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Giovanni Durán

Biografía
Escritor y catedrático.
Giovanni Durán

Valiente, para comerse al mundo

Cómo privarse de escribir cuando se proviene de una familia donde el entretenimiento era sentarse a contar las pasaditas e historias de cada miembro.

En algún momento de 2009, conocí a Jennifer Valiente en La Luna Casa y Arte. Ella no supo quién era yo, porque mientras yo masticaba semillas de maní, ella actuaba sobre el escenario esa noche. Se me escapan los detalles de la iluminación y la escenografía, pero no así su enérgica actuación.

El mundo de la creatividad es el suyo. En él, es como pez en el agua. Y aun cuando se ha convertido en un referente del arte escénico, su trabajo literario es prolífico. Escribe cuento, poesía, guiones, adaptaciones y entradas de blog; o si prefiere, dirige, actúa e imparte clases. Ha nacido para comerse al mundo, para morderlo desde todas las direcciones.

Jennifer Rebeca Quintanilla Valiente viene al mundo en 1973. Inicia su trayectoria teatral en la Universidad de El Salvador en 1998. Es licenciada en biología, técnico de la red de bibliotecas, gestora cultural, actriz, dramaturga y directora del Taller Inestable de Experimentación Teatral (TIET), el cual funda en 2005. Ha sido parte de elenco de Payasos sin Fronteras, Teatro Libre, Teatro Luis Poma, T-Atrio, entre otros.

En su faceta de narradora, la conocí por sus cuentos cortos en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Colatino, publicados en la sección «365», bajo el seudónimo de Harry Castel. En ese entonces, tal como ella misma lo corrobora, la idea era publicar el número de cuentos cortos equivalentes a los días del año. Y lo logró, aunque le tomó dos años (2013-2014), pues se publicaban en entregas sabatinas.

Su narrativa alterna las realidades humanas: violencia, desigualdad de género, homoxesualismo, relaciones interpersonales, intrigas, obsesiones, etc. Es palpable la experiencia, la anécdota, la reflexión y la crítica. Su narrativa parte de la realidad y llega a la ficción. «Mis cuentos nacen en momentos de crisis», expresa. «Me mantengo trabajando aun cuando la crisis me consume o me cierra la creatividad».

Y cómo privarse de escribir cuando se proviene de una familia donde el entretenimiento era sentarse a contar las pasaditas e historias de cada miembro. Sin duda estas experiencias la han impulsado no solo a expresarse en papel, sino también a organizar junto al TIET el Encuentro Centroamericano de Cuentacuentos, donde se ha impartido talleres, charlas, presentaciones, conversatorios y se ha contado con la presencia de invitados internacionales, todo para difundir la cuentística y la narrativa oral.

Entre sus producciones de cuento están: Esos cuentos que se lleva el río (inédito), Los gatos viajeros, contenido en la libreta Lluvia de estrellas de la Secretaría de Cultura (2016), Libro 365, publicado en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Colatino (2013-2014), Tres cuentos de gatos para antes de dormir (2017) y La casa (2017).

Sus premios incluyen: primer lugar en cuento, Juegos Florales de Chalatenango, El Salvador (1996); primer lugar en poesía, Certamen Literario Alfonso Hernández, ASTAC, El Salvador (1996); primer lugar en cuento, Certamen Literario Francisco Gavidia, Universidad Francisco Gavidia, El Salvador (1997); segundo lugar en cuento, Juegos Florales de San Salvador, El Salvador (1998), y el premio Espectáculo Integral para el grupo TIET, Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado, Mar Chiquita, Buenos Aires, Argentina (2017). De igual manera, su obra ha sido publicada en varias antologías.

«¿Qué sucederá con tu obra en el futuro, cuando te hayas ido?» le pregunto, sin ánimos pesimistas. «Nada, eso no será problema mío», responde contundente con su mirada reposada, pero perspicaz, como quien ha rumiado el asunto por mucho tiempo. No tuve más que reírme.

Quizá Jennifer produzca arte para ser recordada, liberar sus sentimientos o inmortalizar sus memorias. No lo sé, aunque con seguridad lo hace «para explicarse el mundo», como ella lo expresa. El arte la envuelve por completo. No puede sacarlo de sí, es su vida, su trabajo, su motor. «A veces me siento cansada», me expresa, «pero siempre termino haciendo las cosas». Cuando tenemos ese fuego por dentro, el asunto es irreversible. Seguimos al arte donde nos quiera llevar, como si fuera un dispositivo GPS que dirige nuestros pasos, quizá desde la niñez, sin darnos cuenta.

Jennifer permanece activa, escribiendo, dirigiendo, actuando y planificando. Estoy seguro de que este artículo se quedará corto. Habrá que escribir más, porque tendremos Jennifer para rato.

Aquí presento una selección de cuentos cortos extraídos del libro 365 y publicados en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Colatino.

  1. Nueve y treinta.

El Yogui sintió el sol de la mañana y entreabrió los ojos, se podría haber dicho que el esbozo de una sonrisa asomaba a su boca mientras levantaba apenas la cabeza, la volvió a bajar y se acomodó para que todo el cuerpo pudiera contagiarse del calorcito agradable, después de una noche de aguantar la lluvia bajo la escasa protección del techito en el portón del pasaje.

La señora de la verdura gritó su pregón, no voy a reproducir aquí tal cosa, porque pienso que la gracia del pregón, su sonido estirándose lastimeramente por el espacio hasta diluirse en el aire de las nueve y treinta de la mañana, el tono de contralto de la vendedora y su porte sosteniendo el canasto y sacando el pecho a manera de heroína de ópera, no pueden ser reproducidos tan fielmente en el papel, es en estos momentos donde podría considerar el cambiar la página por la sucesión de cuadros en una película de cualquier formato, pero como soy más bien de temperamento sentimental, sigo siendo fiel a la página y vuelvo al Yogui, que arrugaba la cara ante el insistente pregón de la vendedora que a fuerza de pulmón, lo iba sacando de la modorra en la que tan cómodamente estaba.

El ruido del portón cerrándose tras la mujer fue la gota que derramó el vaso. El Yogui protestó furiosamente ante el desmán de venir a gritarle a uno casi en la oreja antes de las diez de la mañana. Se levantó, olfateó el aire y le vino un estornudo que terminó de espabilarlo por completo, así que sacudió el cuerpo, disfrutó un par de segundos más de su rayo de sol mientras decidía cuál sería su agenda esa mañana y luego de pensárselo por un momento, recordó que la señora de la panadería había bajado ayer al basurero de arriba y hacia allí enfiló sus patas mientras movía la cola con placer. Lo recuerdo, porque esa fue la última vez que vi al Yogui, al chucho del pasaje.

  1. El Asalto

Se sentó a su lado, en el primer asiento del autobús. Ella seguía metida en ese libro violento que no había podido soltar desde hacía dos días. El tipo se encimó, ella sintió algo duro y delgado en la pierna, dejó de leer y bajó la vista, vio la cuchilla y el color plateado le produjo frío.

– Dame el celular – le dijo. Ella se registró el bolsillo y le pasó el aparato deslucido, gris, casi prehistórico que llevaba siempre, pese a las burlas de sus amigos y a las repetidas ofertas de su novio de comprarle uno más “actualizado”. El tipo ni siquiera lo tomó, hizo un gesto con la mano para decirle que podía quedárselo. Le revisó las manos pero ella siempre perdía los relojes, así que había dejado de usarlos hacía tiempo, luego la cartera, pero nunca andaba más de un peso para el café. El tipo la miró, por un momento ella pensó que él iba a darle un dólar. Desde el fondo una voz preguntó:

– ¿Nada?

– Nada, dijo él, le guiñó el ojo y se largó por la puerta de atrás. Ella levantó de nuevo el libro, luego miró por la ventana y pensó: tengo que escribir un cuento de esto.

  1. El Zoo

La leona bostezó. El sol de las once de la mañana le daba de lleno en la cara, las moscas revoloteaban zumbando alrededor de sus orejas, cuando la cola no fue suficiente para espantarlas, rugió. El sonido llenó el espacio, el león y la joven leona junto a él alertaron sus orejas e irguieron la cabeza por un momento, pronto las bajaron, como si dijeran: – vieja gruñona. La leona miró la pared del fondo: una pintura desteñida de la gran sabana africana y en perspectiva, como si atisbaran en la distancia, unas cebras descascaradas; la vieja leona olfateó el aire con los ojos entrecerrados, como si pudiera recordar aún el viento moviéndose en ráfagas por el pasto alto y a lo lejos la risa macabra de alguna partida de hienas disputándose los restos dejados por la manada, por su manada.

Bajó la cabeza, todo estaba muy borroso, nubes y nubes delante de los ojos, no se podía ver bien para correr tras alguna de esas descascaradas cebras, más valía esperar el chirrido de la carreta y al hombrecillo que descorría el cerrojo para dejar adentro la carne, a ella siempre los mejores pedazos y luego le hablaba en sonidos extraños, como de niño pidiendo algo, si, mejor esperar, además, el sol estaba casi en mitad del cielo, podía sentirlo.

  1. Polvo de estrellas

Parecía que las aspas del ventilador se iban a detener, pero no, daban una vuelta más y luego seguían, ella creía de nuevo que esta vez sí se detendrían, pero seguía igual, seguramente el viejo ventilador no tenía fuerzas para decidir si parar o continuar. “Como yo”, pensó y podría haber continuado su línea de pensamiento, pero un gemido intenso, contenido, la interrumpió. “Ya”, pensó y se sintió aliviada de que el asunto no se hubiera alargado tanto, esta vez estaba más distraída que de costumbre.

El hombre se había movido al lado de afuera de la cama, encendió un cigarrillo y luego de lanzar el humo por la habitación, se lo pasó a ella, escuchó que le dijo “disculpá”, seguramente por lo corto de la sesión. “No hay problema”, se escuchó decir y pensó si en serio alguna vez se había sentido enamorada, o fue solo la forma que él tenía de citar a Carl Sagan; decidió que no era el momento oportuno para pensar sobre ello, le pasó el cigarrillo y le pidió que le contara otra vez aquello del polvo de las estrellas.

  1. El Norte

Lo contó de nuevo, había $1,200 y aunque lo contara otras doce veces no iban a aparecer $300 por arte de magia. El tipo se lo había dicho por teléfono: $1,500, para pasado mañana. Lo más espeluznante no era eso. Lo más espeluznante había sido escuchar a esa voz desconocida hablando sobre su casa, su mujer, su hija, su perro, el pequeño negocio de cereales, su vida, su vida contada como cualquier cosa por una voz extraña que amenaza con que todo se acabe, que le pone un precio a su vida sin conocerla, sin saber si él puede reunir lo que su vida vale ahora porque si, porque a un tipo se le ocurrió, porque su teléfono resultó favorecido en la lotería de la desgracia.

No lo va a volver a contar ¿para qué? La mujer se queda con la mirada en el vacío, hasta que él la sacude, está de pie, tiene prisa, meten en dos mochilas lo que hay a la mano, despiertan a la niña, le dejan algo de comida al perro para que no haga ruido. Salen. El hombre le dice bajito que conoce un coyote.

  1. El ángel dormido

Ángela creía en su ángel de la guarda. Todas las mañanas le ponía junto a la ventana medio vaso de leche y una galleta de avena, porque los ángeles de la guarda tenían que cuidar la línea si no, no podrían revolotear en ayuda de quien los necesitara. Ángela se aseguraba que la gata no se comiera el desayuno del ángel, guardaba siempre el vaso en un lugar donde no se rompiera y los sábados ocupaba la tarde y el horno para las galletas. Por las noches Ángela hablaba con su ángel y la gata, echada en la cama, entrecerraba los ojos para verlo mejor. Ángela quería enamorarse, pero el ángel, que tenía experiencia en enamorados, sabía que lo que comienza con suspiros termina en lágrimas, así que hacía como que sí pero no y Ángela pensaba que eso de enamorarse debía ser de lo más difícil si a su ángel le costaba tanto cumplirle.

Un día amaneció lloviendo, era una lluvia finita, de esas que te antojan demorarte cinco minutos más en la cama, la gata se quedo cinco minutos más en la cama y el ángel se dio media vuelta y se cobijó hasta las orejas. Ángela se dio cuenta que se había quedado sin leche y cuando fue a la tienda se topó con el nuevo vecino, se vieron a los ojos y un escalofrío les dio en la boca del estómago. Un hondo suspiro sacó al ángel de su sueño.

  1. Chocolate

El chocolate se detuvo un momento entre sus labios pintados de un rojo intenso, tomó impulso entre sus dientes menudos, entró y se deshizo lentamente en su boca. En algún lugar había leído que el chocolate negro contenía serotonina, el mismo neuroquímico que nos hacía sentir felices, como cuando uno está enamorado… recordó sus ojos, los de él, eran café oscuro, como el chocolate y solo en dos o tres ocasiones, cuando ella había tomado su rostro entre las manos y se había colocado frente a él, él la había mirado a los ojos ¿por qué él no la miraba a los ojos? Sintió el sabor dulce amargo invadiendo poco a poco la lengua y por alguna razón lo recordó diciéndole adiós esa mañana. Ella le dio un beso de despedida, él no daba besos ni abrazos de despedida, a lo mucho, levantaba la mano cuando ella se había alejado unos pasos y volvía a verlo, siempre volvía a verlo. ¿Por qué él nunca daba besos de despedida? Los ojos se le empañaron. Decían que la serotonina incluso hacía que se sintiera menos el dolor. Sonó el timbre. Era su mejor amiga, para acompañarla a medicina legal. Ella no tenía fuerzas para ir sola a reconocer el cadáver de él.

  1. Huída

La sombra se perdió rápidamente en el callejón. Ser fantasma durante tanto tiempo la había vuelto demasiado tímida.

  1. De un encuentro visto de lejos

Todos aquellos hombres se habían marchado muy disgustados. Hasta que todos se hubieron ido, el que estaba inclinado levantó la cabeza y le preguntó algo a la mujer, ella tardó en responder, pero al final parecía estar contenta, pero también estaba llorando; él volvió a hablar, yo creí que se iban a ir juntos, quizás ella también lo creyó porque se veía que no se quería ir, pero al final se fue despacito, volviendo a ver por si él cambiaba de opinión. Sólo hasta que ella no volteó a ver más, él levantó la cabeza de nuevo y se quedó viéndola, hasta que se le perdió en el horizonte. Se levantó con un suspiro y se marchó en dirección contraria. Yo me acerqué a donde él había estado, porque quería saber que había escrito en la arena.

  1. Deseos

Cuando la canción terminó, sopló la velita sin olvidarse de pedir un deseo y sin decirlo, porque si se dicen no se cumplen. Sacó la velita del pastel; después de los cuarenta ponía solo una velita, no había que contar más allá, y partió una buena porción porque era uno de esos momentos donde se permitía olvidarse de contar las calorías. Se tiró en el sillón, atacó el pastel y vio la sala vacía. Pensó en su deseo y sonrió.

  1. Memoria

Era la última foto. Las fotografías son así: esos pequeños pedazos de vida donde todo se queda perfecto, si no estabas sonriendo, sonríes, si el que queda a la par tuya no es de tu agrado, no importa, igual le pondrás una mano sobre el hombro y sonreirás, si apenas conoces a la persona importante que es el motivo principal de la foto, buscarás quedar junto a ella y tocarla familiarmente y para la posteridad quedará grabado cuán bien se llevaban, cuánto disfrutaste, cuán felices éramos. Y allí estaban ellos dos en la foto, abrazados, sonriendo, como si ese trozo de la felicidad fuera toda la felicidad, toda, para siempre. Pero esa era la última foto y cuando la imagen se iba borrando también, por el fuego, como todas las otras imágenes de un pasado que quedaba solo en las fotografías, se quedó con la idea fija que al fin se habían consumido todas las mentiras.

  1. Coctail

Después de cinco minutos de escucharla hablar se sorprendió preguntándose si la estupidez sería contagiosa. La idea en verdad lo preocupó. La chica siguió inmutable, tenía mucha prisa por contarle lo imaginativa que era, claro, era artista, estaba en la obligación cotidiana de ser imaginativa, pero es que además era artista conceptual, comunicadora, estudiante de artes en la U, blogger y escribía en esta revista de arte que recién habían lanzado y era la revista de moda sin duda, sin duda y aunque se viera raro que ella misma lo dijera, su página era de lo más brillante, a ella en verdad le encantaba ¿él tenía ya una copia de la revista? Antes que él pudiera contestar, ella le dio una copia: tienes que leer mi artículo, en verdad, siempre escribo cosas fuertes en mi blog, pero este está mejor, te anoto mi e-mail para que me digas qué te pareció… Él definitivamente escuchó un coro de ángeles cuando desde la puerta, su hermano le hizo una seña de fastidio suplicándole que se fueran.

  1. Hora de la verdad

El tipo se creía Harry El Sucio. Usaba trajes baratos, fumaba tabaco de camionero y de vez en cuando soltaba alguna frase de chico rudo. Solo que no era detective, ni policía de tránsito, ni siquiera vigilante de centro comercial. Era veterinario, de forma que todo el ritual cuasi gansteril se daba ante chicas en ropa deportiva, que hacían las veces de damiselas en peligro, junto a cachorritos que necesitaban ser vacunados, perras en estado avanzado de gravidez o peces desganados. Eso jamás le hizo bajar la guardia ni desistir del arnés que llevaba debajo de la gabacha blanca, donde portaba su letal pistola de tranquilizantes y un par de dardos para la recarga. Eso fue lo que hizo la diferencia el día en que Rocky, el enorme rottwailler que acudía a su cita de vacunación, se soltara de la cadena y pusiera en pánico a toda la clínica.

El tipo se le puso enfrente y como en un duelo entre el bueno, el malo y el feo, se sostuvieron la mirada, gruñendo; fue entonces cuando se lo dijo: “hey… make my day” y  Rocky fue parado en seco en medio del impresionante salto que había iniciado directo a su yugular, el tipo rodó por el piso al tiempo que con certera puntería, ponía un dardo en el cuerpo de la bestia, dejándola fuera de combate.

*Giovanni Durán, narrador, catedrático y autor de Historias de medianoche, amor, suspenso y más y El circo de los viajeros.
narrativa503@gmail.com

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