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¿Dónde estoy? | DESDE LA REDACCIóN
Lafitte Fernández.
Biografía
Periodista.
Lafitte Fernández

Costa Rica debe cambiar la historia de Caro Quintero

Esta larga columna puede leerla cualquiera. Pero quienes mejor la entenderán son los costarricenses, porque en 1985 apareció de repente en el país un narcotraficante mexicano. Las explicaciones oficiales de lo que sucedió son ahora versiones de casinos. Esa es la verdad.

Sucedió un Viernes Santo, hace casi treinta años. Varios periodistas de radioemisoras costarricenses informaban, a galillo encendido, que las autoridades antinarcóticos capturaron desnudo a un importante narcotraficante mexicano: Rafael Caro Quintero.

Caro, un hombre espigado, atlético, cargado de cadenas de oro y prendedores de diamantes, era el tercer hombre del Cártel de Guadalajara, el más poderoso de México en esa época.

Cubriéndose apenas con una toalla, cuando los costarricenses detuvieron a Rafael Caro Quintero, este gritaba que lo habían traicionado. “Pagué mucho dinero para que me paguen con esta mierda”, decía. Por momentos, también preguntaba si la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) había descubierto su lujosa guarida en San José, una de varias gigantescas casas por las que pagó, a costarricenses, $2.5 millones.

Caro Quintero no estaba equivocado. Desde la mañana, y aún cuando se disponían a llevárselo para México desde el aeropuerto Juan Santamaría, en un par de avionetas varios agentes de la DEA estaban detrás, aunque un poco alejados, de los policías judiciales costarricenses.

También estaba ahí el comandante mexicano Florentino Ventura, el nuevo jefe de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), quien miraba los hechos desde lejos, en suelo tico.

Aquella detención de Caro Quintero era casi el estreno de Florentino en su nuevo cargo. A su antecesor, Armando Pavón Reyes, lo tenían en 1985 como el hombre que había recibido un soborno de un millón de dólares para que el narcotraficante huyera hacia Costa Rica.

Por eso es que cuando la DEA acordó llevarse, ese Viernes Santo a Rafael Caro Quintero, en el menor tiempo posible y sin darle respiro a nadie, algunos costarricenses recobraron el aliento.

Cuando escuché los relatos de los periodistas radiales en casa de mis padres en Turrialba, nunca había escuchado su nombre. Me sabía de memoria vidas y nombres de los capos colombianos. Sin embargo, los grandes narcotraficantes mexicanos no golpeaban suficientemente mis oídos.

Mucho menos el de Sara Cossío, la hija del secretario del Educación del estado de Jalisco, a quien ese Viernes Santo encontraron, casi desnuda, en la cama de Quintero.

Sara Cossío era una pícara mujer de la alta sociedad de Guadalajara, visitante frecuente de bares y restaurantes caros, a quien el mexicano se había empeñado en conquistar desde algunos meses antes a base de regalarle autos nuevos y muy caros.

Todavía recuerdo la fotografía que publicó el periódico La Nación, tomada en el aeropuerto Juan Santamaría ese Viernes Santo. Las fotografías mostraban los momentos en que investigadores de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA), se llevaron a Caro Quintero y a Sara Cossío en un par de sofisticadas avionetas. Con ellos iban otros mexicanos capturados en Costa Rica.

Los agentes de la DEA que llegaron a Costa Rica para participar en esas capturas no aparecieron en ninguna fotografía.

Hicieron un papel discreto pero firme. Muy pronto las avionetas volaron hacia México y nadie pudo poner las manos en una operación dirigida por la DEA y altos jefes policiales mexicanos.

Todo fue apresurado. Lleno de secretos y mil dudas. La prisa succionó aquello: hasta la legalidad.

Cuando Costa Rica volvió de las vacaciones de Semana Santa sobraban las preguntas sin una sola respuesta. Lo único que se escucharon fueron algunas explicaciones oficiales. Pero casi treinta años después estoy convencido de que esas explicaciones fueron manoseadas y para nada honradas.

Las explicaciones del por qué Caro Quintero estaba en Costa Rica sonaban cada vez más a chohetes artificiales en aquella época.

Poco después, un grupo multipartidario de diputados costarricenses decidieron investigar todo cuanto rodeó a Caro Quintero en Costa Rica. La principal pregunta siempre fue: ¿Por qué un narcotraficante de esa estirpe y rango mundial decidió aparecer, como por arte de magia, en Costa Rica?

La comisión legislativa investigadora rindió un informe en 1987.Algunos diputados, entre ellos a quienes creía mis amigos en esa época, hablaron de la existencia de una “voluntad política superior” que había ayudado al narcotraficante mexicano Rafael Caro Quintero a esconderse en Costa Rica. ¿Quién era esa autoridad política superior? Nadie lo dijo. O nadie se atrevió a decirlo en Costa Rica.

Ahora pienso que, quizá, solo en eso acertaron. Estoy convencido que existió una “autoridad política superior” que ayudó a Caro Quintero. Pero hay una larga distancia para conocer su nombre.

En este tema dudo de todo. Hasta pienso, por momentos, si a algunos diputados los pusieron a investigar para perdernos a todos los costarricenses. No lo sé.

No creo en nada de lo que pasó hace treinta años, por lo menos en las explicaciones oficiales. Y cada vez hay más evidencias sueltas que dicen que Costa Rica debe revisar ese capítulo de su historia. Tarde o temprano lo va a tener que hacer, al igual que se tendrán que revisar otros casos trascendentes para su historia.

A uno de esos diputados investigadores -quien fue candidato presidencial- le pregunté, hace poco tiempo en su despacho, sobre la verdad de Caro Quintero. De él sí creo que no se prestó ni fue trampolín para esconder la verdad. Con los otros miembros aún no he hablado. Ya habrá tiempo para hacerlo.

Lo que obliga a corregir

Después de casi tres décadas desde que a Caro Quintero se lo llevaron de Costa Rica, se han sabido muchísimas cosas que, por sí solas, obligan a repasar la historia.

Caro Quintero llegó a Costa Rica en marzo de 1985 en un avión que lo piloteó el costarricense Werner Lotz. Antes, otro piloto estadounidense contratado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Tosh Plumbee, había llevado a Caro y a Sara Cossío desde Guadalajara hasta Sonora y luego a Guatemala. Ahí los recogió Lotz, el costarricense que también hacía “chambas” para la CIA.

¿Y qué hace la CIA en todo esto? ¿Por qué no se le citó en las investigaciones costarricenses? ¿Por qué nadie preguntó por la CIA en este asunto?

La respuesta es del tamaño de un libro. En forma abreviada se puede escribir así: en 1985, cuando llegó Caro Quintero a Costa Rica, el presidente estadounidense Ronald Reagan estaba empeñado en derrocar a Daniel Ortega, gobernante de Nicaragua.

Reagan y su vicepresidente George Bush crearon los contras en Nicaragua para conseguir eso. Los contras eran una especie de guerrilla de derecha que debía derrocar a Ortega. En eso ayudaron varios reconocidos nicaragüenses.

Un buen día, el Congreso de los Estados Unidos le dijo a Reagan y Bush que ya no habría más dinero para conspirar en Nicaragua. Tampoco podían comprar armas con dineros estatales.

Ante eso, los dos llamaron a Oliver North, un enigmático militar (quien estuvo en varias ocasiones en Costa Rica) y crearon un demencial programa para financiar a los contras nicaragüenses. El programa era más descabellado que sus creadores.

De lo que se trataba era de ejecutar, desde El Salvador, país donde vivo ahora, un plan para llevar armas a Nicaragua compradas a israelíes y otros proveedores.

En los mismos aviones que se llevaban esas armas a Nicaragua, pasando por Costa Rica, se transportaba enormes cantidades de drogas a bases militares de los Estados Unidos.

Esa fue la forma que encontraron para financiar la compra de armas para los contras nicaragüenses: aliándose con los narcotraficantes más importantes del continente. Los narcos recibían a cambio pasaporte libre para meter sus drogas en Estados Unidos.

Aunque esto suene a fantasía, así fue. Ahora hay toneladas de documentos que prueban eso; no es invención de nadie. Y esa historia se parió en El Salvador con la ayuda de militares salvadoreños y hasta de embajadores, en esa época, en Costa Rica, El Salvador y Colombia.

Repito: esa historia es muy larga y compleja. Lo anecdótico y particular es que Rafael Caro Quintero, el mexicano que llegó en 1985 a Costa Rica, era uno de los proveedores de la droga que transportaba en ese tiempo cuando Estados Unidos se convirtió en el cártel de drogas legalizado más grande de la historia mundial.

Costa Rica también se había prestado, en 1984 y 1985, para servir de plataforma para traficar armas y drogas por todo el continente. Algunos de los aviones usados en ese plan recalaban en el norte de Guanacaste, donde la CIA había construido una pista de aterrizaje.

¿Por qué llegó Caro Quintero?

El problema en esa época es que Rafael Caro Quintero era un hombre arrebatado, mujeriego, borracho, pendenciero y asesino. Como era proveedor autorizado de la locura estadounidense, se sentía el rey del mundo. Tenía licencia para hacer casi cualquier cosa.

En el norte, el gran proveedor era el Cártel de Guadalajara junto con el hondureño Juan Ramón Matta Ballesteros, un narcotraficante que está preso en Estados Unidos pero que llegó a ser superpoderoso. En el sur, el plan incluía a Pablo Escobar (Colombia) y a Roberto Suárez (el rey de la cocaína de Bolivia).

Incluso, aviones cargados de drogas llegaban al aeropuerto de Limón, clandestinamente, y de ahí se llevaba a El Salvador para introducirlo en Estados Unidos, con autorización oficial. Así como suena: con autorización oficial.

Como el mexicano Rafael Caro Quintero sabía que estaba autorizado por la CIA para producir y venderles drogas, apostó fuerte: en una finca de 1.200 hectáreas de Chihuahua invirtió un dineral y comenzó a producir tanta marihuana como pudiese. Tenía contratados hasta ingenieros agrónomos para que le cuidaran el sembradío y lo regaran con sofisticados sistemas de distribución de agua.

Caro Quintero sabía que tenía licencia para venderles drogas, bien pagadas, a los gringos. Estos usaban el producto de la reventa en Estados Unidos para comprarle armas a los contras nicaragüenses. El camino estaba abierto, el negocio estaba hecho.

Pero hay algo que Rafael Caro Quintero no calculó bien: tenía el apoyo de la CIA pero no de la DEA. El mexicano no tomó en cuenta que, tarde o temprano, habría un choque de trenes y que él podía quedar en el medio de todo eso.

Prueba de que Caro Quintero estaba hasta el cuello en eso, es que ahora se sabe, y se tienen testimonios, de que contras nicaragüenses entrenaban en sus fincas de Veracruz siguiendo los métodos de Edén Pastora.

En 1985, poco antes de que Caro Quintero y su gente llegaran a Costa Rica, Enrique Camarena, un astuto agente antidrogas estadounidense afincado en Guadalajara, le descubrió al mexicano la hacienda El Búfalo donde sembraba marihuana.

La hacienda la invadió la DEA. Con la ayuda de autoridades mexicanas que no podían rehusarse, destruyeron el mayor proyecto de producción de drogas de Caro y éste se enfureció.

Por eso, en febrero de 1984, Caro Quintero, lleno de rabia por su pérdida, mandó a detener a Camarena y, junto a otros involucrados en el plan de los contras, lo asesinaron.

La muerte de Camarena fue cruel. Grabaron durante cinco horas las torturas que le propinaron; su cuerpo lo quemaron con cigarrillos.

Cuando la DEA descubrió el cadáver de Camarena, atado de pies y manos, sus agentes se enfurecieron y convencieron a muchos funcionarios estadounidenses que no le dieran tregua a los corruptos policías mexicanos hasta no dar con los criminales.

Caro Quintero se enteró de eso. También supo que se le tenía como el responsable principal del crimen, aunque poco antes de la muerte, a Camarena lo interrogó un cubano llegado a Guadalajara (donde fue asesinado), desde El Salvador.

Enrique Camarena, el agente de la DEA asesinado por la gente de Caro Quintero en Guadalajara, junto otros capos mexicanos de la droga, también murió por otra razón: conocía secretos sobre el loco plan de canjear drogas por armas que manejaba la CIA.

Ese plan se ejecutaba en buena parte en El Salvador, por eso es que al menos una persona viajó de ese país a interrogar a Camarena en la propia guarida de Caro Quintero.

Las grandes dudas costarricenses

En febrero de 1985, cinco días después de haber asesinado a Enrique Camarena, Rafael Caro Quintero decidió huir hacia Costa Rica.

Lo interesante es que un piloto estadounidense dice que él fue contratado por la CIA para llevarlo de México a Guatemala. De ahí lo transportó un piloto costarricense hasta el aeropuerto Juan Santamaría.

Si la CIA le proporcionó un avión a Caro para que huyera de México es que sabían que la DEA les seguía los pasos, y ya conocía (como se sabe ahora) el demente plan de canjear armas por drogas y meter en eso a narcotraficantes del norte y sur de América, como el propio Rafael Caro Quintero.

También se tienen ahora suficientes testimonios (como el de Héctor Berellez, un condecorado agente estadounidense de la DEA, quien encabezó las investigaciones de la muerte de Enrique Camarena), en el sentido de que el asesinado agente sabía lo que pasaba en México, El Salvador y Costa Rica.

También estaba preocupado por las estrechas relaciones entre la CIA y policías federales mexicanos encabezados por Armando Pavón Reyes. A Camarena le preocupaba que ya tuviera evidencias de que ambos cuerpos policiales de México y Estados Unidos estaban protegiendo a narcotraficantes de ese país, proveedores de la nueva red clandestina. Iba camino a denunciarla.

Para todos los involucrados en ese plan de armas y drogas Camarena era una amenaza: derrumbaría todo lo que pasaba en El Salvador, Costa Rica, México, Colombia, Bolivia, Honduras y otros países.

Entonces, tras el crimen de Camarena, la CIA y la policía federal mexicana ayudan a Caro Quintero a huir hacia Costa Rica. Pero también lo obligaron a pagar mucho dinero por esa fuga. Le alegaron que tenían que pagar una cadena de colaboradores en dos países.

¿Y por qué Costa Rica? Porque, evidentemente, ahí había una “autoridad política superior” que podía echarles la mano, que sabía de todos los planes. También existían funcionarios corruptos de alto nivel que taparían todo el asunto, como ocurrió durante casi dos meses.

Entonces, construir la primera hipótesis es sencillo, cuando se sabe todo eso: la CIA, policías corruptos mexicanos, personeros de la embajada de los Estados Unidos en San José, una “autoridad política superior”, funcionarios de alto nivel y algunos otros, ayudaron a Rafael Caro Quintero a instalarse en Costa Rica.

Todos ellos sabían lo que pasaba en Costa Rica entre 1984 y 1985: ese país era parte de la red de transporte de armas y drogas. Armas para la contra nicaragüense, que estaban a pocos kilómetros. Drogas para los viciosos estadounidenses que pagaran por todo. Y nada de eso podía ocurrir sin autorizaciones nacidas arriba. Es obvio. Es sencillo descifrarlo.

Entonces, Caro Quintero llegó a Costa Rica protegido y recomendado por la CIA y otros personajes estadounidenses porque era uno de los proveedores estrella de drogas. Su pecado fue que se enfureció cuando un agente de la DEA (contrarios a la CIA en esa época) descubrió su gigantesca maquila de marihuana y lo mató.

Este tema se pone cada vez más claro. Cada vez hay también más pruebas. Muchos testigos decidieron abrir la boca. Ya no temen. Y no creo que pase mucho tiempo sin que se sepa la verdad completa. Esto último incluye, por supuesto, nombres.

Lea dentro de dos días: una historia completa sobre cómo se conecta el crimen de Enrique Camarena con El Salvador.

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