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[Fotos y video] No sabe leer ni escribir, pero es un genio en la escultura

Carlos nació en un cantón de San Juan Opico y desde los 12 años aprendió el oficio de la escultura. Su único apoyo son un par de cuchillos, cucharas, algunas herramientas que adaptó a su oficio y una fotografía para realizar la escultura; ya que asegura que las medidas están en su mente.

Yeny Letona
Foto Diario 1/Yeny Letona
Foto Diario 1/Yeny Letona

Carlos Humberto Ávila, de 67 años, de cabello cano, complexión delgada, tez morena, estatura mediana, una voz grave y con la chispa de un joven, es un escultor que nació el 10 de abril de 1950, en el cantón Los Amates, jurisdicción de San Juan Opico, departamento de La Libertad, y que a pesar de no saber leer ni escribir es un genio en lo que hace.

Don Carlitos, como lo llaman sus amigos y compañeros de trabajo, se crió en la extrema pobreza en su natal San Juan Opico. A la corta edad de ochos años se convirtió en el sostén de su familia integrada por su madre y sus siete hermanos. Carlos se dedicó a destazar reses y cerdos, un trabajo que nunca le gustó, pero que realizaba por necesidad.

Entre risas y añoranzas, Ávila recuerda que la casa donde vivía en el campo junto a su familia estaba construida con un techo de zacate, unas tablas que funcionaban como pilares para sostener el techo y unas carpetas como paredes.

“Éramos tan pobres que yo tenía que salir a buscar animalitos del monte para comer, porque vivíamos en una pobreza extrema. Prácticamente yo mantenía a la familia”, detalló con nostalgia Ávila.

“Donde vivíamos era una casa informal.  Lo mismo daba salir por el frente o salir por los lados, todo era improvisado”, expresa con y risa don Carlitos al recordar donde vivió su niñez y la razón que le impulsó para salir adelante y aprender el oficio de la escultura.

Carlos detalla que nunca asistió a la escuela, pero siempre se esforzaba por llevar el sustento a casa. Él consideraba que iba a perder su tiempo y a dejar en la intemperie a su núcleo familiar si asistía a clases.

“Yo nunca tuve profesor para esto (escultura). Me puse a pensar: si voy a estudiar voy a perder mi tiempo para sacar un bachillerato y para ir a trabajar de sirviente y al mando de un jefe. Y como nunca me han gustado los jefes, entonces pensé en aprender un oficio en el que hubiera pocas personas en el país”, resalta el escultor.

Foto: D1/Yeny Letona

Foto: D1/Yeny Letona

Cómo nace ser escultor

Carlos dice que heredó de su madre el don de hacer esculturas, aunque señala que ella nunca hizo las que él realiza en la actualidad. Su madre se dedicaba a la alfarería; hacía ollas, comales, muñecos de barro y otras piezas que luego llevaba al mercado a vender y así llevar algo de comida al hogar.

Mientras que sus hermanos mayores, Raúl, Santiago y Ovidio, sí podían hacer esculturas, pero nunca se interesaron o tuvieron la paciencia para enseñarle, pese a los constantes ruegos que les hacía en aras de poder aprender el oficio y un día sacar de la pobreza a la familia, por lo que decidió aprender solo. Aunque destaca que las burlas de su hermano Raúl y las de Santiago al ver los intentos que hacía por realizar las esculturas le marcaron la vida; pero eso le motivó y le dio más fuerzas para salir adelante.

“No, me dijo (Raúl), mejor buscá de ayudante de albañil, pero no voy a perder mi tiempo. Además nunca he visto a un escultor que no tenga una cama en qué dormir. Eso me enojó. Mirá Raúl te voy a demostrar que no solamente cama voy a tener sino casa y carro y no regresó aquí hasta que venga en mi carro y así lo hice”, señala Ávila.

“Si ellos lo pueden hacer, yo también lo puedo hacer”, recuerda que se decía a sí mismo para motivarse.

Sediento por aprender, a 12 años de edad, Ávila comenzó a visitar las diferentes iglesias del país. En una de esas visitas que realizó, fijó su mirada en todas las imágenes de santos que se encontraban ahí y decidió preguntar al sacristán dónde las hacían. El sacristán le contestó que todas eran traídas de Italia o de España.

“¿Entonces no hay escultores buenos en el país?”, le preguntó Ávila al sacristán, quien le dijo que no había y que por esa razón las compraban en otros países porque era difícil encontrar personas que realizaran ese tipo de esculturas. Carlos se marchó de esa iglesia pensativo y con la idea de aprender a la perfección el oficio.

Pasaron los años y Carlos añoraba ser un reconocido escultor en el país. Continúa luchando y decide formar su propia familia. Al tener su hogar formado, recuerda que a los dos años de estar en un trabajo lo indemnizaron con 102 colones; con ese dinero pagó el alquiler de un cuarto donde vivía con su compañera de vida y compró su primer juego de herramientas para poder seguir en el oficio de la escultura.

“Carlos y de qué vamos a comer mientras aprende. No se preocupe le dije a mi pareja, ya vamos a ver de qué comemos”, recordó con nostalgia el escultor.

“Mire, hacía unas cosas tan horribles que la gente se reía, pero aún así hay personas que les gustan las cosas toscas y a otras que les gustan las cosas finas; con esas personas allá en la colonia Escalón comencé a venderlas y a poder sostenerme. Pasé nueve años así”, relató Ávila con voz pausada.

Carlos recuerda que después que su hermano Raúl lo retara pasaron algunos años. Tras 15 años regresó a visitarlo, pero esta vez llegó en un carro y ya contaba con su propia casa, mientras que su hermano seguía alquilando en Santa Tecla.

Cosechando su esfuerzo

Carlos aprendió el oficio y ya era conocido en varios departamentos del país por su trabajo. Consiguió un empleo en un reconocido parque memorial ubicado en San Salvador, oportunidad laboral que le permitió viajar a Santiago de Chile para realizar esculturas en el parque memorial de esa ciudad. Viajaba con frecuencia hasta Santiago de Chile y pasaba días realizando todo tipo de esculturas.

En 1983 añade que estuvo por mucho tiempo en Santiago de Chile y en ese viaje logró hacer muchas esculturas, entre ellas una que medía cerca de siete metros de altura. Esa escultura la hizo en siete días, ya que asegura que los días los sentía más largos, lo que le permitía trabajar hasta altas horas de la noche.

Carlos no recuerda cuántas esculturas ha realizado durante todos estos años, aunque reconoce que son miles. En cuanto a sus herramientas de trabajo las ha adaptado él mismo, entre ellas se encuentran cuchillos de mesa, cucharas, picos, entre otras, porque dice que las herramientas para la escultura no son fáciles de encontrar en el país y deben ser compradas en el extranjero.

Vea también [Fotogalería]: El genio de la escultura que no sabe leer ni escribir

Ávila sostiene que no hay un horario establecido de trabajo, ya que la demanda es demasiado grande. Para el escultor no existen asuetos, ni fines de semana, su faena inicia a las 3:00 de la mañana y finaliza a la 1:00 de la tarde, aunque advierte que cuando sale a trabajar fuera de la capital trabaja todo el día hasta que anochece para sacar todas las esculturas.

El escultor detalla que solo necesita ver una fotografía para realizar la escultura que le han solicitado y el apoyo de sus herramientas, entre las que se encuentra un alambre que funciona como “compás”, puesto que asegura que todas las medidas que debe darle a una escultura están en su cabeza.

“Todo lo que el hombre se propone lo consigue, pero también requiere de mucho sacrificio, sacrificio que a muchos no les gusta. Todo lo que un hombre quiere conseguir lo consigue por costoso que sea, pero tiene que echar el cuero al agua”, expresó el escultor.

En la actualidad Carlos ya está jubilado, lleva más de 40 años trabajando para la misma empresa y asegura que no piensa en el retiro todavía.

“Si Dios me lo permite, aún después de muerto quiero trabajar, porque es bonito trabajar”, dijo con una sonrisa.

La madre de don Carlos falleció hace algunos años, pero asegura con alegría que ella pudo saborear los frutos de su trabajo, aunque entre voz cortada denota que desearía que ella estuviera con vida y tenerla a su cuidado.

Por otra parte destaca que hace algunos años la Universidad de El Salvador (UES) lo buscó para que diera clases, pero que no aceptó porque la paga era muy poca y la demanda de trabajo tampoco se lo permitía.

Foto: D1/Yeny Letona

Foto Diario 1/ Yeny Letona

“Conoció al diablo”

La mayoría de personas que incursionan en una profesión u oficio suelen recordar anécdotas de sus primeros trabajos. Este es el caso de don Carlos, quien asegura que cuando nació su primera hija, y ya estaba despegando en el mundo de la escultura, “conoció al diablo”.

“He tenido al mismo diablo en mi casa, frente a frente. Llegó un hombre a mi casa y me dijo: ¿usted es Carlos Humberto Ávila? Sí señor; no me digas así, no me digas señor. Quiero que me hagas un trabajo, quiero que me hagas un diablo, igual al que les hiciste a las Nayarit. ¡Ah sí!, le dije, no mentés a Miguel, me dijo. Y comencé a sospechar”.

Curiosamente dice que para ese entonces su hija tenía nueve meses de edad y estaba atravesando una enfermedad incurable, por lo que debía llevarla todos los días al Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom.

El hombre había llegado de México y al ver que no accedió el primer día, le hizo una segunda visita, a la que Carlos le dijo que lo sentía, pero que no podía hacer la escultura que él necesitaba y que mejor se marchara. El hombre no desistió tan fácil e hizo una tercera visita a Carlos.

“¿Cómo es posible que teniendo a tu hija enferma no hay quien te la sane”, le dijo en tono molesto aquel hombre y en seguida le mostró una chequera de la que desprendió un cheque en blanco. Posteriormente le dijo “ponele los números hasta donde te imaginés y si desconfías lo vamos a cobrar juntos. No, le dije; sabe que, mi alma, mi vida, no tiene precio. Se me va por favor de aquí antes de que lo saque. A lo que me respondió: ¿cómo es posible que teniendo a tu hija a paso de muerte desaprovechas esto”.

Carlos recuerda todavía con asombro que a los tres días de haber recibido aquella visita extraña, de la que no duda fue una visita de “satanás”, su hija ya no tenía nada. La llevó al hospital y los médicos le aseguraron que la niña estaba sana. Carlos se mostró sorprendido y le dio gracias a Dios. Ante ese suceso Carlos dice que sí cree en Dios, pero que no visita una iglesia porque considera que la gente ha hecho un negocio con la religión.

Carlos procreó seis hijos y todos residen en Estados Unidos, pero ninguno quiso aprender el oficio de la escultura. Mientras que él reside en San Salvador con su esposa.

Un escultor sano

Carlos afirma entre risas que hace dos años tuvo que ir al médico porque intentando limpiar sus oídos quedó un hisopo atrapado en uno de ellos. Al llegar donde el médico le preguntó si tenía expediente. Carlos le dijo que nunca había acudido a una clínica porque no se enfermaba.

Aunque comenta que la única vez que se preocupó fue cuando hace algunos años le detectaron un tumor maligno en el cerebelo y le dijeron que si no se operaba solo tenía un año de vida. Eso le preocupó y decidió buscar ayuda.

“No me van a creer que me curé; visité un amigo médico, el fue médico en la Segunda Guerra Mundial, quien me aconsejó que realizara la operación fuera del país, pero terminó dándome la medicina”, detalla el escultor.

Incrédulo visitó a un médico que también era sacerdote. Le dijo “que en efecto le había dado la medicina correcta, pero que esa medicina no se la dan a cualquiera, ya que se corre el riesgo de sacarlos de una enfermedad y meterlos en el alcoholismo”.

“No me va a creer que me curé, visité un amigo médico. El fue médico durante la Segunda Guerra Mundial, quien me aconsejó que realizara la operación fuera del país, pero terminó dándome la medicina. Esta consistía en una cerveza en cada tiempo de comida”, ríe Carlos al contar lo ocurrido.

Carlos sostiene que las únicas veces en las que ha consumido bebidas alcohólicas ha sido para alguna fiesta. Aunque reconoce que en su casa tiene un bar con diferentes clases de licores traídos de Alemania, España y Chile. Y que para mantener una vida sana no se deben consumir comidas procesadas ni verduras que han sido cosechadas con pesticidas o químicos que dañan la salud.

El éxito de su buena salud, según él, radica en que su alimentación consta de garrobos, conejos, tacuacines, pájaros, pescados de mar o de río. En su casa toda su familia está acostumbrada a consumir la misma alimentación. Al principio señala que su esposa no quería, pero terminó acostumbrándose y ríe al contarlo.

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