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Rafael Lara-Martínez

Biografía
Rafael Lara-Martínez / Tecnológico de Nuevo México rafael.laramartinez@nmt.edu / nmt.academia.edu/RafaelLara Desde Comala siempre…
Rafael Lara-Martínez

Azar poético del encuentro III Roque Dalton y el legado náhuat-pipil

II. Lengüicidio

Mientras se entreteje la trama de falsas acusaciones contra Dalton, un acto creativo ignorado inclina la balanza hacia la justicia.  El lingüista estadounidense Lyle Campbell merodea por los pueblos del Occidente salvadoreño.  Establece contacto con los nahua-hablantes.  Realiza un serio trabajo de campo, mientras los disparos letales resuenan como truenos de lluvia destructiva cercana.  El granizo alterna con el abono.  Entre el deshacer del olvido y el hacer del recuerdo.

En mayo y junio, su lápiz fulgura la segunda obra magna del náhuat-pipil del siglo XX.  Luego del alemán Leonhard Schultze-Jena (1930-1935), la recolección certifica la vigencia de la mito-poética en el canon literario salvadoreño.  Los relatos “Los Huracaneros”, “El Arco” y “La Siguanaba” datan de junio y julio de 1975.  Tinta roja al margen anota errores, correcciones, futuras enmiendas al réquiem sordo que apenas escucha.  Emergen rostros mito-poéticos marginados por la literatura monolingüe: Los Huracaneros, Alvolario.

En firma ósea invisible, las narraciones legalizan que el tornasol supera las armas.  Los contemporáneos ignoran ese legado.  Fluye sin cuenca común a sus designios políticos.  Lo náhuat-pipil y la gesta social discurren por vertientes paralelas.  Afines se reúnen en el infinito, es decir, en la Muerte.  La cita converge en el deceso de una identidad nacional sin custodia de lo dual.  Tal con-junción deduce la rima terminal de ambos actos: parricidio y lengüicidio.

Acaso nombra el suicidio de la consciencia cultural en su doble afluente: urbano y rural; mestizo e indígena.  El convenio del (des)encuentro iniciaría el ideal poético de la historia: estar-ahí junto a los Muertos.  Se llama “Juan Preciado”, quien se queda dormido y sueña el futuro al lado de los Muertos.  Lo recubre el pretérito revocado.  Al medio de la identidad se sitúa la Muerte —que la vigila (i:x-pelua).  Le echa ojo (-i:x).  Su sinónimo, la semilla (-i:x) en el fruto, espera el renacimiento.

La guerra reitera el olvido necesario al recordar.  La obra de Campbell la destierra a los Países Bajos, en inglés y náhuat-pipil (1985), como la de Dalton emigra fragmentada hacia otros países.  Entretanto, los estudios culturales florecen en el extranjero.  Empero desdeñan un concepto náhuat-pipil clave.  Sus mismas investigaciones lo proclaman esencial.  Para entender el conflicto en el istmo centroamericano, se exige transcribir la versión oral de los hechos vividos.  Sólo en español; English only in USA.

Se trata del testimonio, precedente poético de la historia académica.  La experiencia visual (-i:xpan; -i:xmati, de –i:x, “ojo”) de un evento no la privatiza el monolingüismo literario salvadoreño.  Certifica una idea singular de historia náhuat-pipil.  La óptica (-i:x) salvaguarda la vivencia comunal, antes de todo escrutinio.  El co-nocer —co(n)- = with— precede el saber documental y abstracto.  Empero, el rédito político de la época reniega de ese legado ancestral, intraducible a la inmediatez de su utopía.

Además de la noción de testimonio, otros conceptos mestizos claves adquieren un sesgo inédito.  El temor y el miedo —su derrota legendaria— los encarnan figuras nocturnas.  Es necesario confrontarlas para sobrevivir.  Sean la calavera (-Tzun-Tekumat, “la Punta del Tecomate”), la Sihuanaba y el Cipitío, estos espectros se dotan de rasgos distintivos a la tradición castellano-mestiza.  Ni la mujer seduce y atonta al hombre libidinoso, ni el niño se inviste de Cupido que arroja pétalos a las casaderas.  En cambio, en trinidad con la Calaca, evocan lo Real de la Enfermedad y de la Muerte, esto es, el envés nocturno de la vida humana en su triunfo asoleado.  Ambos polos giran en re-volución perenne alrededor del mismo astro en alimento.

El alimento verifica la guerra cotidiana.  La batalla diaria presupone el crimen primordial.  Un cadáver —vegetal o animal— se ingiere luego en aderezo.  Si califica en fratricidio —cual la guerra civil de los ochenta— este nombre lo justifica reconocer la semejanza.  Lo natural es lo propio a lo humano, no lo distinto ni distante.  Tampoco lo inferior en sus cualidades químicas y biológicas.  Exhibe el atributo corporal y anímico que sustenta lo humano.  El notario de los Huracaneros rubrica la equivalencia.  La carne (nakat) de pavo destila el sabor de la carnalidad (-nakayu) de su compañera desaparecida.  Su memoria pervive entre huesos y plumas.

Delicadeza del ensueño.  La mordida paladea el guiso.  Al dormir le re-muerde el vientre en desquite recíproco.  Acaso, por esa vivencia, se ingresa a la abertura (-ten) de “esa muerte” (-miki) “de cada noche, que se llama sueño”: (-(i:x)-te(n)-miki), “(ojo)-abertura-morir” = “soñar”.  El vaivén de la balanza rige las estaciones de la siesta y la vigilia.  El xu:pan refugia la ilusión del “verde que te quiero verde”: la cosecha.  Lo reseco del tu:nalku enmudece bajo la incandescencia de la lumbre y su dádiva pajiza: lo estéril.

Más allá de la gramática, el legado de una lengua lo testifican esos espectros (-kuhkul), vivos en el remordimiento.  Emanan de la violencia hasta esparcir su heredad en semilla (-i:x), sinónimo del ojo (-i:x).  Carcomen la memoria.  Al hurgar el pasado, impulsan recuerdos hacia el porvenir.  Re-volucionarios obstinados, los espectros “vuelven como la aurora y el ocaso”.  Su estatuto jurídico, a veces se lo otorga el origen.  Por ello, hacia esa misma época del desencuentro azaroso, los “fantasmas (Gespenst)” del marxismo asientan verdades científicas.  Prometen el mundo dichoso de una nueva alba al alcance del ensueño armado.  Por desdén, los manes (-kuhkul) náhuat-pipiles dormitan bajo el letargo del silencio.

Sin embargo, perviven en la naturaleza humana a dueto indisoluble: cuerpo y alma, biología y energía psíquica.  Por su perenne combinatoria —humano en la naturaleza; naturaleza humana— el dúo crece a imagen de su entorno.  El emblema se lo otorga el fruto del morro.  Lo calca la esfera de la cabeza, en su deseo de irradiar semillas migratorias hacia el ambiente.  Se vuelve cogollo en flor bajo la lluvia tenue; sombra apacible, al sol radiante.  Lo copia el vientre materno que sazona el feto en su vasija.  Imagen del guiso, la fruta y el niño sazonan antes de desperdigarse en estallido nómada.  A triple nombre según su variedad —tekumat/wahkal/chi:chiwal; “tecomate/huacal/chichihual”—, evoca ese triunvirato de recipiente natural y culinario, cabeza errante en su deseo, hasta seno materno en la sazón y el cuidado del engendro.

La planta explaya la divisa.  Semeja la cabeza y el deseo; el vientre y la fecundación.  El cuerpo es un árbol frondoso a hojas bruñidas.  Difunde frutos verdes y letales como piedras macizas; frutas maduras en retoño promisorio.  Tal es el zapote quien prosigue la insignia del morro.  Al igual, surge en nuevo follaje —el pochote en algodón blancuzco.  En la selva edifica axis mundi, ejes que conectan mundos paralelos.

Paralelos, ya que los niños ((pih)pipil) cuelgan (-pilua) de sus ramas como en el aula aprenden del maestro.  Su inmueble sólido archiva la Biblioteca de Cuzcatlán, la de Izalco, y otros pueblos hasta la remota aldea de Comala.  Metáfora del Camino Real —enlace entre Aztlán y Cuzcatlán, del pasado al presente— la geo-grafía ofrenda el manuscrito más antiguo.  La escritura (graphos) debe descifrarse en herencia interminable.

En limo, la vivencia de la lengua construye una vereda hacia la selva (kujtan).  En el bosque, los hechos históricos difuntos se cobijan bajo la fronda de nuevas palabras.  Paciente, el neófito estudia “como el árbol que no apremia su savia”.  Es árbol de amate (amat) quien augura el papel (amat), la lectura (amatachia; amtaketza) y la escritura en cuaderno (amatzin).

Asimismo, el cuerpo se halla inscrito.  Un tatuaje natal —el ombligo— lo vuelve texto escrito, desde los comienzos en el reino de este mundo.  Despojado de su investidura original —la placenta— inaugura su disgregación continua.  Por su grandor (-we:yka), el cuerpo despliega una corporación de miembros.  Se disocian según su potencial anímico cual el ojo en la óptica —cabeza (-tzuntekun), “renacimiento del morro/tekumat”; hueso (-u:mit), “vida latente”; corazón (-yu:lu), “vida, alma, energía”; mano (-ma:-), conteo (ma:kuil); etc.

Hecho fractal, el cuerpo humano semeja los ámbitos autónomos de las ciencias contemporáneas.  Imita su vocación de fragmentos, en Aleph borgeano.  Cada sección es un infinito (n+1).  Todo segmento se divide en múltiples cascajos tan diminutos como lo conciba el imaginario (1/2, 1/4, 1/8…).  Las partes sólo se vinculan en la ideología, dicen.

De esta disemi-Nación derrridiana brotan los Tepehuas.  Derraman la lluvia,  Esparcen flores y frutos.  Prodigan la riqueza natural.  Su dispersión en espectro —fantasma y banda en arco iris—  anticipa la migración de sus protegidos: los salvadoreños mismos.  Viajan; cambian de nombre —Tepehuas; Nanahuatzin—; mudan de ropaje según la temporada y el territorio distante.  Hasta reconocerse en la chilena Gabriela Mistral.  En intuición asegura “yo nací de un cuerpo tajado”, en fractal de semillero.  El Big-Bang del cuerpo y las migraciones desembocan en una coda sin danza.  En esa orilla, sólo “alcanza las estrellas” quien “lo cercano lo halla tan lejos”.

La vereda de la Tzun-tecumat (Calavera o Punta del Tecomate). El Milagro de Cuaita, Sonsonate. (Foto de IMEL).

La vereda de la Tzun-tecumat (Calavera o Punta del Tecomate). El Milagro de Cuaita, Sonsonate. (Foto de IMEL).

A continuar…

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