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Voces

¿Dónde estoy? | DESDE LA REDACCIóN
Lafitte Fernández.
Biografía
Periodista.
Lafitte Fernández

Con la muerte hasta en las yemas de los dedos

Un violento virus que me contagió en El Salvador me produjo una agonía de casi dos meses. Violento y depredador, el virus N1H3 me entró mutado al cuerpo. Ese virus puede matar muchos niños salvadoreños, sobre todo si los médicos lo confunden con una enfermedad respiratoria o una simple neumonía. Esta es una crónica prometida a uno de los médicos que ayudó a salvar mi vida.

Nadie apostó por mi vida más que lo poco que me quedaba. El primer vaticinio lo hizo un joven médico de rostro impasible: difícilmente amanecerá con vida, dijo a mi familia sin que me enterara.

Después de mirar un par de radiografías, ese médico convirtió la muerte en diosa tutelar en ese hospital de San José. Pronto comprendió que mi vida se mantenía atada a frágiles hilos.

Me sentía pésimo. Me ahogaba en una terrible tos y no sospechaba de la peligrosa estampa que llevaba en mi pecho. Sentía muy delgado el oxígeno que entraba por mis pulmones.

Al principio creía que solo padecía de un fuerte resfrío o, quizá, una bronquitis. Nada más. Pero me sentía mal. Muy mal y cada vez más débil.

En medio de aquello, mi cuerpo convocaba unos extraños y frecuentes ahogos que me asaltaban con sus peores auspicios. Mi cara mostraba una palidez olivácea que preocupaba a muchos.

En ese hospital, la ignorancia me convirtió en un rebelde renuente con los médicos a quien le pedía, repetidamente, que me proporcionaran algún jarabe para la tos para marcharme a casa. No creía que lo que llevaba conmigo fuera grave. Los médicos sí.

Lo que yo no sabía es que los médicos les dijeron, en privado, a mis hijos y a mí esposa que no me dejarían salir del hospital porque, literalmente, la muerte hacía suficientes guiños de complicidad como para no preocuparse seriamente. “Difícilmente amanecerá”, fue lo más fuerte que escucharon.

No saben qué es

Estoy en un hospital privado de San José, Costa Rica, en un consultorio de emergencias médicas. Me ciega una luz ceniza y ubicua.

Los primeros médicos no saben el mal que cargo. Pero las radiografías son francas: tengo el 70 por ciento del pulmón derecho cargado de pus. El 60 por ciento del pulmón izquierdo también lo invade el pus. Una infección hace destrozos mi sistema inmunológico. Nadie sabe por qué ocurre eso.

Pasa el tiempo. Un joven médico de nariz recta, un poco asustado y cansado de escuchar mis mortificantes quejas para largarme de ahí, me enseña las primeras radiografías como un desquite: “mire sus pulmones, mire esas manchas blancas. Eso es pus, señor, usted no se puede ir de aquí”.

El médico gana la lucha. Unos segundos después me sedan y me conectan a una máquina que me ayuda a respirar.En mis pulmones hay poco espacio para el oxígeno. Pero supongo que la máquina ayudaba.

Los médicos de ese hospital privado no supieron nunca el origen del mal que padecía. Sospecho que no profundizaron con sus tubos de ensayo por el poco tiempo que pasé junto a ellos.

En ese hospital dormí solo una noche, sedado y bajo una buena dosis de antibióticos .Era evidente que se trataba de una fuerte infección. Lo que no sabían los médicos qué era todo aquello. Pronto se sorprenderían.

A cuidados intensivos

Luego de que amaneciera mi familia tomó una decisión con la ayuda de un joven médico, amigo de mi hijo, a quien conozco desde pequeño: Me trasladaron a la sala de Cuidados Intensivos del hospital México, el mejor centro médico público de Costa Rica.

La decisión fue música de esferas. Muy pronto llegué a un sitio donde actuaba como médico Jorge Deliyore, un extraordinario profesional, originario del pueblo donde nací y auténtico amigo desde la infancia.

Pero no solo Jorge estaba ahí. Luego de pasar inconsciente y en coma durante varias semanas, supe que también me había rodeado un nido de destacadísimos médico de mentes radiantes. Algunos de ellos tan jóvenes que podían ser mis hijos.

Sé que ellos jamás se rindieron ante lo que luego descubrieron: Que en El Salvador me había contagiado de un virus terrible y depredador.

También estaban ahí enfermeras y ayudantes cargados de tanto humanismo que tampoco se dejaron vencer ante mi destrozado sistema inmunológico, que actuaba como si hubiese sido violado por un sabotaje organizado.

En Cuidados Intensivos del hospital México pronto supieron lo que me había sucedido: Me había contagiado de una gripe africana, extremadamente peligrosa. La llaman N1H3. Llevaba adentro una versión mutada, mucho más violenta y con una crueldad metódica tremenda.

Para empeorar mi situación, durante mi largo coma entré en dos “shock” sépticos (una especie de envenamiento general de la sangre), que, al final, del camino también pude saltar. El virus no tuvo un milímetro de compasión conmigo.

No tengo ninguna duda que me contagié de ese virus africano en El Salvador. Es una especie de versión avanzada del N1H1 que en 2009 alarmó el mundo y creó una nueva pandemia. Es una enfermedad de cerdos que se reinventó y contagió al hombre.

El virus N1H3 mutado me convirtió en el primer caso de ese mal que registra en Costa Rica. Ese era el origen de mis sudores, mis calenturas, mi malestar, mis toses aceradas, rudas, como si tuviese clavados puñales en los pulmones.

Escribo esto no como reclamo a los salvadoreños, un país que llevo debajo de mi piel desde hace muchos años.

Lo escribo con la certeza y la preocupación que ese violento virus puede estar matando niños y adultos y, quizá, no lo sé, puede estar confundiendo a los médicos salvadoreños con enfermedades respiratorias comunes.

Si el sistema de salud salvadoreño ya detectó la irrupción de ese virus, debe ampliar una campaña de información y vacunación. La gente debe saber que ese mal está en las calles. Debe estar alerta.

El virus N1H3 no tiene domicilio fijo. Anda por todo el planeta. Pero creo que se si se prolonga en El Salvador se convertirá en un inmenso peligro de salud público. Sobre todo para los niños salvadoreños.

Ahora sé que si me hubiese vacunado contra la gripes H1N1 o H1N3 no habría sucedido nada. Hace varios años me vacuné contra el H1N1. Lo hice cuando María Isabel Rodríguez trajo al país una buena cantidad de vacunas. Casi en cada esquina se ofrecía la vacuna. Ahora no y no sé por qué.

El diagnóstico del H1N3 mutado lo hicieron los médicos costarricenses luego de que yo entrara en un profundo coma. Era el momento en que pocos daban un céntimo por mi vida. Lo poco de vida que me quedaba andaba de asombro en asombro.

Pero también fueron esos momentos cuando mi mente entraba en intrincados, enigmáticos y hasta místicos caminos.

Pionero no deseado

Por seis semanas navegué en la oscuridad. Caí en coma profundamente sedado. Mis pulmones empeoraron y quienes realmente querían que saliera de ese trance optaron por pedirle a Dios que hiciera un milagro. Tal vez ese era el único camino: rezar.

Mi salud estaba tan complicada que después supe que los cuatro mejores neumólogos de Costa Rica examinaron mi caso. Acabaron experimentando tras mezclar una serie de antibióticos de casi cuarta generación para que mi vida no se hundiera.

Fatigados insistían en encontrar una cura contra ese mal mutado que llevaba adentro y que apenas comenzaban a conocer en Costa Rica. Todos ellos sabían que el virus tenía características subterráneas.

Durante casi siete semanas no recuerdo lo qué sucedía conmigo. Dichosamente un equipazo (porque así es) de médicos, infectólogos y especialistas resguardaban mi vida día y noche.

Ellos abrieron mi garganta, me entubaron y quedé en manos de Dios y de esos médicos.

Durante todos esos días siempre estuve en el límite entre la vida y la muerte bajo un desarreglado silencio. El virus me tenía acorralado entre sortilegios y terrores.

Ahora miro mi antiguo estado en fotografías. Ahí me miro en coma, entubado, profundamente adormecido y conectado a una serie de máquinas que medían el menor signo de vida.

Me da escalofríos ver esas fotos pero, a la vez, rescato un inmenso agradecimiento para mucha gente que jamás me dejó solo. Nunca hubo renuncias adelantadas.

Pero, la que no estaba sosegada era mi mente. Parecía que se despegaba del cuerpo y seguía sus propios juegos.

Sé que no soy el único al que le ha sucedido que su mente se despega y encuentra extrañas e insólitas figuraciones de la realidad como si fuesen los ojos de Pablo Picasso, hechos para un perpetuo asombro.

Pienso que en esos estados se bordea, por momentos, algo cercano a la demencia… La mente crea sus propios entresijos.

Confieso que, quizá producto de mi coma, de la sedación o de los medicamentos por momentos construía una nueva realidad.

En algún momento juraba que estaba en Ensenada, México, y que era prisionero en un hospital de narcos mexicanos.

Miraba por la ventana y supuestamente miraba en extensiones de mi mente, una suerte de océano repleto de yates de lujo.

Por eso lo único que quería era huir de ese hospital. Creo que en esos momentos trataba de quitarme los tubos que me mantenían con vida. La pena es que pasé muchos días amarrado a la cama de mis muñecas y regañado, como niño, por las enfermeras. Honestamente, todavía me duelen las muñecas, están magulladas, resentidas. Pero al menos no me suicidé pensando que era prisionero de narcotraficantes.

Como cerca del hospital México, en San José, existe un aeropuerto para pequeños aviones, siempre que veía una aeronave por la ventana, creía que llegaban narcos a atender sus negocios y a ver sus enfermos.

Los misterios de una mente medicada alejándose de la vida posiblemente producen un cerebro en efervescencia. No lo sé. Pero mientras estuve en coma, la mente tenía su propia autonomía.

Durante otros días ya no eran narcos los que me tenían postrado. Eran nazis despiadados que me mantenían en su hospital de oficiales y no podía explicarme por qué. Y entonces mi cerebro trataba de reconocer a nazis que halaban en un idioma extraño y con sus propios códigos. ¡Así de loca se vuelve la mente en esos estados!

Momentos culminantes

Pero los momentos culminantes de mi mente quiero guárdamelos. Son místicos, profundos, misteriosos como parte de una procesión de imágenes y voces.

Se producen procesos mentales inexplicables, algunos de ellos hasta atados a coincidencias arbitrarias.

Alguna vez escuché hablar de túneles que se iluminan o de enigmáticos viajes. Esto último es tan misterioso que hasta me permitieron verme, desde lejos, con once o doce años, jugando fútbol con los pocos auténticos amigos que he tenido en mi vida.

Me miré con tanto detalle que hasta me percaté que tenía un zapato con la suela destapada mientras corría detrás de una bola con Víctor Sanabria, Gerardo Molina, Francisco Sánchez, Fernando Palmer, Jorge Deliyore, Francisco Amador y no sé cuántos más. Esos fueron los mejores años de mi vida. Esos personajes siempre los llevé conmigo aunque los miraba en blanco y negro. ¡Había retrocedido casi 50 años en el tiempo!

Pero me miraba corriendo detrás de la pelota sin ahogos, con buen aire. Esos territorios de Turrialba, mi tierra natal, me devolvían la vida. No me dejaban irme. Ahí estaba inocentemente feliz. Parpadeante. Sano.

Podría escribir muchas líneas más sobre esos misteriosos viajes de la mente mientras permanecía en coma. Pero ahora viajan conmigo. Son parte de otra realidad.

Recuperación milagrosa

Creo que mi vida se libró de ese virus depredador milagrosamente. Lo digo respetuosamente a quienes no creen: Dios plantó su mano.

La evolución de mi salud se produjo en 48 horas. Fue milagrosa. Poco a poco recuperé la consciencia y todavía recuerdo la mañana que me llevaron a hacerme un TAC y, cuando regresé a la sala de Cuidados Intensivos, los médicos y enfermeras aplaudieron.

A uno de ellos, joven y robusto le brillaron sus profundos ojos negros, se acercó a mí, me hizo la señal de victoria y me dijo: “Ya salió Lafitte de la crisis. Se pondrá bien. Vivirá”.

Yo no entendía nada. No podía hablar por las huellas del entubamiento. No sabía que hacía ahí. Desconocía qué había pasado conmigo. Estaba en un limbo mental. Como premio, los ayudantes pusieron un televisor en mí cuarto: había recuperado la consciencia y el buen juicio.

Yo miraba la cara a todos esos profesionales: habían ganado otra batalla. Esos médicos estuvieron doblados por un virus pero nunca vencidos. Esta vez vencieron un N1H3 mutado y depredador.

Pronto comencé a volver a la realidad. Cada vez entendía más que había ocurrido un milagro conducido por médicos, algunos de ellos con caras casi de adolescentes.

Poco a poco me fueron desconectando las máquinas y procesos y siempre reaccioné bien. Ya no necesitaba oxígeno. Ya no requería de tubos en mi garganta. Despacio hasta cosieron la piel abierta de la traqueotomía lo que me permitió recuperar la voz.

Todavía recuerdo las caras de los médicos cuando miraban las últimas radiografías: “No lo puedo creer…no lo puedo creer”, decía uno de ellos.

“Los pulmones están casi libres de pus. Ya quedan solamente dos pequeñas motas que se van a eliminar. Esto es un milagro”, decía uno de ellos mientras me apretaba la mano.

Poco después llegó mi amigo de infancia, el Dr. Jorge Deliyore, y me regaló unos caramelos: come que ya volviste, me dijo, riéndose.

Ha pasado el tiempo. Apenas me recupero de algunos trances. Varias semanas entubado sobre una cama me dejaron débil y sin músculos. He tenido que aprender a caminar de nuevo.

Pero poco a poco regreso a un estado físico pleno. La ventaja es que la enfermedad no dejó ninguna secuela. No hay malas herencias. Supones que simplemente se te cruzó una gripe… Nada me duele más que mi maltrecho cuerpo que quedó hasta con cinco vértebras desajustadas y unas muñecas rebeldes que me duelen profundamente. No perdí ninguna facultad. El virus no es eficiente para dejar posteriores huellas.

Confieso que cuando me vi que no podía caminar, que los músculos de mis piernas parecían haber desaparecido, que no podía alzar un libro, me deprimí.

Pero aquí voy de regreso. La mejor prueba de eso es que hace pocos días no podía teclear en una computadora. Este escrito es prueba que estoy de vuelta. Que Dios me dio otra oportunidad para vivir sin perder una sola facultad. Miré la muerte hasta en las yemas de los dedos. Pero las oraciones de mucha gente, la fe de muchos, me trajo de vuelta a la vida.

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