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Lafitte Fernández.

Lafitte Fernández

Biografía
Periodista.
Lafitte Fernández

Ni santo de pobres ni santo de ricos, es el santo de todos

En una columna de opinión, Kalena de Velado confiesa que después de una década de estudiar la obra de monseñor Óscar Arnulfo Romero nadie puede creer que era un cura loco o comunista. Era un cura de pobres, como lo dice.

Me gustó la columna periodística de Kalena de Velado del domingo. Se puede leer en La Prensa Gráfica. Su opinión es franca, esperanzadora, justa, pacificadora, de mandíbula potente y sin jadeos de sorpresa.

La tesis de Kalena se puede resumir así: no conocí a monseñor Oscar Arnulfo Romero. Sé que su beatificación puede crear anticuerpos a algunos. Romero testificó por la Doctrina Social de la Iglesia

Kalena confiesa que, tras 10 años de estudio de los textos de Romero, se puede decir que no era, para ponerlo en palabras que no son suyas, un cura loco o comunista. No fue un obispo guerrillero. Fue un hombre de Iglesia y de evangelios volcados hacia los pobres. Por eso no se debe ver a “San Romero”, según sus palabras, con perjuicios y desconfianzas. Se le debe ver con el corazón en la mano, dice Kalena, quien sospecho que es una mujer piadosa y está aterida a los mejores valores de la religión.

La postura de Kalena ayuda a reivindicar la figura de monseñor Romero en tiempos en que, hay que advertirlo, quedan muchas personas que miran a ese personaje salvadoreño como el “santo” de los marxistas, como la gran figura de la izquierda que, según ellos, no debe tener, en el país, un reconocimiento universal.

Conozco a mucha gente que piensa con ese extremismo y tienen el pensamiento lleno de espolones.

Sé, incluso, que quedarán muchos que tienen una mueca escéptica en su semblante con la beatificación de Romero. Los duros no cederán. Les gusta la esgrima dialéctica. Los envenenaron hace mucho tiempo. A esa gente le gustan las escaramuzas sobre ese tema. A veces pienso que lo que sucede es que la negrura les ha tragado el corazón. Hay poco que hacer.

Como periodista, conocí muy joven a monseñor Romero. Tal vez no como habría querido. Pero su nombre siempre me trae una tromba de recuerdos. En el periódico La Nación de Costa Rica se imprimieron largas conversaciones que sostuve con el Beato hace más de tres décadas. Si en tiempos de la guerra se quería interpretar, con ojos foráneos y sin ánimos divididos, la guerra salvadoreña, había que hablar con él. Y eso fue lo que hice tres o cuatro veces.

Por eso pienso que en El Salvador ya se ha odiado lo suficiente como para no entender que la palidez sedentaria con la que se enterró a monseñor Romero, con un balazo en el corazón, debe servir por lo menos para algo: para unir a todos los salvadoreños.

La posición de Kalena de Velado abona a eso: hay que ver la figura de Romero no como un eslabón con el pasado sino como un enorme islote donde todos los salvadoreños coloquen sus manos para entenderse y caminar hacia delante.

Un santo no debe dividir más a un país. Cualquiera que quiera usar el nombre de Romero para odiar o dividir es un traidor a esa figura. Romero no es el santo de los pobres. Tampoco el santo de los ricos. Es el santo de todos, asesinado en medio de un pasado que debe avergonzarnos a todos. Su muerte fue una canallada. Y en esto no hay punto final. Tampoco puntos intermedios.

Quién o quiénes lo mataron no es lo importante. Lo más importante es que cayó muerto en medio de un país en el que todos se odiaban, por cualquiera que fuera la razón.

Monseñor Romero no es el santo de la mitad del país. Es el santo de todos. Incluso, es el santo de los creyentes o no creyentes. Creo que, con el paso del tiempo, con el estudio de su vida, Kalena de Velado lo que trata de decirnos es eso.

Leyendo a esa mujer me hizo recordar aquella diferenciación que hacía Miguel de Unamuno en “El sentimiento trágico de la vida”: hay gente que piensa sólo con el cerebro. En este tema de Romero lo que recomendaría Unamuno es pensar con todo el cuerpo, con toda el alma, con la sangre, con el tuétano, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida. Estoy seguro que eso es lo que quiso advertirnos Kalena: el santo Romero debe ser la base para dejarnos de odiar con tanta frecuencia y multiplicidad. Y en este tema ya no caben los obstinados silencios.

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