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El secreto de los desplazados de la colonia Dina

La colonia Dina queda ubicada en una zona populosa de San Salvador, a la par de otra zona aún más populosa llamada Colonia IVU. Desde hace varios años, decenas de familias han dejado sus casas, y aunque todos lo saben, pocos quieren contar porqué.

Redacción
Esta es la habitación vacía que dejó una familia que se marchó de la colonia Dina este lunes 25 de julio. Foto D1, Salvador Sagastizado.
Esta es la habitación vacía que dejó una familia que se marchó de la colonia Dina este lunes 25 de julio. Foto D1, Salvador Sagastizado.

Todos los años, desde hace algunos años, varias familias abandonan sus casas en la colonia Dina, en San Salvador. Lo hacen de repente. De una noche para otra. Simplemente agarran sus cosas, las que pueden, y se van sin avisar; dejando el menor rastro posible, y procurando no mencionar la razón por la que lo hacen. Esa razón que todos saben, pero que nadie de sus vecinos quiere decir.

Este lunes 25 de julio, por ejemplo, los noticieros amanecieron anunciando que una familia abandonaba su casa en la colonia Dina. Una voz distorsionada dejaba oír a un hombre que decía sentir mucho dolor por dejar su casa, pero que no tenía otra opción.

Mientras tanto, la policía custodiaba la cuadra, un tanto a lo lejos, solo observando. Viendo cómo una familia entera sacaba las cosas de su casa y echaba a un camión, largándose, quejándose, llorando, impotentes.

El cuarto vacío es parte de una construcción compleja en el pasaje número seis de la colonia Dina, una zona populosa que queda a la par de otra todavía más populosa llamada colonia IVU. Ahí vivía la familia que ahora se marcha, ahí alquilaban por $50 un espacio entre cuatro paredes donde apenas cabía una cama, una refrigeradora y algunos muebles más.

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Un padre, una madre y un hijo de tres años. Esa es la familia que ahora huye. Los dos adultos fueron siempre residentes de la zona, y hace al menos dos años decidieron alquilar un cuarto en el pasaje seis. Ahí encontraron un precio cómo, acorde a sus ingresos, y pudieron vivir desde diciembre del año pasado.

Sin embargo, pocos meses después de haberse mudado, la pandilla tocó a la puerta de la casa. La colonia Dina es un territorio controlado por la facción Revolucionarios del Barrio 18, y fueron los miembros de esa pandilla quienes llegaron a poner un plazo para que abandonaran el lugar.

“Aquí 24 horas les dan”, dice un joven, en tono un tanto renuente, con las palabras dichas a medias. Él es uno de los pocos vecinos que aceptan que el problema, el éxodo de las familias de la colonia Dina tiene que ver con pandillas. Los demás insisten en disfrazarlo con “cosas de la vida”, con problemas “familiares” o con buscar un “mejor lugar”.

-Ellos eran buenos vecinos. Fíjese que ellos no tenían problemas con nadie. Si bien de repente fue todo esto, como cuando le dan mecha a un mortero hijueputa – dice otro de los vecinos que conoció más de cerca a la familia que ahora huye. Este vecino evita mencionar a “los bichos”, como le llaman a los pandilleros en las colonias donde ellos dominan.

Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

$50 es el alquiler que la familia pagaba mensual por este espacio de tres metros de largo por cuatro de ancho. Justo lo que podían pagar. / Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

Este vecino, a quien llamaremos Jacinto para proteger su identidad, todo esto es un problema de “pleitos de familia”. Dice que la familia que ahora sube sus cosas a un camión y llora mientras se larga es desplazada por “caprichos”. Cuenta que una pelea entre familiares pasó de los insultos a los golpes y que lo que él sabe es que mejor se van para evitar que pase a más.

-¿O sea que esto no tiene que ver con pandillas? – le pregunto.

-No. Ellos no – responde, escueto, don Jacinto.

-¿Pero en esta colonia hay bastante presencia de pandillas? – insisto.

-Fíjese que no sé. Los bichos pasan ahí, pero uno no se da cuenta de nada. Menos yo que hasta choco estoy – dice el señor de aproximadamente 60 años.

-¿Y hablar de los pandilleros y de lo que hacen es otro problema aquí, verdad? – le pregunto, sabiendo que mi pregunta lleva implícita la respuesta que él me ha negado.

-¡Ja! ¡Ese es otro desvergue! – contesta, don Jacinto mientras se rasca la cabeza.

El miedo con que este señor habla de los desplazamientos es evidente. Le teme a las pandillas. Le teme a que todo este “show”, como él lo llama, le traiga consecuencias. En esta colonia los medios de comunicación, según dice, muchas veces les pueden traer más peligro que ayuda. Por eso habla de las pandillas y sus amenazas como si fueran un secreto.

Y no es para menos. En esta colonia, como en todas las colonias donde las pandillas ejercen un gobierno de facto en el que la ley se escribe con plomo, hablar es un peligro. Aquí, el dicho de “ver, oír y callar” que las pandillas rezan es como la clave para mantenerse con vida. Por eso todos tienen miedo.

El que tiene un poco menos de miedo para hablar es Franklin. Así llamaremos a este otro vecino para ocultar su identidad. Él es un poco más joven que don Jacinto y habla quedito pero rápido. Mira hacia los lados y se calla cuando escucha algún ruido extraño, como cuando el viento arrastra una hoja seca y suena.

Franklin dice que de aquí todos los años se van muchas familias. Que todos abandonan sus casas por temor a las pandillas, y que cuando “los bichos” amenazan, lo mejor es largarse lo antes posible.

-Si vos vivieras aquí… – dice Franklin y guarda un corto silencio mientras mira hacia el suelo y continúa. – Si vos vivieras aquí, vieras cómo todos los días se agarran a balazos. Ya sea los de la MS con los de aquí o los de aquí con la policía.

Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

Poco tiempo le quedó a la familia para sacar sus cosas. Huyeron el sábado sin llevarse nada y volvieron, junto a la policía, para sacar lo que pudieron. / Foto: Salvador Sagastizado / Diario1

Franklin es uno de los pocos vecinos que se atreve a hablar del problema y lo llama por su nombre: Pandillas. Pandilleros. Muerte. Violencia. Franklin también se queja y dice que tiene miedo, que a él también lo han amenazado y que por pura suerte no lo han matado.

Habla poco, pero antes de decir que se tiene que ir, luego de escuchar los gritos de su mamá que lo invita a callarse, cuenta una última historia de todo lo que ha visto en esta colonia.

-Como en febrero, los policías mataron a uno aquí. Los traían en carrera y los agarraron aquí, en el plan. A uno de ellos le pegaron un balazo en el estómago. Yo lo vi. Todos los intestinos se le salieron. El bicho todavía se paró y comenzó a caminar, pero aguantó poco y cayó muerto. Le decían El Tacua. Lo mataron por pandillero.

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