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Héctor Ismael Sermeño

Héctor Ismael Sermeño

La cultura del comer y el beber

En nuestros días de ultra tecnología e investigación científica, hemos llegado a producir, dado el exceso de población, alimentos y bebidas industrializadas, que según especialistas, no son lo necesariamente seguras para consumir, pero casi todos lo hacemos, sin importarnos mucho el que nos haga daño o no.

Comer y beber son dos necesidades fisiológicas fundamentales para poder vivir. Evidentemente nacemos con ellas (y otras, claro) con el tiempo nos desarrollamos satisfaciéndolas desde el primer día de la vida.

Alrededor de estas necesidades creamos una cultura para llevarlas a cabo. El español Luis Buñuel afirmó en uno de sus filmes, que era mucho más obsceno ver comer a la gente que defecar. Pero como somos seres culturales, creamos horarios, formas, procedimientos y objetos para comer y beber. Casi es una ceremonia, o sin el casi.

La necesidad fisiológica natural, se vuelve todo un hecho cultural cuando, paulatinamente, se fueron encontrando los alimentos adecuados, que no fueran veneno por ejemplo, así las hierbas y frutas. Los animales que aportaran su carne y otros productos (huevos de aves y otros), los líquidos, aparte del agua que se bebió instintivamente desde siempre, después las infusiones, las bebidas alcohólicas, los refrescos y cuanta combinación conocemos ahora.

Poco a poco se fueron creando y fabricando recipientes para cocinar, para comer y para beber: ollas cacerolas, platos tazas, vasos, copas, cuchillos, tenedores, cucharas, etc. Todos elaborados de diferentes materiales vegetales, de tierra y metales.

La higiene no fue siempre la que ahora practicamos, pero al parecer el cuerpo humano se adaptaba. Según el entorno y los descubrimientos e inventos, así fue y es ahora todo el proceso de la ingesta de alimentos y bebidas.

En nuestros días de ultra tecnología e investigación científica, hemos llegado a producir, dado el exceso de población, alimentos y bebidas industrializadas, que según especialistas, no son lo necesariamente seguras para consumir, pero casi todos lo hacemos, sin importarnos mucho el que nos haga daño o no.

Así llegó la llamada comida rápida, la más dañina de todas, pero a la vez, la más consumida, al menos en las áreas urbanas. Evidentemente en el presente siglo se ha cuantificado que el 70% de la población tiene exceso de peso o es obesa definitivamente.

Ya dijimos que creamos forma y normas para comer: desde el uso de los dedos, pasando por todo tipo de recipientes y cubiertos, hasta las bolsas de plástico en que se venden y compran los bocadillos y las frutas listas para comer con alguashte, salsa negra, sal y chile o curtido picantes.

Algunos, realmente muy pocos, luchan contra lo que consideran malas costumbres alimenticias y productos supuestamente dañinos. Su lucha es bastante estéril si lo medimos tan solo en un sitio para alimentos de un solo centro comercial.

Por otra parte, después de finalizada la guerra civil, la sociedad se volvió indiferente a los buenos modales para comer y para todo lo demás, así crían a sus hijos, los cuales andan comiendo fuera de la casa a las once o doce de la noche, cuando deberían estar durmiendo. Para no mencionar el vocabulario y otras manifestaciones de falta de buena educación.

Resulta que para la mejor y mayor convivencia, el comer y beber en público, debe hacerse de la manera más discreta posible y eso se aprende, o se aprendía, en la casa.

En ocasiones y pese a los miles de años transcurridos desde que apareció el ser humano sobre el planeta tierra, me atrevo a pensar que quizás a Luis Buñuel no le faltaba algo de razón en la obscenidad mencionada al principio. “El fantasma de la libertad“se llama la película, es de hace algo más que unas tres décadas. Lástima que por ser una obra de arte, pocos la vimos aquí.

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