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POLÍTICA

¿Dónde estoy? | ANáLISIS

No diga cosas graciosas que me va hacer reír

Los partidos son como los ríos: a veces suben, a veces bajan.

David Ernesto Pérez
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS
FOTO: D1/MIGUEL LEMUS

Pidió que no lo hiciera reír. Nada de cosas graciosas.

En la mitología efemelenista, Fabio Castillo es venerado como el otrora coordinador general del FMLN que hace 19 años logró calmar las rabias con las que se enfrentaban dos o tres facciones internas del partido. Transcurridos los años se convirtió en una especie de voz de la consciencia a quien algunos escuchaban con respeto y veneración. En la psicología analítica de Carl Jung puede semejársele al arquetipo del viejo sabio, al que con sus conocimientos adquiridos y habilidades innatas ilumina los espacios más oscuros.

Y, como en las representaciones arquetípicas del viejo sabio, Castillo llegó a la juramentación del presidente Nayib Bukele apoyado en un bastón caminando tan lento como los años que lleva encima y que se acumulan en las arrugas de su cara rojiza.

— Doctor, se viene un momento de incertidumbre para el FMLN…

— No, de ninguna manera, no diga cosas graciosas que me va hacer reír.

Aunque pida que no le digan cosas graciosas, la realidad se le vino al FMLN como un portazo en la cara o como una gotera que a medianoche cae en el centro de la cama. La realidad se ve. Se toca. Se escucha. La realidad a veces parece graciosa. Pero solo a veces. Primer golpe de verdad: el excoordinador general llegó a la juramentación de Bukele, no a la juramentación de Hugo Martínez, el candidato al que apoyó en las elecciones de 2019. El partido ganó 389,289 votos en las presidenciales pero perdió 1,106, 526 votos. En las elecciones de 2018 perdió escaños en la Asamblea Legislativa y alcaldías que había administrado históricamente y cosechó la peor derrota de su historia electoral.

A veces la realidad es graciosa. Otras veces no.

El 29 de mayo el Instituto Universitario de Opinión Pública de la UCA (IUDOP) dio a conocer los resultados de su encuesta en la que el ahora expresidente Salvador Sánchez Cerén fue calificado con una nota de 4.38, la peor de sus cinco años de administración. La mitad de los encuestados también dijo que el segundo gobierno del FMLN administró mal el país. Casi la mitad de los encuestados tampoco halló un logro destacable. Y, para colmo de males Mauricio Funes Cartagena, el primer presidente que llevó en su historia, está exiliado en Nicaragua mientras en los tribunales salvadoreños es esperado para ser juzgado por delitos de corrupción y despilfarro grosero de los fondos públicos.

Pero el excoordinador no quiere escuchar cosas graciosas.

En la Plaza Barrios centenares de asistentes llegaron a presenciar la toma de protesta de Bukele. Una buena parte del público vestido con el azul cian de la bandera de Nuevas Ideas, el partido del presidente electo. El escenario montado frente al Palacio Nacional estaba lleno de sillas preparadas para los diputados. Uno de estos diputados es Carlos Ruiz, del FMLN. Adentro y afuera del partido es conocido como El Diablito. Es uno de los hombres que administró el Grupo Alba, un consorcio que ahora está en los ojos de Estados Unidos por lavado de dinero y en la boca de la Fiscalía General de la República (FGR) que el viernes pasado allanó sus 27 oficinas en todo el país.

— ¿Hace cinco años se hubieran imaginado que alguien lejos de ARENA o el FMLN iba a tomar el poder?

— No estamos aferrados al gobierno, el que toma las decisiones no somos nosotros.

— Se les viene la tarea de reconstruir el partido…

— Reconstruirlo no, si el partido no se ha caído.

El partido no se cayó. No hay que decir cosas graciosas.

En las elecciones municipales y legislativas de 2012 el FMLN empezó a sentir los efectos del descontento de sus electores. De tener 35 escaños en la Asamblea, perdió cuatro. También perdió alcaldías. Pero en ese momento era difícil ver lo que se venía. En ese entonces Mauricio Funes estaba en plena guerra mediática contra sus adversarios políticos. Todos los sábados su ira desbordaba todos los diques posibles. Se vino una etapa de juicios en los que los imputados fueron poderosos políticos y empresarios que jamás se imaginaron frente a un juez. También la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) dictaba clases de indocilidad contra los partidos políticos.

— Esta situación no la veían venir. Ellos (ARENA y el FMLN) han colaborado mucho, con reformas electorales, en el fortalecimiento de un esquema de partidos en el que se asienta el bipartidismo— dijo Ramón Villalta, director de la oenegé Iniciativa Social para la Democracia (ISD).

Unos minutos antes los ciudadanos que llegaron a ver la toma de protesta de Bukele rechiflaron cuando Sánchez Cerén entregó la banda presidencial a Norman Quijano, presidente de la Asamblea, para que éste se la impusiera al nuevo presidente. Rechiflaron. Abuchearon. Insultaron.

Quijano y Sánchez Cerén fueron los blancos de esos abucheos, de los insultos, de las rechiflas. Popularmente los ciudadanos les llaman por apodos. Esos apodos los pronunciaron una y otra vez cada vez que uno de los dos salía en las pantallas instaladas para la transmisión de la toma de posesión.

Antes de subirse a la tarima, Quijano habló de lo que se vendría unos minutos después.

— Se viene un periodo de incertidumbre para los partidos, doctor Quijano.

— Los partidos son como los ríos: a veces suben, a veces bajan.

En el año 2009 ARENA perdió por primera vez en su historia las elecciones presidenciales. Rodrigo Ávila, entonces su candidato, cayó estrepitosamente ante Mauricio Funes. Después se vino para el partido un tiempo de tribulación: doce de sus diputados se largaron para fundar su propio partido, GANA; hubo movimientos internos que incluso cuestionaron la figura mítica de su líder supremo, Roberto d´Aubuisson Arrieta y la marcha en la que se pregona que El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán; en 2014 volvió a perder las elecciones presidenciales; en 2015 se abrió a nuevos liderazgos, y unos años después esos liderazgos renunciaron asegurando que el partido no ha cambiado para mejorar sino justamente lo contrario; en 2019 volvió a perder las presidenciales y ahora está en una crisis interna nuevamente.

Los partidos son como los ríos: a veces suben, a veces bajan.

ARENA tiene diez años de estar abajo. Pero antes estuvo arriba. Óscar Santamaría fue uno de los hombres que disfrutó cuando el partido estuvo en las alturas. Fue canciller en la presidencia de Félix Cristiani. También participó en la firma de los Acuerdos de Paz. Fueron tiempos de vinos y rosas.

— ¿La toma de posesión de Bukele es el signo que materializa el declive de ARENA y FMLN?

— Se habla que hay un momento difícil pero tampoco es que se garantice que ya no van a ser parte de, no, se está viendo en otras partes. México, por ejemplo, después de 70 años de un partido vinieron otros y ahora de nuevo están en el poder. Esos son ciclos.

La historia es particular, única. China y Francia solo se parecen porque tuvieron una revolución. Como también la tuvo México. O Cuba. Pero cada uno está condicionado-construido por sus propias condiciones históricas, económicas, políticas, ambientales, culturales. En El Salvador hubo una revolución que no se concretó. Y los partidos que estuvieron en el poder, al menos en los últimos 70 años, una vez entraron en el inabarcable pasillo de la decadencia, nunca volvieron atrás. Nunca. El PRUD pasó y ahora se muere sin consumación en los libros de historia. El PCN pasó y aunque ahora sobreviva, no es más que un partido que ofrece aritmética a los gobernantes de turno o, como lo llaman sus diputados, “gobernabilidad”. El PDC y la época de sus grandes políticos ahora es solo nostalgia por aquellos días en los que la gente, medio en serio, medio en broma, decía: “Con Duarte aunque no me harte”.

— La derrota electoral es una oportunidad para renovar el partido, para aprender de los errores, mejorar las cosas que no se han hecho bien— dijo Ernesto Muyshondt, alcalde de San Salvador.

¿Aprenden de los errores ARENA y el FMLN?

No hay que decir cosas graciosas. No hay que hacer reír.

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