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Pandilleros impiden velar cuerpo de una niña en colonia de Ilopango

"Si no quieren hacer caso, a los que sigan aquí con la caja los vamos a matar, vamos a sacar a la niña y te la vamos a descuartizar", dijo un pandillero a familiares de la menor.

Redacción
Fotoarte D1.
Fotoarte D1.

Rocío tenía 14 años y se encontraba hospitalizada. Sus padres, Ricardo y Blanca, no se despegaban de la cama del Hospital de Niños Bejamín Bloom; se turnaban para hacer guardia en el hospital. Rocío estaba muy enferma y solo se sabe que tenía un padecimiento crónico.

El pasado miércoles en la mañana los padres de la menor llegaron al hospital y recibieron la triste noticia que su hija acababa de fallecer.

Ricardo se aferró a los brazos de Blanca. Intentó ser fuerte pero no pudo, sobre todo ante el desgarrador llanto de su esposa.

Inmediatamente los recuerdos de su hija comenzaron a aparecer como una película en su mente. El hombre apretó sus dientes mientras las lágrimas salían de sus ojos y humedecían su rostro.

Ricardo y Blanca, fundidos en un abrazo inconsolable, se desplomaron al suelo frente a un hombre de bata blanca que les dio la noticia.

A las 7:00 de la mañana los padres de la menor comenzaron a realizar las gestiones del funeral.

Al filo de las 4:30 de la tarde, después de los respectivos exámenes médicos al cuerpo de Rocío que determinaron que el deceso habría sido provocado por complicaciones de “una enfermedad crónica”, los restos fueron entregados a sus padres, quienes ya habían realizado toda la gestión con una funeraria. El vela sería en la vivienda de una colonia del municipio de Ilopango.

Cuando una llovizna se dejó sentir, familiares y amigos de Rocío apretaban sus manos, lloraban, otros se hacían preguntas del por qué muere una niña a tan corta edad. Cuatro hombres llegaron cargando el féretro color blanco para realizar la vela.

Desde temprano, muchos llegaron desde lejos. La familia de Rocío es originaria de un departamento de la zona oriental, desde donde llegaron hombres, mujeres y jóvenes para solidarizarse con la familia de la menor.

Cuando el reloj acercaba sus agujas a las ocho de la noche, un vehículo color rojo, tipo sedán, sin placas, comenzó a circular en la zona. Los familiares de Ricardo y Blanca observaron cautelosos. En el interior del vehículo rojo se conducían cuatro jóvenes.

Diez minutos después, pasó de nuevo. La escena se repitió dos veces más; el vehículo frenó frente a la casa de Rocío. Dos jóvenes bajaron del sedán y se dirigieron sin vacilar hacia donde se encontraba Ricardo y Blanca; los otros dos se quedaron en el interior del auto.

– ¿Qué pedo? – le dijeron a Ricardo, quien los miró fijamente sin decir nada. – La onda es que, va, no queremos que todas estas personas estén aquí. No son de este lugar y no son simpatizantes de la pandilla. Así que, va, que se vayan a la mierda.

El que hablaba era un pandillero del Barrio 18, estructura delincuencial que opera en la zona. Ricardo intentó suavizar el tono del joven pandillero, argumentando el dolor de la familia, pero lo encontró amenazas.

– Va, la onda es que solo ustedes; los de aquí se pueden quedar y tienen autorizado velar a la niña hasta las diez de la noche, va. Y si no quieren hacer caso, a los que sigan aquí con la caja los vamos a matar, vamos a sacar a la niña y te la vamos a descuartizar. Quedás advertido.

Las alabanzas que algunos cantaban y las oraciones quedaron en silencio. La pandilla había ordenado.

Ricardo intentó convencer a sus familiares y amigos. Ellos sabían que la pandilla había lanzado amenazas. Todos decidieron retirarse. Frente al féretro de Rocío solo quedaron sus padres.

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