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John Sevigny: “La fotografía es el arte de fallar”

John Sevigny es fotógrafo profesional norteamericano de abuelos canadienses. Sus trabajos retratan la crudeza cotidiana principalmente en México y Centroamérica. Está en el país para impartir la charla "Tres ismos de la fotografía" en el Museo Marte.

Pabel Bolívar
El fotógrafo norteamericano John Sevigny conversó sobre su visión de la fotografía y su charla "Tres ismos". Foto D1/Nelson Dueñas.
El fotógrafo norteamericano John Sevigny conversó sobre su visión de la fotografía y su charla "Tres ismos". Foto D1/Nelson Dueñas.

John Sevigny empezó a tomar fotografías desde los 12 años. Creció entre Nueva York y Miami. Ahí aprovechó un cuarto oscuro muy sencillo que tenían sus padres, pintores de profesión. Su primer trabajo fue un retrato del director de su escuela.

Laboró cocinando hamburguesas, en una fábrica en Minnesota donde separan elotes y como ayudante de carpintero antes de dedicarse por completo a la fotografía. De eso han pasado ya 20 años.

Su español fluido se mezcla con modismos mexicanos y salvadoreños. Gesticula con sus largos dedos y permanentemente se acomoda su cabello anárquico que le llega casi a los hombros, mientras cuenta cómo fotografiaba prostitutas en las cantinas de Guadalajara, pandilleros en el penal de Cojutepeque o la atmósfera cotidiana del centro de San Salvador.

Está en el país para impartir la charla “Tres ismos en la fotografía” en el Museo de Arte de El Salvador (Marte), el jueves 20 de febrero.

¿Cuáles fueron tus primeros trabajos como fotógrafo profesional?

Primero fui fotoperiodista en una revista local de Miami. Gracias a Dios ya no existe porque nadie puede revisar qué tan mal fue mi trabajo (ríe). Empecé haciendo cosas regionales, Miami no es una ciudad muy grande y solo recientemente está teniendo mucha cultura, hace más o menos 10 o 15 años.

Luego me fui a trabajar a dos periódicos en la frontera de Texas durante cuatro años, de ahí a otro diario de Miami, y después con la agencia Associated Press (AP) en Monterrey, México.

– ¿Cómo fue esa experiencia en México?

Fue horrible. Siempre me mandaban a Laredo donde se dieron las balaceras más fuertes. Nunca estuve en medio de una porque me iba como tres horas después. Una vez entré a la ciudad, pregunté a las personas del lugar donde sucedió, pregunté a la policía qué pasó, como estaba la situación y me fui. Es demasiado peligroso quedarse y a veces no se sabe con quién estás hablando. Personas malas que trabajan con la policía, personas de la policía que trabajan con los malos.

Es triste porque es una sociedad con recursos, con dinero. Hace poco leí que México va a ser la segunda economía de Latinoamérica después de Brasil, por eso entristece que no puedan manejar sus asuntos. Es comparativamente tranquilo aquí. Además el periodismo impone ciertos límites.

-¿Cómo cuáles?

Que tienes que seguir el día a día. Si yo quisiera hacer una fotoensayo de 15 imágenes de personas celebrando en un redondel después de las elecciones sería muy gustado en los medios, pero si deseara hacer algo por fuera del ciclo de las noticias sería imposible, nadie lo publicaría. Sería como un tomate del mes pasado. A mí me gusta lo que nadie publica.

Después de ese trabajo decidí que quería explorar cosas más profundas, que te permitan hacer algo distinto a la rutina diaria de un periódico. Entonces me dediqué a la fotografía artística.

¿Qué te ofrece la fotografía artística que no te da el fotoperiodismo?

El fotoperiodismo está ahí para ilustrar una historia o situación y yo quise hacer algo más narrativo en sí, algo que no necesitaba una nota periodística. Empecé retratando prostitutas en Guadalajara. Este fue uno de los primeros proyectos completos que hice; la idea es llegar más allá de lo que es importante hoy, esa es la diferencia entre fotografía periodística y fotografía artística.

Una foto de Norman Quijano o Sánchez Cerén es para el periódico de mañana, pero lo que yo busco es algo que toque más profundamente para más tiempo. Como un artista loco pintando en el bosque, solo que con cámara.

¿Cuáles son los conceptos o emociones que buscas transmitir?

Viví los 80 en Miami, en plena guerra entre cubanos y colombianos por la droga, era una ciudad bastante peligrosa. Mi trabajo siempre busca retratar una forma de violencia pero buscando la belleza adentro. No es la violencia de alguien golpeando una persona, más bien es una violencia social, estructural.

He hecho muchas fotos y cada una cuenta cosas diferentes; historias de personas que sobreviven a pesar de la crueldad del mundo pero sin intentar salvarlos.

¿No crees que a través de la fotografía se transforme esa violencia estructural de la que hablas?

Yo no tengo el poder de salvar a nadie de su situación. La experiencia que tuve fotografiando prostitutas en Guadalajara no fue glamorosa; empiezas con curiosidad y luego te entristece, el hecho de que no puedas ayudar a nadie te golpea.

Si uno va al centro de San Salvador y le diera a un bolo $10 mil, su vida no cambiaría, lo gastaría en guaro, los patrones de pensamiento y conducta no se transformaría. Uno se pone un poco escéptico; no es un asunto fotográfico sino humano.

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