destructivo, casi místico, alzaron los fusiles, apuntando con vista certera a los nuestros.

Extraño, juzgué de inmediato, pero, recapacitando después, comprendí su dimensión entera. No en vano somos pipiles. La expresión de sus rostros, sus facciones desfiguradas, remitía a aquel antiguo sacerdote cuya función consistía en arrancar el corazón de la víctima y ofrendarlo  a los dioses para que el mundo actual continuara subsistiendo. Nada ha variado, solo la apariencia del ritual. Sí, entreví, entonces, el verdadero sentido de su encaro; más, en ese instante, ya no se trataba de armas de fuego las que blandían, sino de un enorme pedernal que se acercaba, puntiagudo, en su afán de desgajar nuestro costado izquierdo, esa amistad que ha nacido difunta. Algo sucedió, no lo sé a ciencia cierta, al dirigir una mirada aguzada hacia mi adversario, sentí que me enfrentaba con él a través de un amplio cilindro, ese objeto de transición entre ambos. Ronco y opaco, resonó en mi oído el apuntamiento y el fogonazo. Luego caí en su largo sopor, pero aunque no me creás, algo sucedió en ese encarar, pues la bala debió su travesía inicial y no produjo sino un roce en la sien izquierda. En un estado de inconsciencia, la coma se volvió fallecimiento fugaz. No recuerdo sino haberme encontrado unas tres horas después encima de una carreta que nos conducía, sin duda, a una fosa común. Esperé el momento preciso, conocía a los aledaños.

A continuar…

PARTE I: Duro como Mármol 

PARTE II: Duro como Mármol 

PARTE III: Duro como Mármol 

PARTE IV: Duro como Mármol 

La Sihuanaba, de Salarrué.

La Sihuanaba, de Salarrué.

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